Columnas, Tercera Amarilla — Lunes 30, julio 2012
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Tercera AmarillaCobramos el penal a lo Panenka, antes que fuerte

El Señor del Futbol (Parte I)

TARJETA AMARILLA | Jorge Mendes

TARJETA AMARILLA | Jorge Mendes

Existen cerca de 265 millones de jugadores profesionales de futbol alrededor del mundo en circulación. Eso equivale a un jugador por cada 26 personas normales en el planeta. La única pregunta es… ¿Cómo transformamos a los otros 25?

No se tienen que preocupar. No les voy a llenar los oídos con un paquete de mentiras para quedar bien con ustedes. Lo único que les voy a decir es lo que realmente sucedió.

Mi nombre es Jorge. Por casi 21 años, el futbol profesional fue para mi lo que el Estrecho de Magallanes es para Sudamérica: el final de todo. La verdad es que no soy hincha, sino que un simple ciudadano del mundo. Pero en tiempos como estos, cuando el futbol domina tu entorno en su totalidad, es ventajoso ser un hincha.

Mis padres, ante la amenaza constante de una sociedad gris, seria y monótona, tuvieron que pretender ser hinchas para escapar de la rutina carente de gozo que invadía a la mayoría de las familias portuguesas por aquel entonces. Mi padre asumía su rol más que ninguna otra persona. Era más hincha que los propios hinchas, lo cual sacaba de sus casillas a mi madre, una devota del catolicismo y la vida tranquila, constantemente. Recuerdo escuchar sus conversaciones con el mismo matiz una y otra vez:

- Pero, ¿por qué pones la telenovela? Sabes que no puedo ver la telenovela. Es una vergüenza para el futbol.
- Tú no eres un hincha, es tu disfraz.
- Pero me gusta. Me gusta portar la camiseta del equipo y creer en ellos. Nos recuerda que siempre hay algo arriba de nosotros. Me gusta eso. Ya me voy al estadio querida.
- ¡No vas a ir al estadio! Vas más al estadio que el entrenador del equipo.

En fin. Crecer en el pequeño poblado de Viana do Castelo, significaba ver y sentir el futbol a cada hora del día, y más cuando tu sueño es ser futbolista profesional. Los futbolistas extranjeros eran una sensación en aquel entonces en nuestra liga y, cuando venían a Portugal, traían consigo sus buenas y malas costumbres. Un día, en la insensatez de mis intentos por llegar a los reflectores de los estadios y las cámaras como jugador activo, me percaté de cómo mis amigos, aquellos que sí habían logrado dar el gran paso, eran utilizados e intercambiados como estampas de álbum entre señores de corbata con cara de pocos amigos, mientras se movían grandes cantidades de escudos portugueses o pesetas españolas al unísono. Eso me impactó. Me impactó mucho más de lo que imaginan. ¿Por qué? Porque al final del día, uno va como hincha al estadio con la única intención de ver rendir al jugador y si éste no cumple el objetivo, rápidamente se pide su salida y la entrada de uno nuevo. Ese fue el día en el que entendí que mi destino yacía en llenar otra necesidad básica del futbol.

El siguiente fin de semana acompañé a mi padre al estadio nuevamente, sólo que esta vez mi intención no era observar el balón correr entre 46 piernas. El contacto que me esperaba, en un rincón apartado del complejo donde nadie pudiera vernos o escucharnos, era un periodista sucio conocido en el bajo mundo por revelar secretos de la gente famosa a cambio de unos cuantos centavos, sucios como él. Este tipejo me informó sobre el primer acercamiento que podría tener con un jugador profesional: era un tal Nuno. Un portero segundón, cuyos malos hábitos lo solían llevar a un bar de poca monta en la zona céntrica del pueblo. Ya había arrancado y no había marcha atrás. El riesgo y el peligro de fallar eran grandes, pero tenía poco que perder y mucho que ganar.

La primera vez que vendes un jugador es similar a la primera vez que tienes sexo. No tienes la más mínima idea de lo que estás haciendo, pero te excita y, de alguna manera u otra, ocurre demasiado rápido. Y allí nos encontrábamos, en un descuidado y barato cuarto de hotel en las inmediaciones de La Coruña, yo, un matón de seguridad con un tatuaje en el cuello que decía “Madre Patria” y él, un reconocido y peligroso hombre de negocios gallego de apellido Lendoiro, cuyo equipo apenas estaba agarrando fama en el país vecino tras ganar su primer título en toda la historia, una Copa del Rey ante el mismísimo Real Madrid en el Santiago Bernabéu.

Ante semejante personalidad, me agarré los pantalones y sólo atiné a decir con un tono sofisticado y convincente: “Bueno Señores, les presento a Nuno. El nuevo concepto en guardametas de calidad. Hábil con los pies, excelso en las jugadas de balón parado, inteligencia milimétrica, saque de banda potente y dirigido, resorte alargado, reflejos por sobre los del portero promedio, de 20 casi 21 años de edad con un futuro prominente y sin problemas para cambiar de residencia o besar escudos ajenos”. El matón apretó el puño con rabia y Lendoiro fijó su mirada en mi persona, cual Uzi nigeriana en la cabeza de un infante africano. Sonreí nerviosamente y comenté: “Claro que ante cualquier baja de rendimiento, la devolución de vuestro dinero está garantizado”. El magnate gallego susurró algo al oído del matón y este se apresuró a sacar un maletín que estaba debajo de una mesa. Me lo entregó y luego pasaron a retirarse sin mencionar palabra alguna.

Lo había conseguido, carajo. Era la primera vez que vendía un jugador y la primera vez que podía notar en mi un instinto natural para el contrabando y mercadeo. Si bien estuve toda mi juventud esperando que aquellos hombres de corbata me vieran y me persiguieran, ahora era yo quien los perseguía a donde fueran. Estaba en mi naturaleza.

Continuará…

[Ver El Señor del Fútbol (Parte II)]

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