Todavía recuerdo la primera vez que llamó mi atención. Era 1997, yo tenía 12 años y vi en televisión un comercial de Nike que comenzaba preguntando: “What if you asked God to make you the best soccer player in the world?… And he was actually listening?” A continuación siguió la jugada. Ese gol. Famoso, mágico, inverosímil. En media cancha dos contrarios chocan entre sí y el balón queda a la deriva. Otro rival hace la lucha pero él llega primero. Toma el balón, lo empujan, lo zancadillean, le jalan la playera. No hay manera. Llega un cuarto rival, la pisa y se va de ellos. Con campo abierto por banda izquierda arranca a velocidad. Lo demás es historia. Tiro raso pegado al palo y gol. Siete jugadores del Compostela involucrados en la jugada. Cuánta impotencia. Era humanamente imposible detenerlo.
Quedé incrédulo, fascinado ante esa demostración de poder, de autosuficiencia en un terreno de juego. No había acompañamiento. Ni una pared. Nadie jalaba marcas. No era necesario. Sólo bastaba con que él agarrara la pelota y se pusiera de frente al marco para que lo demás fuera trámite. “O Rei ha vuelto”, titulaba la prensa. No era para menos. A los 17 años formó parte de la selección brasileña que ganó el mundial EU 94, y a los 20, con 47 goles en 49 juegos con el FC Barcelona era, sin discusión, el mejor futbolista del planeta. El meteórico ascenso de este chico parecía no tener techo ni conocer límites. ¿Las Expectativas? Todas. Nada sonaba descabellado.
Lamentablemente, el destino, ese caprichoso, ingrato e ineludible, hizo lo que ningún defensa pudo hacer hasta entonces, detenerlo. Y de qué manera. Esa rodilla. ¡Maldita rodilla! ¿Hasta dónde habría llegado? Todos lo imaginamos… nunca lo sabremos.
Personalmente nunca vi a otro delantero que reuniera todas esas condiciones. “El Fenómeno”… su apodo lo dice todo. Era la combinación perfecta de potencia, fuerza, velocidad, regate, precisión y contundencia. Jamás olvidaré sus bicicletas, sus dribles ni esas arrancadas donde atravesaba la cancha encarrerado como un toro, desparramando rivales por el camino para definir ante el portero que aguardaba resignado sabiendo que no tenía posibilidades. Era imparable.
Paolo Maldini dijo hace poco que “Maradona y Ronaldo fueron los jugadores más difíciles de marcar a los que me tuve que enfrentar en mi carrera”.
Gianluigi Buffon declaró en una revista: “Ronaldo ha ganado dos mundiales y es el máximo goleador en la historia de los mundiales. Te ganaba los partidos él solo. Siempre ha sido un campeón para mí. Está entre los más grandes. De no haberse lesionado hubiera sido mejor que cualquiera, incluidos Pelé y Maradona”.
Beckenbauer, Maradona, Zico, Bobby Robson, Cannavaro o Del Piero también se han deshecho en elogios hacia él. Todos coinciden. Forma parte de la élite, de ese pequeño grupo, de los más grandes.
Pero sabemos que la grandeza radica no sólo en estar siempre arriba o en nunca equivocarse, sino en superar adversidades, en levantarse cada vez que se tropieza, cada vez que se cae. Por eso, más allá de de sus jugadas electrizantes, de sus goles para la posteridad y de los títulos y récords en su extenso palmarés, es grande por la lección de fuerza de voluntad que nos ha dejado. Una lección de mentalidad. De lucha. De esfuerzo. De coraje. Una lección de vida. Gracias Ronaldo. Gracias… y hasta siempre.
















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