Columnas, Rincón Sapiens — Lunes 3, diciembre 2012
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Rincón SapiensUn rinconcito capaz de soportar todos los temas, todas las letras, todas las ideas...

Veterano de mil batallas

De repente estas ahí, sentado en la banca de un jardín, viendo pasar a la gente sin que ellos te miren a ti, si acaso se te acerca una pequeña parvada de palomas pero, lástima que no tengas siquiera un bolillo para ofrecerles. Al ver que tu situación no les es favorable, deciden emprender el vuelo hacia alguien que sí les pueda dar lo que buscan.

Cuando no eres mas que un viejo decrépito te das cuenta que tu vida es así. Nadie se te va a acercar al menos que les puedas ofrecer algo a cambio, de lo contrario simplemente se van. En eso con tus pocas fuerzas alcanzas a sentir que algo golpetea tu bastón, es el balón de unos niños que juegan a tus espaldas. Escuchas (si es que tu aparato auditivo está encendido) sus gritos de “¡bolita por favor!” e inmediatamente te teletransportas a ese instante clave en tu vida, cuando por primera vez tuviste la fortuna de tocar un balón de futbol, aquel instante que marcó tu vida y por eso alcanzas a esbozar una pequeña mueca que tiene la intención de convertirse en sonrisa. Levemente te levantas a tratar de devolverles tan preciado objeto para ellos y al observarlos, te das cuenta que son unos auténticos mocosos (en el buen sentido de la palabra) que acaso tendrán 7-8 años a lo mucho. Que más quisieras contarles todas tus anécdotas con la pelota, pero ellos están muy ocupados librando una férrea cascarita por lo que de seguro no tendrán tiempo para escucharte. Sumado a eso, eres un completo extraño para ellos y los podrías meter en un lío con sus padres.

De repente notas que uno de ellos lleva una camiseta blanquinegra con un escudo que, por mas tentativa de Alzheimer que puedas tener, reconocerías en cualquier lado. No aguantas más y le dices:

– Oye muchacho, si tú, el de la camisa con el 10 en la espalda… ¿podrás venir un segundo?

El joven, tímido por naturaleza, presiente que ese misterioso anciano esta por cambiar para siempre su forma de ver las cosas por lo que decide ir con el anciano acompañado de sus amigos.

- Sabes, cuando yo tenía tu edad acompañaba a mi padre al viejo estadio. Cada domingo estábamos ahí, así lloviese, nevase o hiciera un calor insoportable. No dejábamos de alentar al equipo, ese que tu llevas en la playera.
- Señor – contestó el infante, – Esta playera fue un regalo de cumpleaños. La verdad este equipo no es mi favorito. Yo prefiero al equipo azul, ese si es exitoso y tiene al jugador del momento- añadió el muchacho.

Rápidamente cuentas hasta 10 ya que no quieres decirle nada malo a un niño por el hecho de comparar al equipo de tus amores con tu odiado rival, ese al cual gozabas ganarle en reiteradas ocasiones. Por lo que mejor optas por echar una carcajada y seguir con tu relato.

- Te comprendo pero dime algo, ¿Cuántas estrellas tiene el escudo de tu playera? – refunfuñó el anciano.
- Tres señor – contestó el infante.
- ¿Tú sabías que hay una historia particular para cada una de esas estrellas? – le dijo el viejo
- Me alegra que solo sean tres. Imagínese que me hubiera visto con la playera azul, no tendría tiempo de escuchar las 25 historias de cada una de las estrellas. Pero suena interesante, ¿podría contárnoslas a todos? – sentenció el chamaco.

El viejo, ante la mirada atónita de todos los presentes, no tuvo mas remedio que empezar a hablar. Finalmente tenía alguien a quien compartirle sus historias.

- Verán, la primera data del año 1947. En ese entonces tenía 20 años y, aunque no lo crean, yo fui jugador profesional. No fue mi mejor temporada y aun no me consolidaba como titular, pero el equipo de aquella época era demoledor. Con decirles que no por nada terminamos la campaña con una sóla derrota en 34 partidos, perdiendo únicamente en nuestra presentación y contra el entonces campeón. Recuerdo muy bien el día que nos coronamos. Salí de mi casa temprano con rumbo a las instalaciones del club y mi entonces novia, Kenia, me dio un beso en la mejilla y me dijo al oído: “Sólo quiero que no te hagan daño, por lo demás no te preocupes, ¿ok?”). No logré entender el porqué me dijo esto, en lugar de usar otras palabras mas alentadoras. Pero en fin, viniendo de ella eras más que motivante para mí. Llegué al club preparado para jugar y cuando ya estaba mentalizado en ir al banquillo, ocurre algo que nos dejaría en estado de choque. Nuestro capitán, el gran Alfredo Gaty…

