La primera regla del club de la pelea es que no se habla del club de la pelea: Y haciendo un buen inventario de lo que recuerdo, absolutamente nadie hablaba de nosotros. Tal vez ayudó a cumplir la regla que la mitad estábamos repartidos por medio mundo gracias a esa puta dictadura. Yo en Londres, con mis amigos de la ETA, cantaba para George Harrison los sábados, mientras que los domingos me dedicaba a acumular horas de tristeza y desesperación. ¿Vaya vida envidiable, no?

Aunque a veces tenía mis momentos de alegría, como cuando un sabio de Hortaleza nos demostró a todos los que preferíamos colchones a merengues que soñar era posible, que algún día las manos del soldado, del labrador y del albañil pueden ser más que las manos del alcalde y el cacique. Los pies de los sabios podían combatirle a los pies de los tiranos. Pero en la tiranía, nadie habla de la Calle Melancolía.

La Segunda regla del club de la pelea es que NO SE HABLA DEL CLUB DE LA PELEA: La melancolía era mi opio, y uno muy bueno, tanto que en cuanto me dejaron regresar, siempre iba allá donde se cruzan los caminos, ya saben, donde los pájaros visitan al psiquiatra. A ese gran centro de la depresión que se hacía llamar “Vicente Calderón”. Ahí muchos hombres nos abrazábamos, contábamos nuestras penas e insultábamos a cuanto blanco apareciera, conocí a un tal Roberto, él tenía tetas, más grandes que las de Inés, si se me permite decir tal barbaridad, parecían un tobogán de pingüinos esas cosas.

Si cuando el Abuelo escribía historias épicas de gloria y poderío nadie daba un duro por nosotros, cuando llegaron las vacas flacas, nadie le ladraba a la plebeya de Manzanares. Estábamos peor que un poeta en el aeropuerto, desolados y abandonados a nuestra propia suerte, ni José Alfredo nos componía, ni Chavela nos lloraba. Esas amarguras sí eran amargas. Los de Kiev nos ganaban, los vascos se reían de nosotros, los catalanes nos hacían menos… Los blancos nos robaban la ciudad cada mes de Abril. Y callados teníamos que obedecer las primeras dos reglas.

La tercera regla del club de la pelea es que la pelea termina cuando uno de los contendientes grita «alto», pierde la vertical o hace una señal: Esto fue justo lo que nos hizo ir para adelante, el no dar tregua a nada más que la rendición, nuestras fieras batallas hacían temer a los canarios escurridizos y a los merengues prepotentes. Hacían señales al banquillo para pedir cambios, algunos ya no podía mantenerse en pie, los menos rogaban por piedad. Hasta mi primo Nano vio cómo su fiesta subiendo la cuesta se convertía en una ruina de gente de cien mil raleas.

Nuestra fiesta enorme pronto acabó y nosotros seguimos peleando en nuestro club, pero ahora las peleas eran internas ¿Alguna vez un colchonero aguantó a otro? Sin un whiskey, seguro que no. De repente jugábamos a no perder, y nos hacíamos trampas para no ganar, cómo locos por naufragar encontramos la manera de echar a perder nuestros mejores años. Pero nadie perdía la vertical ni pedía clemencia, éramos medio idiotas.

Un año nos levantamos con el pie contrario, muchas derrotas en el semanario. Nuestro coro de pringados retumbaba en toda España “No sólo sin copa, sino descendidos”. Al final no pudimos soportar tal miseria, pero cuando quisimos parar la pelea, ya era muy tarde, este club de la lucha estaba deshecho… tomo mi bombín, que alguien mas continúe

La cuarta regla del club de la pelea es sólo dos años por descenso: Desde que llegué a Madrid supe que nunca iba a ser de los blancos, esos que tienen su vida atorada y buscan que unos muebles definan su propia personalidad. Yo estaba del lado de los marginados, de los que buscaban salir de todo ese pasmo, de los que vendían jabones para vivir, de los que sabían la verdad, nunca seríamos millonarios ni estrellas de rock. Yo era de colchones, no de merengues. Yo soy así y así seguiré, nunca cambiaré, a pesar de que nos aventamos dos años de purgatorio.

La medida desesperada fue traer desde lo más profundo de su escondite al genio de Manzanares, frotamos la lámpara mágica y vino a mostrarnos el camino, las campanas volvieron a sonar en los corazones colchoneros, nadie podría cambiarnos jamás de los colores rojiblancos que aprendimos amar, ni esa pequeña edad de hielo fue suficiente para alejarnos de lo que nos hacía vivir.

La quinta regla del club de la pelea es sólo una pelea a la vez. Un millón de cicatrices después volvimos, pero bueno ¿Qué sentido tiene buscar la perfección cuando sabemos que es una efímera ilusión? Los que lideraban el club impusieron una regla de jugar partido a partido, pelea a pelea, no ilusionarse de más. Los momentos gloriosos de dobletes y finales europeas eran fotos en blanco y negro.

La vida del colchonero estaba destrozada, no podíamos dormir por el insomnio que causan los fracasos, ni copas, ni ligas tocaron nuestra vitrina, necesitábamos un cambio milagroso. Y entonces regresó aquel hombre con pinta de vendedor de jabones, nos pidió que golpeáramos con todas nuestras fuerzas, que de nuevo metiéramos ese corazón que se vio en el doblete. Bajo el cobijo de sus cojones enormes, poco a poco nos fuimos volviendo más poderosos. Regresábamos a ser amigos, estar unidos, vivíamos sin miedo y en libertad. Luego se fue el argentino inspirador, nos dejó un vasco y una promesa de regresar cuanto antes.

