Son casi las seis de la mañana. He terminado mi último quehacer en el último día de los Olímpicos. Por última vez envío una nota que nunca saldrá al aire. Cabizbajo, salgo a tomar un taxi que me lleve al hotel.
No vaya a ser la de malas, me detengo… con ese equipo nunca se sabe; y camino de vuelta a la desolada oficina. Era la supercopa. Una hora antes había dejado al Madrid perdiendo y con nueve hombres en el campo. Actualizo la página web. Horror. Beijing 2008 por fin había culminado, pero mi pesadilla no hacía sino comenzar.
Dios existe. Durante 15 años ejercí de ateo; argumentaba que nadie podía demostrar con hechos su existencia, ni tampoco negarla, por lo que a mí me tenía sin cuidado. Sin embargo, el tiempo me hizo ver futbol y más futbol hasta que opté por rendirme ante la evidencia: Dios existe. Y es del Real Madrid.
Ha de tener una razón tan boba como que viste de blanco: el color de sus ángeles, y también de su túnica. Y el de sus barbas. El hecho es que todos los milagros registrados en su planeta Tierra en tiempos recientes han sido despilfarrados en beneficio del Real Madrid: Un club que se maneja con la prepotencia que sólo puede dar la omnipotencia. Con jugadores que llevan años sin jugar a nada, y que al silbatazo final siempre ganan. Un equipo penosamente gestionado… que acaba saliendo campeón.
Aunque no me consta, supongo que algo habrá tenido que ver su mandato en la conquista de seis Copas de Europa y veintitantas ligas que, gracias a Él, a mí no me tocó ver. Lo que sí, es que de un tiempo para acá el Madrid gana partidos de la nada, siempre remontando en los últimos minutos. Es la viva explicación de que existe algo más allá de nuestros ombligos.
Lo peor de todo es que dios no se ha aburrido. A veces se le olvida un juego de Champions, o de Copa del Rey, y entonces todo vuelve a la normalidad de los años en que había dejado de plantarse sobre el Bernabéu. Pero pronto vuelve a las andadas. Y que recen por mi alma todos los beatos, que yo espero que ya se distraiga resolviendo guerras y hambre, como en los viejos tiempos. O al antimadridismo nos espera otro añito de tragedia.
Hermosa, simpática, tremendamente ganadora… probablemente, hasta inteligente. Todas quieren ser como ella y todos queremos a una como ella. Yelena Isinbayeva redimensionó, por sus pistolas, la que no era más que una disciplina olímpica tan linda como cualquier otra. Ahora, el salto con garrocha femenil es un show, un monólogo encantador.
Isinbayeva tiene a la peor rival posible: ella misma. Y no sé cómo le hace, pero en cada competencia logra superar su dosis de gracia, de encanto y sobre todo de altura, que es lo que más le interesa. Centímetro a centímetro rompe su propio récord del mundo, y ya lleva 24. Kilómetro a kilómetro rompe corazones, y ya pulverizó unos cuantos.
Ayer como se esperaba, las demás competidoras se quedaron atrapadas dentro del Nido del Pájaro, sin decir pio mientras Yelena volaba a placer por encima de la contaminación que nubla Beijing. A pesar de figurar en el programa del lunes, en el Estadio Olímpico no quedó constancia del lanzamiento de disco, ni del salto de longitud, o de los 400 metros con vallas. Sólo estuvo ella. Ella y su fiel pértiga.
No soy de los que se conmueven fácilmente. Ni Broadway, ni las pirámides egipcias, ni nada demasiado diferente a un clásico del futbol europeo logran emocionarme de a de veras. Pero lo de anoche fue distinto. Sé que les valdrá un sorbete y harán bien, pero mientras México volvía a clases yo estaba ahí. No en la tribuna, no en primera fila. Ahí con mi camarógrafo. En un lugar donde no debía estar, pero ¿a quién le importaba?
Porque Isinbayeva era lo único digno de ser visto, y nadie debía perder el tiempo con un reportero necio al que se le antojó contemplar la maravilla a centímetros de distancia.
Ya envalentonado en mi impunidad, terminada la competencia salí al campo para felicitarla y platicar con ella. Lo de menos era si mi entrevista saldría al aire o no (nunca falta el brillante que se encarga de hacer añicos tu trabajo en esta clase de eventos), lo que quería averiguar era si su gracia infinita se trataba de realidad o pose.
Y era verdad. En lugar de cortarme en seco, compartió su alegría conmigo con una sencillez que no he encontrado en ningún jugador de los Valedores de Iztacalco. Lo siento, Lore… sé que jamás lees mi columna: estoy enamorado.
Nunca entendí bien por qué José Ramón solía afirmar que los Juegos Olímpicos eran mucho más que la Copa del Mundo. Tal vez algún día tuviera la ocasión de estar en ambos, podría compararlos y descubriría esas sutiles diferencias que nunca percibí en la tele y que dejaban tan chiquito a mi venerado Mundial. Bueno, ya estoy aquí… y sigo buscando.
Será el horario exactamente alrevesado de las competencias respecto a México. Será que en nuestra delegación no tenemos un solo atleta que domine a sus rivales o magnetice a nuestra gente a la usanza de los ídolos. Será que nos gusta ver a equipos vestidos de verde y no calificó ninguno. Será que nuestra mayoría joven apenas vio una medalla de oro desde que utiliza la razón.
Será el sereno o mi absurda percepción, pero la mayoría de la gente prefiere el Mundial. Ocurre en México, donde cada 25 años somos los mejores en algo, y ocurre en países con mucho mejor panorama deportivo, ahí donde los chavos tampoco apagan el Wii ni para ver lo que se supone, es la mayor celebración de la humanidad.
