Expropiar una parte de la calle que es del dominio público no es una tarea fácil, y se trata de una obra faraónica cuando es de un dominio ajeno incluso para tu propia patria, y no hablemos de expropiar tu vida cuando sabes que ni siquiera te pertenece; ni tu vida ni tu destino.

Ganador del LXXVIII Rincón Sapiens

Por: Guillermo R. Escutia.

Es común que en algunas zonas del mundo todo sea tan incierto, que es como si el destino fuera una ruleta rusa, o que te lo jugaras a la barajas con el diablo en una partida de cartas por demás amañada para que siempre pierdas.

Las zonas más bravas del planeta también tiene dercho a sonreír y a soñar aunque regularmente no lo sepan hacer, pues la tristeza y el sufrimiento viven enconados en el ADN desde tiempos insospechados, aún en esas condiciones, las ilusiones se sobreponen ante cualquier adversidad pues muchas veces la inocencia tiene la furia para ser indiferente -sólo cuando es posible- ante la hostilidad más intensa de la estupidez colectiva.

En un pequeño barrio de alguna zona mortal; “el kamel”, “el iguana”, “el alacrán”, “el pájaro” y “el coyote” formaron su propio ejército, y le hacían frente al destino con la enorme gallardía que su niñez les permitía, porque solo conocían la crudeza por experiencia; su cañón era un balón, los gritos de emoción sus fusiles, el amor por la vida su trinchera. Ellos salían a diario a adueñarse de las calles y aceras, y las desbarataban con gritos y pelotazos soñando que eran: Zlatan, Messi, Neuer, Cristiano y hasta Zidane, y sin importar la hora, se reunían en un muro descuartizado por el pertrecho sanguinario de la aversión vestida de camuflaje.

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Inconscientemente habían formado un núcleo de paz en su entorno, y habían tenido la capacidad de crear un halo de luz en aquel muro repleto de sueños: eran un emoliente hasta para el corazón más duro. En una ciudad sin alma que tiene el llanto como una cualidad endémica; a esa cofradía la gente del barrio la bautizó como: “El batallón del muro blindado”.

El batallón había logrado expropiar el muro donde habían imaginado su portería y que en el plano de la realidad ya lucía destrozada a balazos. Se decía que ese muro formaba parte de una escuela que sucumbió a algunos obuses arrojados desde el cielo y que tan solo era el recuerdo de un sueño común que había sido inquebrantable hasta ahora, quizás lo había mantenido en pie la esperanza y la fuerza de esos niños.

Cada juego en el muro tenía una duración improbable, podía tardar horas, minutos e incluso segundos, todo a capricho del accionar de las detonaciones y de que tan “caliente” estuviera la zona.

El último juego en el muro ocurrió un miércoles común de un mes cualquiera, cuentan que se jugó un aguerrido partido que como siempre terminaba en penales, porque aún cuando hubiera sido una goleada o el marcador más cerrado, la primer regla era que el juego finalizaba empatado sin importar cuántos goles se habían metido, y al final tenía que decidirse bajo los tres postes imaginarios. En esas estaba el batallón cuando se escuchó un sonido horripilante: eran 2 aves negras que sobrevolaban a baja altura, los penales no se pospusieron porque ni siquiera dio tiempo a negociarlo, fue tan rápido todo que cuando las aves abrieron la boca exterminaron por completo muchos sueños de la manera más vil y cobarde que puede existir. El batallón completo quedó esparcido en su cancha haciendo frente a la hostilidad con un desbordado amor por la vida; sólo así se puede morir de pie.

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El barrio permaneció en un estado lúgubre por mucho tiempo, pero el batallón ha resurgido y aun cuando el muro permanece descuartizado, algunos han improvisado una obra de arte donde ahora se observan en esas ruinas las pinturas de un camello, una iguana, un pájaro, un alacrán y un coyote, llenos de color y esperanza, y permanecen estoicos a las perforaciones de las expansivas que se alojan entre el concreto.

Combatiente, extremista, atentado, bomba, mutilación, mina, hostilidad, tregua, mortero, militar, soledad, llanto…, son palabras y sentimientos tan comunes para un niño de esas zonas, que tras recibir un golpe tan brutal; la inocencia ya no puede ser indiferente, ahora algunos además de traer una pelota bajo el brazo necesitan empuñar un arma para sonreír, porque el odio forma un circulo vicioso que encuentra escape en la oscuridad de la venganza y en la infinita generación de violencia…

  • Sheffield Wednesday Addams

    Gran columna. Hacen falta más de estas.

  • José Diego Sare

    Excelente texto