La imagen sigue vívida y brillante en mi memoria, se dibuja una leve sonrisa en mis delgados labios, casi imperceptible a los ojos de quienes más me conocen, pero yo sé que esa sonrisa implica el principio de mi amor por el futbol.

Recuerdo que lo vi portar esa emblemática camiseta azul por primera vez a finales de septiembre, ya hace muchos años. Un par de recortes, unos dribles precisos, un centro que casi termina en gol, un golazo de media distancia y ese hombre diez años mayor que yo trastornó mis sentidos, había encontrado un ídolo, había encontrado finalmente una pasión, una devoción. No me malinterpreten, por favor, los deportes ya me llamaban la atención, ya tenía mi equipo de fut, el de Europa, el de básquet, el de americano y hasta uno de béisbol, pero no sentía plenamente ningún color, sólo respondía en automático “Le voy a x” cuando la pregunta era soltada en el recreo. Pero hasta que lo vi, cuando viví a ese sobrehumano deportista me di cuenta del significado de “Irle a un equipo” Lo fui a ver al estadio varias veces y la primera humilló al equipo rojo con una bolea monumental, el primer gol de mi equipo en vivo en un estadio, y jamás lo olvidaré. Él no era humano, él iba más allá.

Pasaron los años, y ese “Hombre Lobo” demostraba cada semana que no era humano, sus aptitudes destacaban por encima de sus mediocres amigos incapaces de coordinar la zurda con la diestra como Dios manda. Al menos hasta ese año, cuando yo cumplí catorce y él veinticuatro, cuando el equipo lucía invencible, cuando todo estaba a nuestro favor, en ese mes de Mayo ganábamos hasta cuando no era necesario, y llegamos a la antesala del campeonato, enfrente estaban los petulantes vecinos, su estrella antiestética, su goleador quemado y ese puto argentino que se volvió un dolor de cabeza más temprano que tarde. Aún así, plantamos cara, ÉL plantó la cara… pero pronto se derrumbó junto a todo el equipo, sus pases se veían erráticos, sus carreras sin sentido, sus disparos insípidos y su rostro, desencajado, contrario a esa infinita confianza que demostraba siempre. Nos ganaron por dos en su casa, pero faltaba la vuelta, en nuestro estadio, con nuestra gente y nos haríamos respetar. Él volvería a ser más que humano, y yo sonreiría con más sinceridad que nunca.

Llegó el gran día, un Domingo que también recuerdo bien, y el sólo pensar en eso me llenó de rabia por años. Sólo eran necesarios dos goles, ¡Que la pelota entrara en la portería dos míseras veces en noventa minutos y estaríamos del otro lado! Y comenzó a rodar, todos corrían pero mis ojos lo buscaban siempre a él, al mago que nos sacaría de este problema, a la estrella, a mí Mesías personal. Mis ojos lo encontraron y la pelota también. Recibió perfecto y mandó a volar momentáneamente los fantasmas de una institución, recuerdo como me quité mi playerita y la azoté contra la cama de mis padres, gritando “¿Ven? La vez pasada falló pero ahora será el héroe, va a ser el héroe, es un grande, ¡es el mejor!” lo dije y fui feliz diez minutos, sólo esperando otro gol, alguna escapada, un truquito, un disparo potente que apagara de una vez todos los malestares del equipo, cimentados con algo más poderoso que el cemento.

Pero a los pocos minutos nuestro imbécil arquero firmó su sentencia de muerte en mis recuerdos gratos, accedió a la sala del odio y el rencor en mi cabeza con esa pésima salida. Muchos dicen que es un grande del equipo y que representa muchos valores buenos y bla bla bla, yo sólo sé que lo detesto y que está sobrevaluado por una afición urgida de figuras desde hace quince y más años.

Así se acabó mi sueño, antes del medio tiempo ya estábamos 4 goles abajo y mi héroe sucumbió ante el peso de una maldición, regresó a ser mortal y yo no lo podía creer, hasta que lo sentí en mi pecho algo había muerto, y era el heroísmo de mi siempre adorado crack.

