Rincón Sapiens — Miércoles 28, marzo 2012
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Rincón SapiensUn rinconcito capaz de soportar todos los temas, todas las letras, todas las ideas...

Libres por 90 minutos

Por: Nicolás Tapia Quinteros
Ganador de la XLI entrega del Rincón Sapiens

Cuesta arriba, detrás del volante y con el motor andando, viendo como el paisaje se va modificando, de abundantes casas y centros comerciales a un llano extenso y deshabitado, donde la selva de concreto cambia a desierto y el libre albedrío de algunas personas se consume bajo la soledad y el silencio en unos cuantos kilómetros.

En el asiento del copiloto, tu amiga fiel y compañera de batalla, aquella que siempre carga tu uniforme y herramientas de pelea, siempre callada pero dispuesta a acompañarte mientras le proporciones un hombro. Diez kilómetros después de la última miscelánea y el paradero de autobús, cuando pensabas que ya no había nada en aquellos parajes y que la próxima forma de vida la verías en el siguiente pueblo, llegas a tu destino.

Cuatro muros de concreto más gruesos que las piernas del Pony Ruiz, cuatro torres de vigilancia más altas que Peter Crouch, más seguridad que un equipo del Tuca Ferreti, y dentro del recinto, más esperanzas que las de un seguidor del Cruz Azul y más arrepentimiento que el de Salvador Carmona. En medio de la nada, aislado del mundo real, se juegan los siguientes 90 minutos de 22 almas. Algunas puras, otras impuras, algunas arrepentidas, otras orgullosas, algunas buenas y otras malas, todas repartidas en 22 personas de las cuales once portan uniforme las 24 horas del día, los siete días de la semana.

Dejas tu auto, bajas a tu compañera y la dejas vacía. La primera irregularidad viene al conocer tu nuevo vestidor, el cual se encuentra afuera del recinto, a un lado de la avenida principal. Vendas alrededor del tobillo, calcetas del mismo color pero de diferente tonalidad con el resto de tus compañeros, los incansables Concord o Joma porque sabes que vas a jugar en un terreno más irregular que una campaña del Atlante, camiseta 16 en la espalda, rindiéndole homenaje a tu ídolo, y claro, tu identificación en mano. Estamos listos para jugar…

A diferencia de un estadio normal, aquí no te recibe el cuarto árbitro. En cambio, dos monstruos de 1.90 mts, envueltos en un uniforme azul con botas de casquillo extra resistente, ametralladora en mano e insignia de la “Policía Estatal”, te reciben en la entrada, abriéndote las tres diferentes puertas que fungen como único punto de acceso en aquel recinto. El siguiente paso es entregarle tu identificación a un tipo que irradia tristeza e impotencia en una ventanilla, donde los únicos rayos del sol que ve, son los que llegan cuando se abre la puerta de acceso.

Hecho ésto, los dos mastodontes se dan a la tarea de acompañarte a un cuarto aislado donde, después de haberte desvestido con la mirada durante tu ritual de entrada, lo hacen esta vez literalmente para revisarte desde el territorio Yukón y hasta Ushuaia. En ese momento tu cabeza y sangre se encuentran totalmente petrificados. Comienzas a recordar tu pasado a largo y corto plazo en busca de algún indicio de crimen cometido, ya sea hasta el robo de un picafresas, porque verdaderamente sientes que has cometido uno. Bien, la revisión fue librada con éxito. ¿A la cancha ahora? Aún estamos a años luz. El “Transporte” espera…

Como sardinas enlatadas, así es tu trayecto desde el punto de control y revisión hacia el campo de juego. Cuentas (al menos en mi experiencia personal) con una sola Van para todo el equipo, utencilios y cuerpo técnico. El entrenador, como buen líder y director de orquesta, ocupa el único asiento del vehículo al fungir como copiloto de un guardia con mirada de pocos amigos y brazos dignos para competirle al trompo de pastor de la taquería ubicada a la vuelta de tu casa. El resto del equipo es invitado cordialmente a acceder por la puerta trasera de dicho medio de transporte y a “arreglárselas” como puedan.

Dieciocho cristianos hacen malabares con su cuerpo, dignos de un performance asiático en el Cirque Du Soleil, para meterse en la parte trasera de la camioneta y así comenzar el corto (pero eterno para los pobres contorsionistas) viaje hacia el campo de fútbol, retrasándose un par de minutos ya que el honorable colegiado es parte del grupo también a pesar de su uniforme neutro y se ha atrasado unos minutos en su registro.

