Frankenstein o el moderno Prometeo

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Como cualquier otro asalariado de los que pasan por ahí, me confieso incapaz de concebir un millón de Euros juntos… ni hablar de 160 millones. Entiendo que tal y como marchan las cosas en el planeta, tanto dinero pudo tener más noble destino, pero una vez que la humanidad se decantó por sobrevivir bajo el régimen de libre mercado, no tengo nada que reprocharle a Florentino Pérez. Al fin y al cabo, rodar una superproducción hollywoodense cuesta lo mismo que comprar a Cristiano y a Kaká. Si el Real Madrid no recupera la inversión, será su problema.

En su primera gestión, Florentino gastó un dineral en pos de construir una criatura formidable: el pie derecho de Figo al lado del izquierdo de Roberto Carlos, ambos ensamblados a las piernas de Ronaldo, a su vez conectadas a la cintura de Zidane. El monstruo tenía los brazos de Casillas, el cerebro de Raúl y hasta el pene de Beckham. ¡Pobre! Su creador se olvidó de la sangre. Y del corazón.

Al igual que en Frankenstein, el ingrato engendro no tardó en escaparse de las manos de su creador. Pérez salió corriendo con un tétrico balance de cuatro Ligas, cinco Champions Leagues y seis Copas del Rey dilapidadas en apenas seis años.

Ahora que el Madrid cayó en octavos de final de la Champions por quinta ocasión consecutiva (¡Ya ni México en los Mundiales!), hoy que el Barcelona consuma un triplete jamás alcanzado en la historia merengue, y con el umbral de la resistencia blanca reventado tras el 2-6 en el Clásico, Florentino vuelve a escena sin la lección aprendida.

Son los mejores tiempos del madridismo: los de la expectativa, la ilusión y la soberbia. La neurosis se ha desatado en Barcelona: ignoran que, como el monstruo de la novela, Real Madrid terminará provocando más pena que odio, más compasión que miedo, más lástima que asco.

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