La experiencia es la madre de las emociones. Les da a luz y las controla a placer.

La Real Sociedad es un equipo exquisito técnica y tácticamente, pero en estos tiempos abunda más en ellos el ansia e ímpetu. Esa hambre por sobresalir fue suficiente para tumbar a un Lyon que vive actualmente más del pasado que del presente. Hoy no. Menos ante un viejo perro colmilludo.

Arrasate no cambió nada. Los jugadores no cambiaron nada. Íñigo Martínez y Míkel González se mantuvieron como torres de control. Della Bella siguió subiendo y bajando más rápido que el dólar. Prieto y Pardo se volvieron a esmerar en ser los hemisferios del cerebro vasco, insistentes, diferentes y ambiciosos. Bergara aguerrido como siempre y Seferovic se cansó de bajar y proteger a la gordita. Griezmann, incisivo, escurridizo y perseverante. Y nuestro Vela, en el que depositamos nuestras esperanzas mundialistas, volvió a ser el jugador más peligroso de los Txuri-Urdin.

Sin embargo, enfrente estuvo el invitado incómodo de cada año. A nadie le importa lo que haga el Shakhtar, excepto en Ucrania. Pocos pensarán que esta piedrita en el zapato únicamente ha faltado a dos de las últimas diez Champions League. Y que en los últimos tres años, se ha colado a cuartos de final dos veces. Su constancia viene del movimiento y, sobre todo, del reciclaje. Nery Castillo ha sido una de las pocas apuestas del Shakhtar que no han funcionado ya que, generalmente, donde pone el ojo, prepara el bolsillo. El Shakhtar elige minusciosamente a sus refuerzos, casi todos procedentes de Brasil, para comprarlos por una ganga, exprimirles hasta la última gota y luego venderlos por millones.

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Mircea Lucescu demostró hoy que el Shakhtar, como el Dortmund, no llora sus pérdidas. Simplemente las supera y con inteligencia. Se fueron Mkhitaryan y Fernandinho. Pero qué importa, Lucescu baja a Alex Teixeira, compra a Fernando, y todavía se da el lujo de dejar a Bernard en la banca. Y, de paso, se embolsan 67 millones.

Su planeación es entendible y admirable cuando se ve la alineación. El Shakhtar juega con un doble pivote, como está de moda actualmente, con nacionalidades divididas; el derecho es el brasileño Fernando y el izquierdo es el checo Hübschman. Desde ese punto hacia arriba, todos son brasileños. Desde ese punto hacia abajo, cuatro ucranianos y un croata. Una muralla firme, tosca y segura que asesina con un contragolpe dinámico, eficaz y rápido.

Durante la primera mitad, la Real intentó por la derecha, izquierda, centro, arriba y abajo. No pudo. Por cada diez ataques donostiarras, los de Donetsk respondía con dos. Y esos dos dejaban un sabor a miedo mayor que el de los locales. En el segundo tiempo más de lo mismo. La Real puso las ganas y los gritos; el Shakhtar la experiencia y los goles. Claudio Bravo fue un espectador más y sus intervenciones más significativas fueron cuando tuvo que ir por la pelota en el fondo de la red. Así es el fútbol, de goles y no de méritos. La Real Sociedad calló hoy ante una verdadera sociedad.