Tantas competencias a la vez, tantas medallas al día nos dejan siempre con la sensación de no haber visto nada. Proliferan deportes cremosos y huérfanos del mínimo atractivo visual que sólo sobresaturan los Juegos. Porque para el COI el golf es elitista, la equitación no. Según los eruditos encargados de verificar a los deportes con el holograma olímpico, el beisbol no se practica en suficientes partes del mundo… la vela sí.
En lugar de tipos tirando con rifle o pistola en nombre de Zeus, yo preferiría ver a Alonso, Hamilton y Raikkonen peleando por una medalla en igualdad de condiciones. O a ligamayoristas de Estados Unidos, Japón y República Dominicana dándose de palos por el oro. Seguro que muchos países se emocionarían con la inclusión del rugby y del cricket, y nosotros agradeceríamos verlos disfrutar como locos.
Los Juegos Olímpicos de mis sueños sí son mucho mejores que un Mundial. Ni siquiera necesitan al futbol para convertirse en la verdadera Meca del aficionado deportivo. Si convencieron a tenistas y basquetbolistas, se debe poder hasta con los boxeadores. Es cuestión de mucha voluntad. Y de abrir los ojos.
Conocidos y desconocidos, familiares y amigos, colegas y vecinos… todos unen sus voces en un solo sonsonete que llevas un año chutándote: ¿Vas a ir a China? Conforme pasan los meses su pregunta no cambia, tu respuesta sí. La incertidumbre del quién sabe torna en un parece que sí, y con el paso del tiempo termina en la simple afirmación.
Entonces tu interlocutor, sea quien sea, reacciona con una expresión que tiende a moverse entre los reducidos márgenes del ¡qué padre! y el ¡qué envidia! Y como no es pregunta, prefieres zanjar el tema con una sonrisa mientras muges en tus adentros: “Envidia la mía: tú sí lo vas a ver en la tele”.
No existe trabajo más sobrevaluado que el de comentarista deportivo. La gente piensa que te la pasas de lujo, que entras gratis a todos los eventos, que eres cuate de sus ídolos y encima que te hinchas de lana, como si lo tuyo fuera un trabajo de a de veras. Pero ninguna de esas premisas se acerca a la realidad. Se los digo yo y lo hará cualquier compañero que les guarde un mínimo de confianza.
Venir como reportero a un Mundial o a unos Juegos Olímpicos significa algo más que dormir poco y acusar el cambio de horario. Quiere decir estar pero no estar.
Porque sueles cubrir un mugre entrenamiento que a algún genio se le ocurrió programar justo a la hora del evento principal. Porque aún cuando te toca la dicha de estar ahí en donde todos sueñan, lo cierto es que nunca estás del todo, pues tu mente deja a tu cuerpo sentado mientras ella se pone a trabajar en la entrevista posterior, en el inminente envío de señal, y en el tiempo que te queda para entregar tu material.
Es de madrugada y apenas reparas en todo lo que te perdiste. No hay más resúmenes en la tele de tu hotel y aparte, ya va siendo hora de levantarte para hacerle frente a una nueva jornada. Cuando llega el día de escribir tu columna, no sabes de qué hablar porque nunca en tu vida viste menos deporte.
Vuelves a México y el ¿cómo te fue? expira en un mes, a lo sumo… la gente prefiere saber si te vas o no a Sudáfrica. Tardarás en saberlo, pero por incongruente que resulte, desearás ir con todas tus fuerzas.
Bryant, Kobe…? ¡Present!
¿Federer, Roger…? ¡Hier!
¿Messi, Lionel…? (Silencio) ¿Lio…? (Silencio)
¿Sharapova, María…? ¡TyT!
De todos es sabido que el COI y la FIFA se repelen tanto como se necesitan. Para Jacques Rogge el futbol es tan sólo una más entre sus 38 disciplinas, mientras los Juegos Olímpicos ni siquiera existen en el calendario internacional de Joseph Blatter. Así las cosas, no es coincidencia que en cada desfile inaugural nos ahoguemos las ganas de ver pasar a los futbolistas, quienes siempre empiezan a jugar en ciudades alternas antes de que la llama sea encendida: una grosería que a nadie parece importarle.
Hace mucho que los máximos exponentes del deporte profesional confirmaron su presencia en la cita más grande que tiene la humanidad. En Beijing, LeBron James y Rafael Nadal compartirán con Michael Phelps y Yelena Isinbayeva el sueño dorado de todo atleta. Pero resulta que a nueve días del inicio del futbol en los Juegos Olímpicos, a la joya de este deporte se la siguen haciendo de tos.
Hoy la FIFA le ordenará al FC Barcelona la cesión del jugador a la selección argentina, aún así los catalanes seguirán montados en su burro. Dicen que lo necesitan para la previa de la Champions. Argumentan que ellos le pagan. Piensan que se puede lesionar.
Y es que en Barcelona no entienden de plusvalías: Kaká es mayor de 23 años, Messi no; el Portugal de Cristiano Ronaldo no sacó boleto, la Argentina de Leo sí. Con el brasileño y el portugués fuera de combate, Messi podría reivindicarse en China como el mejor futbolista del planeta y volver con ello a disputar un Balón de Oro que parecía perdido… Eso sería bueno para el Barça.
A todos conviene que las selecciones tengan prioridad sobre los clubes. El interminable pleito entre ambos ha de resolverse con la contratación de un seguro que proteja a los equipos en caso de lesión y sanseacabó.
¿Cannavaro valía tanto antes del Mundial? Es fácil ponerse del lado de los clubes, que van de víctimas sin recordar que las federaciones no ven un quinto por los millonarios traspasos de futbolistas que en gran parte alcanzan su cotización vistiendo los colores de su país. ¿O alguien conocía a Arshavin antes de la Eurocopa?