He estado en Europa una docena de veces, pero nunca en Irlanda. No me gusta el Baileys, nunca me simpatizó la Universidad de Notre Dame (la de los irlandeses peleadores) y odio con toda el alma los Irish pubs.
Sin embargo, hoy me siento irlandés. Y no quiero ni pensar cómo lo vivirán allá en la isla, donde son puro sentimiento, donde la selección es el único equipo de futbol que existe para los fanáticos, donde los chicos de verde representan el espíritu de la nación, donde saben que pase lo que pase, los jugadores siempre se dejarán la piel y algo más en el campo.
Sé que la mayoría de ustedes no tuvo chance de ver el Francia – Irlanda, pero mirarán una y otra vez la trampa de Henry que eliminó a los del trébol. Pues bien: imaginemos que el francés, en un ataque de honestidad le confiesa al árbitro que hizo mano y que no puede marcar como bueno el gol:
1. Ningún compañero se hubiera atrevido a reclamarle nada, porque para eso se llama Thierry Henry.
2. Algún aficionado francés habría tenido ganas de matarlo, pero no lo hubiera hecho. Los fanáticos galos no son como los argentinos, ingleses o italianos.
3. Quizá Francia de todos modos hubiera ido al Mundial, tal vez Irlanda se llevaría el justo premio de acudir a la fiesta máxima… pero Henry se habría convertido automáticamente en un mito de la historia del deporte: el más grande caballero que jamás haya pisado un campo de futbol.
…Y Henry decidió hacerse buey. Ahora irá al Mundial, donde meterá máximo un gol, Francia quedará fuera en octavos de final, y de todos modos no habrá pasado nada. Felicidades, Tití: perdiste una de esas oportunidades que la vida te da una sola vez.

















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