Un día toqué en el Calderón junto a la mejor banda española de todos los tiempos, y el espíritu de cada aficionado me hizo sonreír, Neptuno vería a sus hijos regresar con una copa entre las manos… hicimos eso y cantamos como locos.

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La sexta regla del club de la pelea es que se pelea sin camisa y sin zapatos: Las guarras vienen a mí por centenares, cada una me limpia el sable y se traga el requesón cómo si no hubiera un cojonudo mañana. Luego escuchamos las canciones de Dios (El Fary, hombre, que El Fary es Dios, hijos de puta), esperando que la mierda merengona de la calle se vaya cuanto antes, ¿Qué cómo es posible irle a un equipo de mierda como ese, coño?

El Vicente Calderón es donde voy a misa todos los domingos, ahí me olvido de los putos negros, los putos moros, los putos merengues y los putos chinos, para terminar con unos chupitos donde Antonio. A pesar de que teníamos temporadas como el culo de un mandril, seguíamos allí, cantando “Que viva mi atleti” y otra bola de glorias como esas.

Luego ganamos Europa y nos volvimos un poco más populares, ahora todos los gilipollas y pringados querían ser parte de este amor incontrolable. Primero que aprendan a hacerse unas pajillas y luego que vengan a ser del Aleti, seguro todos eran negros de mierda o maricones, putos maricones de los cojones que querían su camiseta de Forlán.

Ser del Aleti es dejar la camisa y los zapatos con tal de estar cerca del equipo, es follarse a las guarras, es escupirle a la cara a los negros, es estar en un bar a las cinco puñeteras de la mañana escuchando El Fary (Dios, que el Fary es Dios), mientras hablas mal de los gilipollas merengues. Es pelear cada día de la existencia por el ideal más sagrado. ¿Qué por qué somos del Aleti? Chaval inútil, ¡que por que son la hostia! Y cuando llegó el Maldito Simeone de los cojones, todo colchonero del mundo recordó lo que es follar. ¡Grande, Cholo! Que casi eres como el Fary.

La séptima regla del club de la pelea es que cada pelea dura lo que tiene que durar: ¿Qué tanto puedes saber de ti mismo si nunca has estado en un campo? Ahí es donde los hombres en verdad muestran quienes son, los engreídos que no la pasan triunfan en la vida, pero aquí no. Los timoratos que se alejan siempre del balón y quieren estar lejos de la jugada, igual que en la vida, son miserables en la cancha.
Si nunca pegaste un pique de cuarenta metros para cerrar al delantero rival, si nunca jugaste un partido con sangre en alguna parte de tu cuerpo, si nunca te barriste tres metros, no puedes ser un digno miembro del club de la pelea. Aquí sólo vienen los que quieren pelear, los que no se dejan nada en la cancha, los nacidos con huevos como casas.

Vivíamos de pelear y luchar, de enfrentarnos día con día a la miseria y al desprecio, hasta que construí un plan infalible, convertí a un grupo de niñas en auténticos peleadores. Tuvimos que pelear aleatoriamente con desconocidos, tuve que amenazarlos de muerte (despido) para que vivieran cada partido como el último de sus vidas. Y al final nuestro ímpetu por salir de la rutina fue tan grande que doblegamos a leones de Bilbao. Nuestras épicas peleas eran el temor de todo el mundo, pero aún teníamos que extirpar un puto miedo al blanco que nos frenaba.

Y así lo logramos, en base a golpes, sudor, esfuerzo y agobio, no les dimos un solo espacio para respirar a los merengues, cada vez que intentaban golpear, un reflejo rápido nuestro los ponía en el suelo, por cada golpe que nos conectaban los blancos, nosotros hacíamos el doble, y sudando sangre logramos que el Rey fuera nuestro súbdito, el blanco se tiñó con nuestra sangre roja tras catorce años de humillaciones… Pero faltaba lo mejor.

Un amigo se adelantó en el camino, Luis nos ganó en la carrera hacia la muerte, por una vez tratamos de tener identidad, ahora no sólo éramos miembros del club de la pelea, ahora todos éramos Luis Aragonés, y con ese espíritu le peleamos al equipo del futbol marica y aburrido, sus clavados y sus mesías sin piernas no fueron rivales para nuestras luchas, su fantasmita falló, su motor se apagó, y nuestro poderío, nuestra lucha prevaleció por sobre su apatía.

Las peleas duran lo que tienen que durar, y decidimos alargar la pelea por la Liga hasta lo último, fuimos tan crueles que ilusionamos a blaugranas y merengues, sólo para al final salirnos con la nuestra. Sangre, huevos y futbol, se cocina durante 38 fechas, se condimenta con unas cuantas pizcas de genio táctico y sale del horno una Liga completamente colchonera.

Siempre pensamos que necesitábamos a alguien que nos sacara de nuestro propio pasmo, de nuestra propia mediocridad y miseria, que era imposible ser felices sin la ayuda de un vendedor de ilusiones, al final nos dimos cuenta que todo siempre estuvo en nosotros, las peleas, la pasión, el liderazgo, la garra, todo siempre estuvo dentro del Atlético de Madrid, yo llegué sólo a recordarlo.
La pelea más grande de este club se acerca, y nadie jamás ha peleado con tanta entrega, desdén, ira, potencia, dedicación. Algo queda claro, somos los mejores peleadores.

La octava y última regla del club de la pelea: Si quieres salir campeón contra el club de la pelea… VAS A TENER QUE PELEAR.

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