En teoría Milán jugaría contra Palermo. En la práctica no fue así. Allegri y sus muchachos jugaron solos, no tuvieron rival. En todo caso se enfrentaron a once estatuas que de vez en cuando se movían por el cansancio de permanecer paradas. Vaya, si definiéramos el juego de conjunto de Palermo bien merecerían el calificativo de “candado desordenado”.
La visita saltó a la cancha con toda la intención de contener a Milán. Pero apenas iniciado el partido dejaron en claro que no aguantarían. Un simple movimiento sin balón de Cassano, jugada intrascendente, alteró toda la estructura planeada; Palermo pondría atención a todo y a la vez a nada: no sabían a quién marcar, dudaron si seguir al balón o no, perseguieron a quien tuvieran enfrente aunque no generara peligro. Desubicada completamente la visita, el cuadro local sólo tuvo que dominar la paciencia para hacer daño. Y lo hizo únicamente tres veces de forma concreta, pero bien pudo irse con un seis a cero tranquilamente.
Quizá Allegri y sus muchachos no quisieron verse tan manchados con las estatuas. Con el tres a cero en su favor se dieron por bien servidos.

























