Columnas, De Primera Intención — Miércoles 4, julio 2012
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De Primera IntenciónEn palabras de Ángel Dehesa

De primera intención

ÁNGEL DEHESA | Debuta su columna en FutbolSapiens

ÁNGEL DEHESA | Debuta su columna en FutbolSapiens

Antes del silbatazo inicial para esta nueva aventura quiero dar las gracias a Barak Fever y todo el equipo de FutbolSapiens, por permitirme reforzar la media en este proyecto que ellos echaron a rodar.

Me gusta el futbol, algo que quizá pueda parecer obvio si uno está escribiendo aquí. Pero, como en el futbol, lo aparentemente simple puede no serlo tanto.

Aunque resulte difícil de creer, soy bastante tímido la manera de acercarme a muchas personas, la primera fue mi padre.

Después del divorcio, mi padre cambió de casa, de costumbres y de horarios.

Tanto yo, que estaba en plena adolescencia, con los resentimientos propios de la situación, las confusiones hormonales y emocionales del momento; como mi papá, ocupado en volverse famoso y poner comida en la mesa, dejamos pasar mucho tiempo viéndonos pero no mirándonos y oyéndonos pero no escuchándonos.

El resultado fue que, después de algunos años, yo no sabía cómo o de qué hablarle a ese señor al que yo iba a ver los fines de semana, que guardaba cierto parecido conmigo (entre más pelo se me caía más evidente era) y con el cual no compartía yo demasiados intereses.

Llegaron los Pumas, llegó ese equipo de Jorge Campos, Juan Carlos Vera, Luis García, Miguel España. Y nos acordamos, con ese gol de Ferretti, que ambos éramos azul y oro, que éramos campeones y que éramos padre e hijo.

La noche de esa final en CU, Miguel Mejía Barón llegó a festejar al Unicornio (lugr de dudosa reputación en Coyoacán), y le regaló a mi papá su chamarra del campeonato, misma que yo me regalé (hurto es una palabra muy fea) meses después y que se quedó, olvidada, en una valla del aeropuerto de Washington D. C. cuando padre e hijo fuimos al México-Noruega en el Mundial de Estados Unidos, pero esa es otra hisoria.

De ahí, son incontables las ocasiones en que nos sentamos en el estadio o en su sillón a ver futbol, a los Pumas, al Barcelona, a los europeos, hasta al América.

Y, en el aparentemente simple rodar de un balón, nos reencontramos; me contó, le conté, nos hicimos amigos, nos despedimos y, hoy que su sillón está vacío, en el rodar del balón lo miro y sé que él me mira a mí.

Eso es el futbol.

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