Digna de una travesía para ser considerada la cuarta entrega del Señor de los Anillos, el destino final por fin es tangible, visible y palpable. Evacuando la camioneta como vómito de borracho a las seis de la mañana, los gladiadores nos aproximamos al campo, directo a la etapa de calentamiento; del rival, no hay indicios aún…

Cinco minutos después, los susodichos hacen su aparición. Por mas que intentas desviar la mirada y concentrarte en lo tuyo, es imposible. Estás a punto de jugar, convivir y dialogar por 90 minutos con asesinos, violadores, estafadores, drogadictos y uno que otro que robó una bolsa de canicas o una estampa del correo. No sólo el equipo te causa curiosidad y sorpresa, la afición también, y es que tienes más público que en cualquier otro partido normal de la liga, pero probablemente sea en el único lugar que desearías no tenerlo. El honorable, con la voz entrecortada y las extremidades tambaleantes, da por iniciado el cotejo…

Sudor frío, respiración acelerada y mente bloqueada son el resultado de los primeros 15 minutos de juego. Los once contrarios corren como rateros, literal y metafóricamente, con un ansia y vigor que prácticamente no lo ves en ningún otro equipo de la liga. No lo entiendes en un principio pero luego en tu casa, analizando y recordando, todo encaja. Son los únicos 90 minutos de alegría, normalidad y libertad que aquellos muchachos poseen en los 10,080 que abarcan su semana completa…

Robas el balón, te escabulles y te vas solo. Eso no es del agrado de los que van cada siete días a observar el partido de su equipo por obligación, ni mucho menos de los once que están jugando. Cuando piensas que tienes el control y respeto de todos, te despiertas en el piso, con la boca llena de pasto seco, con un dolor en la pierna como si te hubiera golpeado Pepe y lleno de coraje y rabia por dentro. Te levantas furibundo con el objetivo de encarar y hacer pedazos por tu cuenta al animal que te bajó deslealmente con una patada, lo divisas, te acercas a él y luego… el miedo te invade como tropa americana en el medio oriente y desistes en tu intento de venganza debido a tres razones:

- La primera: Escuchas al árbitro decir “Siga, no fue falta, esto es de hombrecitos”.
- La segunda: Notas en su mirada que él sabe que la falta fue más clara y dura que un vidrio de planta nuclear, pero el pavor se lo come a la hora de cobrarla.
- La tercera: El amable amigo que te sacudió se acerca a ti con una sutil disculpa disfrazada en un ¡¿“Que güey?!”, pero claro, tu sabes que está arrepentido (muy pero muy profundamente).

El encuentro sigue su rumbo con normalidad, hasta que cometes el peor error del día. Sí, tu amable y cordial oponente se encuentra en el piso dando vueltas gracias a una pequeña e inocente “patadita” que le propinaste sin intención alguna. “Soltaste al Kraken tarado!” repite tu mente una y otra vez. Y en efecto, lo hiciste. Afortunadamente, los mismos guardias de los que temías en un principio, llegan a tiempo para salvarte y someter al convicto lleno de ira. Lo someten y sale de cambio (obligado). El juego se reanuda, no sin antes un claro y conciso… “Si otro cabrón vuelve a hacer una pendejada así, todos van a valer madres”, cortesía de tus héroes vestidos de azul. El siguiente reto es frenar al fenómeno que corre inexplicablemente como condenado todo el partido sin cansarse. Por supuesto, sin tener conocimiento alguno de que El Chompas se había fumado un cigarro de Cannabis con anterioridad (obvio, por razones medicinales).

Pitazo final y victoria conseguida (no sabes cómo). Jugadores y cuerpo técnico rivales, se acercan muy agradecidos a estrecharte la mano y, uno que otro, a pedirte un recuerdo memorable de aquel encuentro, como tus espinilleras o zapatos de fútbol.

Minutos después, la lata de sardinas te está esperando para un abandono inmediato, realizando el mismo procedimiento de transporte descrito anteriormente, sólo que esta vez con el olor a fragancias de Chanel y Louis Vuitton irradiadas por los cuerpos de 18 sementales después de haber sudado por 90 minutos.

Sales del complejo y eres libre. Tu oponente no. Te sientes libre. Tu oponente no. Eres dueño de hacer lo que desees el resto del día. Tu oponente no. Te vas a poner un pedo monumental y hacer tonterías en la noche. Tu oponente no, ya las hizo. Aquellos individuos sólo poseían 90 minutos de libertad, pero los hacían parecer todo un día o una semana.

El arrepentimiento y los errores han prevalecido en el juicio de estas personas a la hora de disfrutar un momento en la vida, cosa que a la mayoría de los que estamos afuera, nos hace falta. Viéndolo desde esta perspectiva, todos estamos encarcelados de algún modo. Aquel que parecía no tener alguna cualidad positiva, termina quedándose con una ventaja muy por encima de nosotros. Jodido y encarcelado físicamente se encuentra aquel individuo dentro de los cuatro muros. En la misma situación nos encontramos los que estamos afuera pero mentalmente. La vida se disfruta en los momentos más comunes e insignificantes y el fútbol es uno de ellos, porque el mundo de la redonda no sólo enciende pasiones, sino que nos hace despertar, recapacitar, comprender y afrontar nuevas situaciones.

Disfruta el pitazo inicial. Disfruta el medio tiempo. Disfruta el gol. Disfruta el autogol. Disfruta el pitazo final. Disfruta el tercer tiempo. Disfruta la vida.

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