Normalmente no escucho nada, siempre estoy atento a mis defensas y a lo que pueda hacer el contrario. Si este anota el silencio persiste, y no es sorpresa para mi, de cualquier forma no escucho nada. En estos años he aprendido a vivir con el estigma de ser aquel que mata la alegría del juego. Pero vamos, es una posición que asumí desde niño en los campos de tierra, y el hecho de no dejar pasar la bola es parte de la mística que envuelve a un deporte tan injusto algunas veces conmigo. El juego sigue y mis nervios me permiten mantenerme alerta. A pesar de ser el último baile, no escucho nada.

El Capi me dice que necesito estar concentrado, es el juego más importante del Atlético. Sé que los delanteros del Depor son muy buenos, y la estadística a la mejor ofensiva de la liga los avala. Mi punto a favor, el Negrito y el Hueso nos han convertido en la mejor defensa. Es un duelo de poder. “Vamos Pichón, sos grande y dejarás limpio el arco boludo” eso me dice el Hueso quien, a pesar de tener diez años fuera de Buenos Aires, no se le quita el acento. Tengo que hacer mi trabajo, pero me siento vacío, mi concentración no me deja escuchar los cánticos, y cada bola que paro no emite el mismo sonido que el de un gol anotado. A quién engaño, de cualquier forma desde mi arco no escucho nada. A veces quisiera saber que se sentiría anotar uno. Minuto 20 del primero y estamos empatados. Los brincos y banderas los veo, pero no escucho nada. Máxima concentración en esta primera mitad.

El Doctor ya me anotó de tiro libre, imposible haberlo parado, iba muy al ángulo. Por eso le compararon con aquellos que hacen el juramento de Hipócrates. Cada balón que toca lo hace con una precisión quirúrgica, y cada tristeza de su equipo la cura con uno de sus tiros libres. No por nada es de los mejores. El Negrito no saltó y se enfrascó en una pequeña discusión con el Hueso como consecuencia del reclamo de este último. No pasa nada, la final no ha acabado pero en la afición del Atleti ya se comienzan a denotar caras preocupantes. Sé que no escucho nada, pero a veces al voltear a ver a los aficionados parece que escucho todo. Aún así, algo me dice que hoy mi sentido auditivo podrá ser estrenado, no sé, es la magia que envuelve este deporte de olor a pasto. Esperemos que los dioses del balón me hagan justicia al menos una vez en mi carrera. Ya es el minuto 70. La esperanza es un bien renovable.

¡Gol del Capi! bárbaro tiro de fuera. Mi concentración sigue intacta y eso me impide escuchar la algarabía de la afición del Atlético. Solo aplaudo con mis viejos guantes blancos. Desde acá le doy crédito al Toro Valdivia pues, ese recorte a Salamanca fue brutal y el pase al Capi Aguilera se lo dio como con la mano. Le empatamos al Deportivo y ya solo quedan diez mas lo que se le ocurra agregar al que viste como la muerte. A pesar del uno a uno sigo concentrado y en silencio total. Quisiera escuchar la alegría de las gradas. Pregunto a López en la banda derecha y me dice que aguantemos cinco. No oigo nada.

“¡Caralho!” grita Juninho mientras se jala su playera roja como si la tratase de romper. Después de enfrentar a varios brasileños en mi profesión, esa palabra era más que común en mi cabeza. Caray, alcancé a reaccionar y desviar esa pelota después de que la trayectoria cambiara salvajemente al tocar la pierna del Hueso. “Carajo che, sos mi salvador” me decía el flaco argentino mientras me besaba la mejilla. Y bueno, sacar el balón en el minuto 89 creo que me hizo merecedor de ello. Veo al de negro alzar tres dedos. Esto es señal de que ya nos vamos, de que mis compañeros extenderán el suplicio en las piernas por otros treinta minutos. Sé que no van a aguantar, incluso a Valdivia, el de los mil pulmones, ya lo veo muy cansado. Atlético uno, Deportivo uno. Los equipos más populares del país en una final inédita, un partido que nunca en mi carrera me había tocado ser participe, y que había elegido como el último bajo los tres palos. Es justo, mi familia merece más tiempo conmigo, y yo ya he gozado mucho en estos años. Desde aquel Pichón de fuerzas básicas con ilusión, a este portero de contados reflejos pero con corazón, era necesario el retiro. Tiempo de dejar el egoísmo deportivo a un lado.

Lo he vivido todo, pero solo quiero escuchar a los que llenan las gradas. Esta concentración me ha mantenido fuerte por años, pero no me ha dejado oír la alegría de los estadios. Bendita o maldita posición, pero al final yo estoy para evitar los goles. Es el minuto 92 y un disparo del Capi ha sido desviado a tiro de esquina. Solo quiero escuchar, solo eso.

El profe me ve, me dice que me espere. Algo vio en mi rostro que por fin sucumbió a la expresión de mi gesto y con su lenguaje corporal movió su brazo señalándome la portería contraria. Corro con todo hacia el área chica del Deportivo. He de confesar que en mi larga carrera nunca había estado en el área rival. Y de pronto parece que esta sordera con la que viví durante 15 años empieza a desaparecer. Lo que es el destino, Juninho me marca y se pone atento al cobro del Toro. El de negro ya tiene el silbato en la boca, y en esta jugada se define si habrá campeón o si aumentaremos la probabilidad de un eventual calambre en las piernas de los que corren más que yo. Empiezo a escuchar algo.

Salto más rápido que el brasileño goleador y le pego al balón con la cabeza ¿Qué es esto? Un ruido monumental comienza y después de levantarme solo veo una avalancha de playeras rayadas azules que se me enciman y abrazan. El balón está en la portería ¡he marcado un gol, el gol del campeonato! Oí por fin lo que tanto privé al delantero ajeno, y lo que el de mi equipo hacía juego tras juego. El juez pitó, ni me dio tiempo de regresar a mi portería para despedirme de ella. No importaba, había terminado con la sordera. “Olé, olé , olé, Pichón, Pichón” eran las palabras que podía apreciar en el estadio. Ganamos la final, me retiro con un campeonato, y después de tantos años por primera vez anoté y no atajé un balón. Los dioses del fútbol tardaron pero fueron justos. Por fin pude escucharlo.

Twitter: @balon_rojo

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  • Rojoface

    Siempre he pensado que la posición más injusta en el futbol, es la de portero. Si a uno como jugador de cancha le emociona anotar un gol, no imagino lo que debe ser para un arquero.

    • mikepoblanito

      Es injusta también por que si atajas, pues todo bien, es tu trabajo después de todo…si te anotan, no importa si fue tu culpa o la del defensa, tu como portero eres el villano y punto.

  • Charly

    Buenisima columna… te adentra con esa narración a ese sentimiento de ser el villano de la cancha, pero que de vez en cuando, como dice la columna, los dioses del futbol recompensan escoger tan incomprensible posición. Yo como portero disfrute la columna.

  • LEONARDO

    por que ponen este tipo d publicaciones, creo que deverian poner mas noticias de futbol como las estupideces de barak de sus premoniciones o no se como se llaman

    • Dr mono

      Bueno hijo, NADA TE PARECE!!