Agosto gélido, sombras que se reflejan al revés, retretes con el agua girando hacia la derecha antes de ser succionada… 32 años después, el Mundial vuelve al hemisferio sur: mitad del globo de no muy gratos recuerdos para la Selección Mexicana.
Solo por ley de probabilidad, esta vez México no debería quedarse fuera en los octavos de final, como en los últimos cuatro mundiales. La mayoría piensa que es hora de llegar al quinto partido… yo creo que lo que toca es quedarse fuera en la fase de grupos, y ahora sí valorar el menospreciado mérito de haber avanzado tantas veces seguidas a segunda ronda.

Pero Historia, Geografía y Estadística aparte, lo que realmente delimitará nuestras aspiraciones en Sudáfrica es el sorteo. En solo 10 días conoceremos cuándo empieza el periplo de la Selección Mexicana en el Mundial y sobre todo, sabremos en qué día termina.
Calificadas las nueve potencias del planeta (Brasil, Italia, Alemania, Argentina, Francia, Inglaterra, España, Holanda y Portugal), se avecinan dos grupos de la muerte, en los que será casi imposible pasar a la fase final. Y aún si la suerte en Ciudad del Cabo nos permite esquivarlos, el panorama sigue siendo complicado.
Sálvese Argelia, los siempre dóciles equipos árabes quedaron esta vez fuera del bombo. Y si bien México ha demostrado en ediciones anteriores ser superior a selecciones europeas de segundo plano, apenas ha probado suerte contra equipos africanos… y es de esperarse que ahora en casa sean más duros que nunca. En el otro extremo, superado el primer obstáculo; un hipotético emparejamiento contra el grupo de Sudáfrica en octavos, nos acercaría más que nunca a cumplir el sueño de alcanzar los cuartos de final.
No nos engañemos. Nuestras aspiraciones reales no pasan tanto por el pie de Cuauhtémoc o por la cabeza de Aguirre, sino por la mano de un tal Jerome Valcke: el señor de anteojos que sacará nuestra bolita.

















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