Siempre he pensado que la vida de un Director Técnico es como la de un ajedrecista: analizan el parado de su rival, localizan sus puntos débiles y elaboran una estrategia para atacarlo y ganarle sin descuidar su defensa. Hay a quienes les sale muy bien, otros a los que no tanto.
La tribuna pide y demanda un buen espectáculo. Va a la cancha a divertirse, a gritar, a descargar en un grito de gol todo el stress acumulado durante la semana. Los DT tienen la responsabilidad de preparar a sus jugadores, de contagiarlos y llenarlos de confianza tanto física como mentalmente para ganar el partido.
No todos tienen la fortuna de contar con los mejores planteles. Hay quienes con poco hacen mucho, como el Chelís. Un tipo sensato que pese a no haber jugado futbol profesionalmente, conoce de esto, sabe que los jugadores también son humanos, que si les tocas el orgullo van a responder más que con castigos o bajas de sueldo.
Su personalidad se ve reflejada en cada partido que juega Puebla. Los once que pone en la cancha se matan por el balón, le tienen una credibilidad bárbara a su entrenador y han demostrado no solo una, ni dos, sino infinidad de veces que sienten un amor por su profesión, por la camiseta que defienden, y que pese a tener una dirigencia tan lamentable, entregan hasta la última gota de sudor por su gente.
Es un tipo atrevido, directo, leal con sus jugadores. Es cierto, a veces se va de boca, pierde el sentido y comete una que otra locura. Pero ¿quién puede decirle algo a este hombre? Chelís le ha devuelto personalidad a Puebla, lo ha catapultado como un equipo que le pone color a los torneos, que pelea de tu a tu con los grandes.
Ese es el Puebla de Chelís. Un equipo que luchaba por no descender y después volvió a competir en la Liguilla, así como en los viejos tiempos. Si Chelís contara con mejores piezas en su mesa, el jaque mate estaría cantado para los supuestos “grandes”.
















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