Si alguien nos hubiera preguntado hace 20 años cómo visualizaríamos a los japoneses en el futbol para el siglo XXI quizá hubiéramos respondido «sumamente tecnológicos». No andábamos tan perdidos, pues en materia de infraestructura deportiva demostraron que se pintan solos con la tecnología y quedó claro cuando compartieron sede mundialista con Corea en 2002.

De igual forma comenzaron a hacerse presentes y latentes a nivel cancha. Tanto en torneos continentales como en Copas del Mundo, Japón ha exhibido un futbol que evoluciona paulatinamente y muestra de ello fue su participación en Sudáfrica, donde se coló hasta octavos de final con un nivel de juego atractivo y ordenado. Producto de una disciplina que les caracteriza, así como del potencial nato de sus futbolistas, Japón figura en el mapa del balón sin necesidad de jugadores robóticos. Las pinceladas del tiempo, desde Nakata a Honda, perduran y siguen intactas en sus condiciones auténticas.

Una vez que los japoneses se han consolidado a nivel de campo, optan por complementar esa parte con las tribunas. Bajo una premisa fundamental, línea directriz de lo que es el despertar y alimentar la pasión que se vive en el futbol a través de los aficionados, Japón quiere júbilo sin violencia en los estadios. Por su parte, aficionados y clubes han trabajado en conjunto para generar propuestas armoniosas que no dañen a nadie.

Con la imitación del foclore de cánticos y porras de barras sudamericanas, los japoneses moldearon a su manera lo que se vive en estadios argentinos, uruguayos y brasileños. De igual forma apelaron a sus propia cultura para que con base en el manga, budismo zen y bunraku (teatro de marionetas) se generara una singular manera de apasionarse en las tribunas con porras de su manufactura.

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Sin bengalas ni cohetes, Japón ahora busca expandir su pasión futbolera en las tribunas de otras latitudes. Por un lado desean sumergirse todavía más en este deporte. Por otro buscan difundir el futbol libre de violencia en los estadios.