Salí de mi casa y lloré como nunca, me lamentaba de todas las equivocaciones de los idiotas que no podían anotar un gol, de los resbalones, de las patadas del rival, de la reciente muerte de mi abuela a la que no lloré para ser el soporte de mi madre. Todo salió y me derritió el alma, todo el odio, el dolor, el rencor se convirtió en un solo movimiento: me quité la camisa y la aventé por encima de mi cabeza, la aventé con una rabia que sólo experimenté de nuevo cuando vi a otro tipo besar a la mujer de mi vida. La lancé lejos, me quemaba y la vi, le lloré, le grité le reclame a esa maldita camisa, a ese maldito portero malo y sobre todo a ese maldito jugador que me hizo creer que era sobrehumano y no pudo resolver el crucigrama de la vida, inclemente, sorpresivo y siempre cruel, simplificado en un partido de futbol.

Lee también   Blasfemia argentina

Aún recuerdo las palabras de mi padre cuando me acosté derrotado y resignado a ver un segundo tiempo sin sorpresa, ya con la camisa de nuevo puesta. “Hijo, sé que duele, pero sólo es un deporte, el más bello y el más irracional, pero un jueguito de once contra once, y aunque nos cueste creerlo, son humanos, después de todo”

Esas palabras me llegaron al alma, besé el escudo multicolor de mi playera blanca, ya no tuve emoción, hasta mi mamá que no sabe de futbol se emocionó y gritó más. Yo no, ya había perdonado al equipo y a mi héroe, pero algo en mí seguía caído, y era esa ilusión infantil de que un superhéroe te salvaría la vida, el día, o el partido de futbol, me había separado de los milagros, por primera vez veía el mundo con ojos de adulto. Esos ojos que día a día son héroes, sin esperar un acto sobrehumano que los salve, como debe ser, humanos después de todo.

Volviendo a mi súper jugador, pues se marchó sin llegar siquiera a una final, pero como un grande en mi corazón, como mi héroe personal. Miraba sus partidos en Europa con una rigurosidad cabal, ni su madre lo seguía tan de cerca. Me irritaba cuando lo banqueaban, aplaudía cuando lo metían, rabiaba cuando lo sacaban e insultaba cuando le cometían falta. Mi equipo siguió en mi corazón, yo continuaba sufriendo, pero nunca tanto como ese día de Mayo. Comenzó a perder finales y luego ni siquiera a llegar a ellas y jamás me emocioné tanto como con ese gol en las semifinales. Me acostumbre a que mi equipo se diluyera y dejé de ir al estadio, deje de apasionarme tanto y de checar los resultados cada semana. Hasta que regresó él, mi Héroe, a demostrar que aún le quedaba algo en el tanque de alegrías. Y nos dio el primer campeonato que presencié de mi equipo.

Recuerdo el nerviosismo en el estadio, a 12 minutos del final todo se veía perdido, la misma historia de siempre, de la nada un Cañonazo certero de algún delantero argentino, empatamos, esto se pone interesante. Al minuto noventa volteé a ver a mi ídolo y supe que ganaríamos. Una jugada grandiosa por la banda, centro preciso, calcula mí héroe contacto machucado de volea y al poste… adentro… el mejor autogol que jamás vi. Levantamos la copa y ahora sí lloré de la emoción, me quité la camisa, brinqué sobre la grada del estadio donde vi las proezas del hombre lobo, abracé a muchos desconocidos le agradecí al cielo y sobre todo, le agradecí a él, por esa jugada en la que se puso la soga norteña en su cuello argentino, pero se ganó de nuevo el cariño de todos nosotros, en su cara había un dejo de satisfacción una ligera sonrisa mal disfrazada que indicaba haber cumplido su misión mientras recibía su medalla plateada, y hasta el día de hoy, dudo que algún aficionado de la sangre azul, roja o amarilla, no lo respete por esa proeza. ¿Humano? ¿Después de todo? Yo no lo creo.

Los años pasaron para él y para mí, regresó al equipo de mis amores y de los suyos para jugar dos años y retirarse, alcanzó a levantar otra copita, la primera como capitán, la tan ansiada décima en nuestro escudo. Se liberó al fin de su cruz y volteó a ver el cielo azul.

Ahora yo tengo veintisiete y él treintaisiete. A él le toca retirarse y a mí comenzar mi carrera como reportero de un afamado canal de noticias. Me encuentro en la sala de prensa donde con lágrimas en los ojos se despide para siempre de la afición que más lo arropó como su “César”, habla entrecortado y yo le preguntó por que llora tanto, él sólo responde “Ché, ¿pues qué querés? Yo también tengo sentimientos, yo también soy humano” y me entran ganas de llorar y abrazar a mi ídolo.

Humano, condenado por naturaleza a ser falible. Humano, bendecido por el hecho de poder mejorar y ser un héroe cada día. Humano, después de todo.