Eligiendo Religión
Me encantaría decir que soy “Puma desde la cuna” pero no es así. Mi pasión por el fútbol sí es de siempre (a pesar de ser niña, soy de esos especímenes que aprendimos a caminar persiguiendo un balón) pero mi definición por los colores que me harían amar, sufrir, gritar, cantar, bailar, orar y maldecir fue cuestión de simple y sincera rebeldía.
Corría el año de 1990, yo tendría alrededor de ocho años y vivía en Monterrey, amaba el fútbol pero ninguna de las opciones que me presentaban entonces me llenaba en corazón. En primer lugar estaba mi papá, aficionado al Cruz Azul, pero desde entonces sabía yo que ese equipo no pasaba de la simple apatía; por el lado contrario mi mamá (también profundamente futbolera) amaba a su Puebla (con, sin y a pesar de) pero para mí los de la franja no me inspiraban nada; por otro frente estaban mis tíos que en ese momento eran unos adolecentes a los que yo admiraba sobremanera que insistían en que defendiera los colores del América sin embargo, yo sabía que podía ser “chiquita pero no pendeja” así que esa opción tampoco era viable. Finalmente, como para mis compañeros de escuela sólo había de dos sopas: ser tigre o rayado, me negué rotundamente a ser una más del montón.
Ante tanta insistencia desde diversos frentes por “definir” mi religión, me sentía confundida y desilusionada. Sin embargo, un sábado por la tarde llegó, de la nada, la luz que cambiaría el resto de mi vida. Yo vivía en la colonia militar de Monterrey y sólo una malla enrejada nos separaba del estadio de los Tigres. Recuerdo esa tarde como de película: yo estaba jugando futbol con mis amigos cuando los vi llegar, eran dos autobuses repletos a reventar de aficionados a los Pumas cantando, saltando, sin miedo, en ese territorio hostil en el que sólo había Tigres alrededor. Recuerdo el momento muy claramente: eran sólo dos autobuses, pero sus gritos y cantos se oían mil veces más que los de los Tigres. Recuerdo las banderas ondeando, las playeras con el Puma enorme en el pecho y el retumbar del “Gooooya”… y lo que sentí no tiene descripción.
Así sin más lo supe. Supe que quería irle a los Pumas y que por convicción propia defendería esos colores. Posteriormente, en esa misma temporada me darían la razón y la primer gran alegría; ganaron (con un zapatazo del Tuca) la tercer estrella frente al archirival América, y ese día por primera vez grité, salté, lloré, y festejé un campeonato de los Pumas. Nunca, nunca cupo en mi un solo gramo de duda.

















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