Rincón Sapiens — Martes 2, octubre 2012
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Una salchicha de Frankfurt


Desde niño pensé y soñé mil veces con estar presente en una Copa del Mundo. Desgraciadamente por situaciones familiares y además con 15 años de edad que en esa época no te otorgaban ni voz voto para tomar tus propias decisiones, la cosa se complicaba mucho más.

Recuerdo que mis padres me decían “eres un chamaco, tú qué vas a ir a hacer a un estadio lleno de extranjeros, te van apachurrar y dicen que pican con agujas y te pueden contagiar enfermedades…” cosas de mamás que se agarraban de cualquier mito urbano o nota alarmista de Jacobo Zabludovsky para advertirte de situaciones peligrosas que podrían sucederte si emprendías una aventura a tan temprana edad: “Mira lo que está diciendo Jacobo de los antros, drogas, accidentes, ¿ves por qué me preocupo?” insistía mi madre…

Cuando el mundial fue en México 1986, tuve la oportunidad de escaparme con mis cuates. A veces México jugaba justo a la hora de clases y el plan consistía en irnos, hasta eso, con el permiso de los profesores y a pesar de que ellos accedían nuestros padres se oponían. Recuerdo que los papás de mi amigo El Patas, eran de lo más alcahuetes y nos apoyaban en nuestras travesuras de grupo mocoso que empieza a tener sus salidas independientes en esta orbe. Nunca nos rendimos, el plan seguía siendo el mismo, ir a un partido de “nuestro” mundial, comprar un boleto de palomar, ¡qué importaba! el chiste era estar ahí, sentirse parte de la Copa del Mundo y con suerte ver a la fantasía sexual de todo puberto de aquellos días, la Chiquitbum y su mini playera de Carta Blanca.

Desafortunadamente éramos uno pobres mozalbetes con poco dinero en el bolsillo, y que tras tres intentos de entrar a ver el partido y quedarnos afuera del estadio, terminamos haciendo migas con el que vendía las tortas de jamón rancio y viendo los partidos de la manera más incómoda, en un puesto con una televisión de bulbos no mayor de 14 pulgadas, blanco y negro (se veía azul más que todo) un desastre nuestro intento por entrar al estadio, y esa fue una espina que se nos quedó clavada por muchos años. Lo tuvimos tan cerca, estar en un mundial, corear el himno con 110 000 gargantas… nunca pudimos entrar.

¡Pero se volvió un reto! Así, intentamos juntarnos para ir al del ’90, pero México ni figuró por su tema de los cachirules. El ’94 representaba una nueva oportunidad y muy cercana: los Estados Unidos, pero tampoco lo logramos, demasiado caro para ir, amén de que ninguno tenía VISA y obtenerla era todo un caso, como lo sigue siendo hasta la fecha.

Y así pasaron los años, pero no el sueño de ir al Mundial. Los buenos amigos ahí seguían, con la misma locura y el mismo plan de asistir al máximo evento futbolístico aún años después.

Felizmente nuestro destino nos alcanzó y fue Alemania 2006 el Mundial elegido (o que tal vez la vida nos tenía reservado). Fue un viaje realmente maravilloso. Cantar el Cielito Lindo, sentir como las lágrimas caían por nuestros rostros y cómo los vellos de los brazos se erizaban al escuchar el Himno Nacional Mexicano, definitivamente son momentos inolvidables, era el sueño de muchos años, de miles de noches, ahora hecho realidad.

En lo personal lo considero el mejor viaje de mi vida, pero como todo, ya después de unos días empiezas a cansarte y a echar de menos ciertas cosas: la comida, tu cama, tu calle, y aparte quieres volver a casa para presumir y decirle a medio mundo…”Ahí estuve”.

Paradójicamente, ese fue el mundial que menos seguí, el que menos disfruté en cuestión de no perderme la gran cantidad de partidos que hay. Fuera de los duelos de México, resultó imposible, con tales ciudades de Europa esperando por ser conocidas, el estar pendiente de todos los cotejos. Un día por la mañana decidimos irnos a Praga, ciudad futbolera con monumentos y construcciones maravillosas, por ejemplo el Astronomical Clock que es una edificación imponente. Realmente uno piensa que no puede pedir más, que la está pasando uno de maravilla cada instante…

Comer salchichas frankfurt por Europa es el equivalente a comer un taco al pastor o la clásica “queca” en México. Con el tiempo te cansa el embutido, pero además de que está por todos lados es para lo que te alcanza cuando ya no te queda mucho dinero, es la comida ideal del fast food europeo, con la salvedad que sí son salchichas de primer nivel.

En una de esas banalidades y coincidencias estando aún en Praga, me encontraba en un afamado puesto cercano al Río Moldavia, cerca de Charles Bridge, el panorama era inmejorable, y como si fuera el premio a tantos años de espera mundialista, de la nada, salió un tipo de mi estatura, no muy alto, greña güera semi recortada, con mucha onda pidiendo una salchicha con un pésimo inglés, se me hizo conocida la voz, giré la cabeza y ahí estaba el Matador Luis Hernández con unos cuantos amigos, como, Zague, Ramírez Perales y El Beto García Aspe, retirados todos ellos, pero al fin ídolos que estuvieron ahí, en la cancha unos mundiales atrás. Entablamos conversación y terminamos yendo a un tremendo Bar que esta junto al Río Moldavia donde se encontraban mujeres hermosas de todo tipo, ¿pero saben?, la plática futbolera se extendió hasta pasadas las cinco de la mañana.

Sin duda esa ha sido mi mejor salida y siempre recordaré cómo es que yo, harto de comer salchichas, estuve a punto de renunciar a cenar en esos clásicos kioskos de esquina, hoy me queda claro que fue la mejor decisión que tomé en ese momento.

Definitivamente nunca he vuelto a ver las salchichas de Frankfurt igual. Aquella noche llena de futbol y de figuras mundialistas que compartieron mesa con nosotros, bebiendo incluso del mismo tarro en algunos casos, es invaluable.

Desde entonces, no digo que no a una buena comida callejera, menos si es en otro país, pues uno nunca sabe hacia dónde te puede llevar una simple salchicha.

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