Ganador del Rincón Sapiens: César Antonio Navarro

Y la pelota que se acerca teledirigida al ángulo superior izquierdo, el arquero que vuela con la desesperación de quien no tiene para comer, el balón cada vez más cerca, los dedos estirados al máximo, la reacción secundaria al notar que la pelota aún no está dentro del arco, notable, fantástico, una salvada más y seguramente el tipo de traje que se erige desde las tribunas daría visto bueno. Intentarlo algunas veces más y seguramente todo saldría bien, volar por todo el arco un par de ocasiones y casi el sueño consumado, que más pedir, nada.

Sentirse desde ya entre la élite, imaginarse con las grandes estrellas, pensar los últimos minutos en estas tierras y después volar, la transferencia tan ansiada. Tiro de esquina, el rebote que sucede, la pelota que termina en los pies del mediocampista (enemigo) que filtra la pelota, el defensa (amigo, compañero, como quieran nombrarle) que intenta alcanzar el balón estirando la pierna derecha al máximo, imposible, la redonda ha cruzado ya los límites de seguridad y avanza dócil a esa área de peligrosidad, donde el delantero controlará el esférico como seguramente controla todas sus ganancias. Esa imagen, desde las tribunas del imponente estadio, el “gran señor” (entiéndase visor de equipo importante de Europa) divisa todo sin perder detalle, los ojos postrados en esos tres actores: delantero, portero y balón. Sentir que de golpe el tiempo se detiene, que la escena ocurrirá en cámara lenta, que el balón se acerca con esa cadencia necesaria, que todo pasa como en algunas repeticiones de las grandes televisoras, lento, lento.

El poderoso delantero que saborea el instante, ya imaginó todo, posibles definiciones, picarla, soltar un tremendo cañonazo o hasta eludir al arquero también se vuelve válido en situaciones como esta. La angustia de nuestro querido portero, no es lugar para errores, jugarse la vida es lo que necesita, romper las ilusiones del delantero son sus pretensiones, desde arriba todo es visto; el delantero que se acerca, controla, los gritos ensordecedores de la hinchada, la desesperación del entrenador que desde la banca siente que es irremediable que su portero detenga semejante ataque enemigo, el director técnico como militar con rango de General mirando todo desde tan lejos.

Nuestro delantero ha decidido, pateará con la derecha, la pelota esta ahí, vibrando, aguardando a ser golpeada, acariciada tiernamente por los tacos de un tipo de veintisiete años y con un cuerpo esplendido, no por nada sus compañeros le hacen llamar “toro”, ese torso grueso que seguramente su esposa agradecerá. Pero es momento de futbol, el instante que todo aficionado espera ver cuando compra los boletos para lograr ser admitido en el estadio. El arquero que ha salido a jugarse la vida como los soldados enemigos en la guerra de Irak, como algún campesino del sur del país todas las mañanas.

El gran señor que se levanta de su asiento, la jugada lo emociona, lo siente, sabe que es el momento del examen perfecto, probar de qué está hecho en verdad el cancerbero. Los millones de dólares dependen de esa jugada, la posible transferencia en juego, una atajada y la felicidad que no se vive todos los días, un gol y será tan complicado.

La pelota jadeante, el delantero que ya deslizó su pierna derecha hacia atrás, a punto de patear, de dirigir ese balón hacia la portería enemiga, nuestro portero que sale, cierra el ángulo de disparo, anula la visión del arco, la pelota que sale con una fuerza inconmensurable, bien dirigida, un poco lejos del cuerpo del portero, la angustia que recorre las entrañas, la mano estirada al máximo, las uñas largas que no sirven de nada, la mirada del portero ya vencido sobre el esférico, observa cómo transita por el pasto verde, el “gran señor” que ahoga un grito, el entrenador que es captado justo cuando da un brinco pequeño, la pelota que avanza, que está a punto de adherirse a la portería cuando de pronto se cruza algo que no formaba parte del juego, que no se esperaba, el poste maldito ( para el delantero) que surge como el ave fénix, detiene el avance de la pelota, da un rebote, la cámara lenta que se olvida, el defensa que llega rápidamente y despeja el balón hacia el lateral, el suspiro del arquero, sonrisa nerviosa, feliz al cabo, las manos al rostro de nuestro querido delantero, el “gran señor” que vuelve a su asiento un tanto confundido, el entrenador que apenas viene cayendo del brinco que dio, el arbitro que aparece en escena, el silbato que suena y se escucha como un rayo en medio de la gran selva, es el final del partido, un cero un tanto divertido.

El portero que sonríe y acude a saludar al seductor “cazagoles” que segundos antes era su enemigo y que ahora se funden en un cordial saludo, un apretón de manos que dice demasiado y al mismo tiempo no, una palmada, el alejamiento necesario. En la derrota siempre hay alguien que llora, cuando se empata las confusiones aparecen, ya que el jugador no sabe si sufrir o sentirse satisfecho, la gran duda. La hinchada abandona el templo supremo, los jugadores en vestidores, el árbitro que sonríe, los “recojebalones” que sueñan. Una sola jugada, segundos acaso, una acción tan rápida llevada a un escenario delicioso, donde tal vez al final del día el único victorioso sea el portero, si es que el “gran señor” le vio aptitudes necesarias para triunfar en un lugar ajeno. ¿Cuánto tiempo permanecerá el recuerdo de una jugada en tu cabeza? Minutos, años posiblemente, jugadas que llegan, jugadas que se olvidan, jugadas que arman un rompecabezas llamado partido de futbol.

Barak Fever ( barak )

Perfíl Futbolsapiens: Barak Fever
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