-¡¿ALFREDO GATY?!, ¡¿Usted compartió cancha con él?! – gritó uno de los niños.
- Sí – continuó el anciano. – Yo era su suplente y quizá el destino me tenía preparada una sorpresa porque ese día, Gaty sufrió una lesión a nada de empezar ese vital juego.
- ¿Quién era su rival? – preguntaron los chicos.
- Mmm, ustedes creo que lo conocen muy bien. Nuestro rival aquella tarde era ni mas ni menos que el Zamarra city – dijo el viejo.
- ¿Zamarra city?, ¿De verdad voy a creerle que le ganó un título al poderoso Zamarra city? – le reclamó el chico de la playera.
- Así es, por increíble o ilógico que te suene, le ganamos un título al equipo más ganador del país – sentenció el anciano.

En ese momento sus ojos comenzaron a brillar, como si el llanto estuviese a punto de invadirlo. Él continuo.

– Claro, en ese entonces ninguno de los 2 equipos tenía la fama o el prestigio que tienen hoy pero aun recuerdo ese momento. Estábamos segundos en el torneo y necesitábamos ganar a como diera lugar para ser campeones – dijo el viejo con un tono de voz aguardentosa, de esas voces con las cuales se narran las historias fantásticas.
- Pero si iban invictos, ¿no deberían ya esta coronados para aquella ocasión? – dijo con tono intrigante uno de los niños.
- Sí, pero habíamos empatado muchos juegos y el City nos sacaba, si mal no recuerdo, un punto de ventaja en aquella ocasión. Nadie, absolutamente nadie, confiaba en nosotros y bueno, a los 10 minutos ya perdíamos 2-0.
- ¿2-0? Jajaja. Lo ve, ni en su relato le puede ganar al City – dijo con burla el pequeño del jersey.
- ¡Oye, déjalo terminar! – le reclamaron sus amigos. El viejo prosiguió.
- Estábamos anímicamente desechos. No nos pasaba por la cabeza lo que estaba sucediendo pero aun así oímos a Gaty decirnos: “No llegamos hasta aquí sin sufrir, jamás nos rendimos, no creo que ahora sea el momento oportuno para dejar de luchar”. Con estas palabras, salimos más motivados que nunca a la cancha a pesar del 3-0 que teníamos en contra. Apenas empezando el segundo tiempo, recibí un centro por la derecha y cuando estaba listo para rematar…
- ¿Cuándo que?, ¿Cuándo que? – dijeron los niños. El viejo se detuvo, como si regresara a su mente un recuerdo tormentoso.
- … Cuando ocurrió mi desgracia. Un defensor se barrió ferozmente sobre mi tobillo y el contacto fue inevitable. ¿El saldo? Mi tobillo quedó muy lastimado y tuve que abandonar el campo. En el hospital me enteré que el equipo había ganado 6-3 y no lo podía creer… ¡Éramos campeones! – el viejo gritó esa última frase como si hubiese acabado de pasar, – sin embargo, no recibí mi medalla sino hasta 3 días después. Es más, el resto del equipo no se había tomado la molestia de ir a visitarme, estaban muy ocupados con su festejo.
– Ok, linda historia de la primera estrella. Ahora dígame, ¿cómo consiguieron esta segunda? – el chico seguía cuestionando al viejo, aunque no le creía al ciento porciento, aun así, el viejo continuo.
- La segunda data del año 1965, tenía 35 años y mi carrera terminó a causa de esa terrible entrada. Intenté regresar a las canchas, sin embargo me fue imposible porque para ese entonces yo estaba desempleado y mi esposa embarazada esperando a nuestro segundo hijo. Ese día, en lugar de estar pensando si saldríamos o no campeones, pensaba en como mantendría a mis hijos.
- ¿Por qué para señor?

El viejo quedó pasmado y de repente sus arrugas pintaron una sonrisa y de sus ojos salieron 2 lágrimas. De esas lágrimas que sueles derramar cuando te llega una señal divina del lugar menos esperado.

