Columnas, ELBUENFÚTBOL* — Miércoles 1, agosto 2012
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Una medalla dura para comerse

EBF* | Una medalla dura de comerse

EBF* | Una medalla dura de comerse

En México todavía se respiraba la muerte. La masacre estudiantil de 1968 era una herida imposible de cerrar. Familiares de los jóvenes asesinados y desaparecidos se negaban a enterrar en el olvido a sus muchachos; miembros de la sociedad civil se sumaron a su dolor y tampoco quisieron sepultarlos en la indiferencia.

Por el contrario, la herida se abrió más en 1971 con el Jueves de Corpus. Además de la sangre derramada y los gritos silenciados por la represión, el miedo escogió de asilo varios hogares. En la víspera de los Juegos Olímpicos de Munich ’72, el país era potencia en luto y desolación.

Zamora, los puños de Tlatelolco

Zamora, los puños de Tlatelolco

Con los ánimos por los suelos, sin interés profundo por la delegación mexicana que participaría en Munich, la tragedia se elevaría y ya no sería exclusivamente nuestra, sino de importancia mundial. En plenos Juegos Olímpicos ocurrió otra masacre. El grupo denominado Septiembre Negro, integrado por terroristas palestinos, secuestró y asesinó a once atletas de Israel. De forma increíble, lo que originó el repudio de millones, el certamen no se suspendió.

Bajo ese panorama de aroma a pólvora, un mexicano se decidió a dar la cara por la nación y por él mismo. Crecido en Tlatelolco, lleno de pobreza y educado por elección propia a los golpes, un pugilista le daría a México una excusa para sonreír, un pretexto amparado en el deporte para desahogar por un instante las penas.

Indio, azteca, peleador de barrio. Los adjetivos para denostar su figura no faltaron. Sin embargo, él, olvidándose de todo y despreocupado de lo que acontecía alrededor, compitió para repartir lo que sabía dar, madrazos. En cada movimiento, en cada golpe, en cada gota de sudor, tundió a sus oponentes. Sus puños de barrio repartieron las lecciones de un indio que quería ganar una medalla para regalarle una casa a su mamá.

Mientras él buscaba el sueño de darle un techo de los buenos a la jefa, otros tantos compatriotas, más los aficionados al box, le agradecían la bravura y el temple que mostraba en tiempos de crisis emocional. Contra todos los pronósticos llegó a la final de los pesos gallo y obtuvo la medalla de plata, la única presea conseguida por México en Munich ’72.

No todo podía ser miel sobre hojuelas. México y el boxeador despertarían del grandioso letargo momentáneo para volver a la cruda realidad. El país le lloraba a sus muertos y exigía justicia; el medallista olímpico no pudo obsequiarle la casa a su mamá.

“Esa fue mi frustración más grande. Yo pensaba que le iban a dar su casita a mi mamá. Recuerdo que al salir de Los Pinos, volví llorando. Le prometí a mi madre que yo me encargaría de comprarle su casa. No entendía por qué a todos los medallistas del 68 el presidente Gustavo Díaz Ordaz sí les regaló su casa. Yo quería ganar la presea solo para eso”, dijo Alfonso Zamora en entrevista a Milenio.

A cambio de la casa, el presidente en turno, Luis Echeverría, le otorgó un Mustang 68 a Zamora. Con 16 años edad, el joven boxeador lo chocó contra el auto de una mujer embarazada, quien tuvo que dar a luz prematuramente por el impacto. En tanto, Echeverría le regalaría a la población en general declaraciones y más declaraciones para deslindarse de lo acontecido en 1968 y 1971.

Con el paso de los años, ya en la actualidad, Alfonso Zamora ve en su lejana proeza olímpica un vago recuerdo que podría ayudarle en su economía: “La medalla no es para mí indispensable. El medallista soy yo. A quien invitan a las entrevistas es a mí. Entonces, si un día me dicen: ‘Te doy medio millón de pesos por tu medalla…’. Voy a decir: ‘¡Préstalos!’ La medalla solo es un artefacto de metal. Está muy dura para comerse”.

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