Aborrezco las montañas rusas. No me gusta expulsar adrenalina nomás porque sí, odio la inestabilidad de subir y bajar sin ton ni son, y soy incapaz de asociar náuseas con diversión. La liga mexicana me repugna por idénticos motivos.
Apenas en junio, Cruz Azul rotulaba su nombre como el peor equipo del Clausura 2009, y Pumas salía campeón. Seis meses después, Cruz Azul quedará tan cerca del título como Pumas del último lugar. ¿Se puede ser más absurdo?
Como individuo afín a la certidumbre, lo único que logra divertirme en esta feria donde cualquier cosa es posible, es comprobar cada seis meses que Cruz Azul no sale campeón ni reduciendo la Primera División a un triangular entre Tigres, Atlas y cementeros.
Así como entre los juegos mecánicos, siempre hallaba los carritos chocones para pasarla bien; oír el “¡Ahora sí!”, el “Esta es la buena” o el “Cruz Azul para campeón…” me fascina, pues mi memoria me hace determinar que el asfixiante optimismo celeste que ahora pulula por doquier, volverá a desvanecerse tan pronto como su equipo pierda otra vez la final, en un capítulo más de su particular tragicomedia: 24 torneos seguidos sin vuelta olímpica, 1 campeonato conseguido en los últimos 43 intentos, un añito más sin salir campeón.
Cruz Azul avanzó a la final porque se topó en el camino con equipos tan chiquitos como Puebla y Morelia, y para eliminarlos le bastó con unas cuantas cortesías arbitrales. Sé que el Monterrey no es lo que se dice un gigante. Que tras la mano de Torrado, el clavado de Lozano, el gol de Villaluz y la grosería de Huiqui, tranquilamente podría acumularse un regalito más a la cuenta azul. Que por mera ley de probabilidades ya sería demasiado fracasar otra vez.
Pero me sosiega saber que Cruz Azul se defeca históricamente ante la presión de ser favorito. Confío en acertar de nuevo: el único lazo afectivo que me une a este parque de diversiones que todos disfrutan, está en juego.





















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