- Gaty me llamó en ese preciso momento ofreciéndome volver al club dentro de las fuerzas básicas. No lo podía creer.
- ¿Y aceptó? – preguntó uno de los chicos.
- ¡Pero claro que acepté hijo! Una oportunidad así se te presenta una vez en la vida y sería muy tonto si la dejaba pasar pero… al momento de ir corriendo hacia el hospital para darle la noticia a mi esposa, me encontré con que el niño había nacido. Sin embargo ella no resistió y falleció a la hora del parto. En ese momento mi mundo quedó deshecho y tuve que rechazar la oferta.
- Válgame señor, lo sentimos mucho. Pero, ¿por eso es tan “especial” esa fecha para usted?.
- No. Fue especial porque dentro del sentimiento de la pérdida de mi esposa, de verme solo con mis 2 hijos, sabía que el futbol me sacaría, o intentaría arrebatarme una sonrisa al menos. Tras el juego (que por cierto se le volvió a ganar al City 3-0)…
- ¡CARAJO! – gritó el chiquillo del jersey.
- …no dudé en aceptar la oferta de Gaty. Fui, le platiqué mi situación, me dio la oportunidad y me prometió que se encargaría de mis hijos. Y lo cumplió.
- Vaya, si que es una situación dura de sobrellevar. Pero terminenos de contar, ¿qué paso el día de la 3era estrella?

De repente la tristeza y nostalgia que le invadían cambiaron por un brillo en sus ojos.
- Oye hijo, si tu el gordito, te veo muy atento y parece que sabes la historia del equipo – comentó el viejo.
- Señor, yo soy un fan del Zamarra City y es por eso que reconocí a Gaty. Mi padre me habla maravillas de él.
- Ya veo, ya veo, entonces el nombre de Milton Andretti te sonará familiar.
- ¡MILTON ANDRETTI!, claro que me suena señor.
- Sí, a mí también, y a mi – los niños finalmente empezaban a ser parte de su historia. Bueno, casi todos.
- Sí, si es un buen jugador pero, ¿qué tiene que ver con las historias de los títulos? – para no variar, el chico engreído del odiado rival empezó a reclamar.
- Pues mira muchachito, Milton es mi hijo y el día de la tercera conquista debutó en el equipo.
- Wow, wow, wow, más despacio por favor. ¿Acaso dice que Milton Andretti es su hijo? – los niños quedaron pasmados con la noticia
- Sí, así es. Milton es mi hijo, el menor de mis 2 hijos. El mayor se graduó de ingeniero civil y está trabajando en una nueva carretera. Milton siguió los pasos de Gatty, al cual le estoy eternamente agradecido por haberme ayudado con mis hijos. En fin, ese día…
- Sí, yo me se el resto de la historia. Milton entró de cambio y metió el gol del triunfo. A propósito, ya sabrás a quien, ¿verdad?

Los niños y el anciano rieron, hasta el mocoso latoso no pudo contener la risa.

- Señor, sus historias son fantásticas pero, ¿por qué si Milton es su hijo, no le ha comprado una casa o algo así? Y también, ¿ya no trabaja para el club usted? – pregunto con intriga uno de los muchachos.
- Verás chico. A veces la vida no es tan justa como uno quisiera. Me retiré hace 10 años del club pero el dinero de mi retiro se lo dí a Milton para que pudiera financiar su visa y viajar con su nuevo club al extranjero. Yo, en cambio, sólo soy un viejo que ve como sus hijos triunfan y observa la vida pasar. Si te puedo decir que mi gran sueño fue ser futbolista, no lo pude cumplir al cien, pero el ver que los chicos de hoy en día les interesa el futbol y están dispuestos a escribir nuevas páginas de gloria, es lo que me motiva para seguir luchando todos los días – sentenció el viejo.

Entonces el chico se quitó su camisa y, en un hecho algo emotivo, se la entregó al viejo.

- Señor – empezó a hablar el muchacho, – tome, es un pequeño obsequio de agradecimiento.
- ¡Niño!, te vas a enfermar – le regañó el viejo.
- No, no, no se preocupe. Puedo ir a mi casa por otra, vivo a 2 minutos de aquí. El punto es que si alguien merece esta playera, es usted. Las tres conquistas han estado ligadas con su vida y le agradezco por enseñarme el amor a un club, a una identidad.

- A propósito…- interrogó el anciano, -¿Quién te regalo la playera, si se puede saber?
- Mi abuelo – contestó el chico. – Mi nombre es Michel Gatty y estoy seguro que a mi abuelo le encantará hablar con usted, de hecho ahí viene.

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