Para aprovechar sus días de vacaciones, un amigo mío anduvo por el defeño para visitar tanto a su familia como a los cuates. Fiel aficionados a Tigres (herencia de su padre) andaba que no lo calentaba el sol ni lo llenaba el espíritu navideño; el título Rayado lo deprimió.

Al compás de la copa y cigarro, dimos rienda suelta para hablar de futbol. Por más que intentamos persuadirlo con otros temas, él se aferró a la crisis felina. Entre gritos y manotazos expresó su malestar y tristeza por la situación que vive el equipo de sus amores.

No da crédito a que un equipo con una de las mejores aficiones y amplia cartera transite por la calle de la amargura. “No se vale, lo que nos hacen no se vale. No sé qué debamos o tengamos que hacer para que entiendan que en el futbol también se puede y debe ganar”, nos dijo.

Argumentaba que por más técnicos de buen calibre que han llegado al club (Gallego, Pekerman, Carrillo, Lapuente) el equipo se identifica con la mediocridad. Ya en la desesperación, creyó que la mala suerte no se debe ni a la cartera ni a los jugadores, sino al estadio. “Está maldita esa cancha. No puede ser que nadie la pueda armar. Alguna maldición tiene”. Finalmente, propuso que se le haga una limpia, una misa o un ritual que consista en alejar el mal karma del Volcán. Claro, esto lo sugirió ya con unas copitas de más.

Ustedes, ¿a qué le asignan el mal desempeño de Tigres cada torneo?

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