Dos días antes se había tomado la foto con el redondo trofeo: el que más ansiaba. No es que la Champions estuviera mal, pero el Balón de Oro era nomás para él. Además de ser el jugador más bonito, ahora también era el mejor.
Consciente de que el resto era indigno de compartir el campo con su majestad, Cristiano Ronaldo salió a jugar el clásico en campo del City de Robinho. En un tiro de esquina a favor, aun sabiendo que estaba amonestado, decidió bajar el balón con la mano: la misma maña en la que todos caímos en algún pueril instante de nuestras vidas, y que tanto irritara a compañeros y rivales a la hora del recreo. Con la diferencia de que él lo hizo a los 23 años, en un clásico de la Premier League, y a un par de días de ser destapado como el mejor futbolista del planeta.
No podían amonestarlo de nuevo: ¿acaso no sabía el árbitro a quién se dirigía con esa roja en la mano? El portugués dejó a su equipo con 10 hombres, y se largó aplaudiendo la decisión, en uno de esos desplantes que lo hacen tan odioso a juicio de todo aquel que no sea una quinceañera alborotada.
¿Este divo es el mejor jugador del año? Lo cierto es que nadie metió más goles en la temporada pasada… aunque la mitad de ellos los anotó en 2007. Ganó la Champions… y perdió la Eurocopa. La verdad es muy bueno… pero Messi es mejor.
Si Cristiano dominó el primer semestre, Leo arrasó a partir de julio. Si Messi fracasó con el Barcelona, Ronaldo dio pena con Portugal. Si el luso ganó la Champions, el argentino se llevó las Olimpiadas.
Messi debió ganar el Balón de Oro porque fue más constante en su rendimiento, más rápido con la pelota, más listo sin ella y, sobre todo: mucho menos sangrón que su contrincante. Pero como yo no decido, el espejo de Cristiano desde hoy tiene cómplice.






















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