Columnas, ELBUENFÚTBOL* — Martes 31, julio 2012
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La niña que creció con el SÍ

EBF* | La niña que creció con el SÍ

EBF* | La niña que creció con el SÍ

Era 1989 y Polonia sufría la pérdida del hombre que aprendió a luchar contra el NO. La cuerda de segunda mano que compró en un mercado se rompió y su cuerpo cayó como el de un pájaro sin alas; la montaña de Lhotse, en Nepal, sería su última morada. Jerzy Kukuczka murió en otro nuevo reto, en la práctica de lo que más amaba, el alpinismo.

Kukuckza, el hombre que se opuso al NO

Kukuckza, el hombre que se opuso al NO

Catalogado por algunos expertos en la materia como el mejor escalador de todos los tiempos, Kukuckza se ganó el respeto de muchos por sus capacidades física y psicológica en los momentos de riesgo. Pero había otros detalles que también le eran reconocidos, entre ellos su idea, llevada a la práctica, de que en este mundo todo es posible siempre y cuando se quiera hacerlo.

Sin dinero en casa, sin patrocinadores y sin acceso a estructuras profesionales para ejercer el alpinismo, Kukuczka se aferró a su objetivo de alcanzar las cimas de diferentes montañas. Para eso primero tuvo que vencer la cultura del NO que le habían impuesto la familia, la política y la sociedad: No hagas, no digas, no puedes, no te atrevas. Creía que cada persona tiene el derecho de hacer lo que le gusta y que no había peor barrera y prohibición que la educación del NO. En todo caso, y si existía el temor de romper los candados, estaba la solitaria oportunidad de atreverse a morir en el intento y no doblegarse ante el miedo propio. Kukuczka, hasta el final, así lo demostró.

Justo el año en que él muere, la familia Partyka recibía a un nuevo miembro, la pequeña Natalia. A diferencia de otros bebés polacos que nacieron en la época, la nena vino al mundo sin mano y antebrazo derechos. ¿Castigo divino? ¿Crueldad de la naturaleza humana? ¿Tragedia? Para nada. Natalia sería una niña más. Sin embargo habría una diferencia en comparación con otros infantes polacos, la educación.

En un giro a la tradición del NO, Natalia fue educada e instruida con el SÍ. Los procesos de adaptación a su cuerpo evidentemente implicaron tiempo y paciencia, méritos compartidos con los suyos. Para ella las lecciones fueron de alentar sus capacidades: sí quieres, sí puedes, sí corre, sí grita, sí habla, sí atrévete, sí hazlo.

La niña creció y descubrió que lo que más le gustaba, su pasión, era el tenis de mesa. Se adentró en los deportes con la seguridad y potencia de su mano izquierda para dejar atónitos a todos quienes la presenciaron. Vino entonces el cambio de mentalidad en algunos que se animaron a apoyarla. Dejaron de verla como la mujer extraña y mutilada, la veían como una atleta más.

Uno de sus entrenadores fue más allá y le pidió que se olvidara de competencias juveniles, pues estaba para retos más importantes. A sabiendas de que los entrenamientos serían más estrictos y más disciplinados, Natalia dijo “SÍ”.

Los Juegos Olímpicos de Beijing 2008 darían la bienvenida a Natalia Partyka, la sonada atleta polaca que disputaría el certamen sin una mano y sin un antebrazo. Participó en la competencia por equipos y aunque el resultado no fue el esperado, ella ya había triunfado. La emoción por estar en la justa deportiva le provocaron un llanto temoroso, mismo que se desprendió cuando alguien de su equipo le dijo “SÍ, llora. También puedes hacerlo”.

Natalia se presentó nuevamente en otros Juegos Olímpicos y Londres fue testigo de su primera actuación en singles de tenis de mesa, prueba en la que se calificó hasta la tercera ronda y donde fue eliminada por la holandesa Jie Li. Aunque todavía le queda la prueba por equipos, Partyka cumplió la promesa hecha en Beijing: SÍ competir sola y SÍ llegar lo más lejos posible.

En diferentes circunstancias, con un deporte distinto, Kukuczka, el hombre que venció a la cultura del NO, y Partyka, la niña que creció con el SÍ, coinciden en algo: que nadie se diga y que nadie les diga que NO se puede.

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