Al ver que el épico remate de Moisés Muñoz terminaba en las redes, Gerardo Torrado y Mariano Pavone se llevaron las manos al rostro, en tanto Jair Pereira agachaba la cabeza. El gesto bien puede atribuirse a la incredulidad del episodio cardiaco que se vivía, sin embargo también puede extenderse al síntoma del derrotismo expresivo brindado por los cruzazulinos cuando se da el silbatazo final del tiempo reglamentario.

Mientras que el Piojo Herrera lucía endemoniado, poseído por la locura de la pasión, y animaba a los suyos, las cámaras de televisión enfocaron a un Guillermo Vázquez derrumbado, mudo frente a las circunstancias. En el comienzo de la prórroga solamente uno de los celestes se resistió a claudicar en sus aspiraciones, Jesús Corona. Sus facciones eran de enojo, de coraje, con la mirada y uno que otro grito en tono de «esto todavía no se acaba, carajo». Mientras tanto, el resto de sus compañeros mostraba lo contrario.

Llegada la instancia de los penales, los elementos americanistas, guiados por su director técnico, se alentaban, se abrazaban. En contraste, los rivales de Azul exhibían resignación, confusión. Las imágenes televisivas mostraron a un Gerardo Torrado discutiendo incluso con Memo Vázquez y José Luis Salgado instantes antes de la tanda. La sincronía de ambición americanista era sumamente opuesta al nerviosismo catastrofista de la Máquina. De hecho, en su narración, Enrique Bermúdez hizo hincapié en la desangelada manera celeste de afrontar su destino, en una unión inexistente.

Definida la final con la ejecución de Miguel Layún, los amarillos celebraron a lo grande y los azules terminaron por lapidarse dejándose caer sobre el césped o derramando lágrimas. Ninguno de los vencidos podía alzar la cara. Fue hasta que se llevó a cabo la ceremonia de premiación cuando uno se atrevió, Luis Amaranto Perea. Cargando a cuestas el dolor de la caída, el colombiano abogó por el temple y la entereza para ir a felicitar a los campeones, a uno por uno de los americanistas.

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Sí, había caído con los suyos, pero eso no le impidió ejecutar una acción que enaltece su presencia en un equipo convertido en un cementerio. Tenía tiempo para sufrir, para reponerse del golpe anímico, no obstante apeló al impulso del vencido que se niega a morir sin ponérsele de frente al adversario para reconocerle la batalla disputada.

Debutante en el peregrinar sombrío que persigue a Cruz Azul, los subcampeonatos, Perea se encargó de mandar un mensaje cargado de carácter a sus compañeros, a los que dan por comprada la condena del fracaso. El colombiano se desistió a apagarse, y en cambio eligió encarar al enemigo, felicitarlo por la gesta en la que fue partícipe.