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[Canción para acompañar: «Going up the country» – Canned Heat]

«La riqueza consiste mucho más en el disfrute que en la posesión».- Aristóteles

«La belleza no está en las cosas, sino en los ojos del que las mira».- Anónimo

– ¿Fútbol? A ver si le escuché bien joven. Usted me dijo ‘fútbol’, ¿verdad? ¿Viajó miles de kilómetros y vino a nuestra pobre tierra para ver ‘fútbol’? ¿Pero usted está loco?
– Pues algunos de mis amigos me han llamado así varias veces, pero no, esta vez vengo en mis cinco sentidos señor.
– Pero… ¿Nicaragua? ¿Por qué? Si el fútbol no existe acá.
– Yo no pienso lo mismo señor. Yo busco otro tipo de fútbol.
– Le deseo suerte entonces porque aquí las únicas bolas que va a encontrar son pequeñas y se batean.

El ánimo no era el mejor. Habían transcurrido doce horas de estar transbordando en los famosos Chicken-buses, sorteando fronteras y perdiendo valiosos dólares por mi novatez. Viajar por Centroamérica es barato pero se requiere de tolerancia y paciencia. Mucha paciencia. Me estafaron con 20 dólares en el paso de El Amatillo, El Salvador, por lo que prometí no volver a caer en las trampas de los tricicleros fronterizos cuando cruzara, unas horas más tarde, de Honduras a Nicaragua. «Jefe, yo lo llevo, le hago el papeleo… por favor, deme trabajo, tengo una familia», replicó otro triciclero en Guasaule, punto de entrada a Nicaragua viniendo desde tierras catrachas. Volví a caer. Y peor. El desgraciado me bajó 30 dólares esta vez. Sin duda alguna el ser humano es el único animal que tropieza con la misma piedra dos veces.

Cuando llegué a la ciudad de León, cuna de los Sandinistas, el panorama distaba de ser idóneo. El calor era abrumador y no había rastro alguno de fútbol a la vista o al oído de los comentarios emitidos por la gente local. Dos días después, el matiz no cambiaba: «Aquí no hay fútbol. Váyase a Estelí, ahí hay un equipo de fútbol (Real Estelí), muy malo, pero es lo único que tenemos». Los días pasaban y seguía sin encontrar a alguien pateando un balón, mucho menos podía hacerlo yo. Así que, entrando en resignación, me dispuse a investigar el porqué no había fútbol en Nicaragua (*1). La culpa, como en muchas otras cosas de la vida, la volvían a tener los «pinches» gringos.

A finales del siglo XIX, Nicaragua llevaba casi treinta años de poder conservador. Los liberales, encabezados por el general José Santos Zelaya, derrocaron al presidente Roberto Sacasa y Sarria y se instalaron en el poder promulgando una nueva constitución que contenía estatutos como educación básica obligatoria, despenalización del aborto y declaración laica del estado. En primera instancia, pareciera que no es nada del otro mundo, sin embargo, olvidamos el pequeño detalle de que era el inicio del siglo XX. ¡Locura total!

A los americanos no les pareció nada agradable el ‘jueguito liberal’ y, en acuerdo con el lado conservador de Nicaragua, decidieron meter su cuchara en otra sopa latinoamericana. Sus intervenciones constantes tendrían éxito y terminarían instalando un presidente, de su propia elección, nuevamente en el poder. La respuesta a este hecho fue fuerte y activa, dando origen al movimiento sandinista encabezado por el General Augusto César Sandino. La alargada lucha entre el gobierno y la resistencia, hizo que Estados Unidos tuviera una presencia militar constante y numerosa en Nicaragua, hecho que desencadenó en la pobreza futbolística actual de este país. ¿Cómo? Simple. En su tiempo libre, el soldado norteamericano llevaba una vida normal, que usualmente involucra algún tipo de deporte como pasatiempo. Lamentablemente, ese deporte era el beisbol. De ahí en adelante, el nicaragüense sólo veía, jugaba, escuchaba y hablaba de beisbol en las calles, como lo hace hasta el día de hoy.

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Bien dicen por ahí que lo mejor viene cuando menos te lo esperas, y así llegó el fútbol nicaragüense a mis ojos y pies. Sin haber encontrado fútbol en la semana, me tomé el domingo para recorrer la ciudad disfrazado de turista, tomando fotos y visitando iglesias. Por experiencias previas, siempre suelo salir a turistear con tenis de fútbol y un short debajo del pantalón largo por eso de que uno nunca sabe lo que puede encontrar en el camino. Mientras me acercaba a una iglesia roja imponente en la periferia del centro de León, logré ver, detrás de una pared bastante destartalada, siluetas moviéndose en torno a un balón de fútbol. ¡Bingo! (*2)

Era una cancha abandonada, en paupérrimas condiciones, con dos porterías de uruguayito, de madera, construídas rústicamente. Los chicos, algunos de mi edad, otros más pequeños, jugaban con una pelota desinflada. «¿Puedo jugar?», exclamé. «Claro, sólo espera que saquen a este equipo y entras con el otro. ¿De dónde eres?», me respondió uno de ellos. «De Chile», volví a responder. «¡Alexis Sánchez es una basura! Lo siento, pero tenía que decirlo», añadió otro chico que portaba la camiseta del Barça. Yo sólo quería jugar y no debatir, así que le respondí: «Sí, la verdad, pobre Barcelona». Cuando llegó el momento de jugar, entré a la cancha pensando estúpidamente que el fútbol callejero era similar al historial futbolístico de Nicaragua. En otras palabras, me metí a la cancha sintiéndome Zidane y salí como Layún.

Cuando se acabó la luz natural, la cáscara también fallecía. Los chicos me dijeron de otro lugar en el que se juntaban a jugar por las noches ya que había luz artificial. Llegué a la plaza 23 de julio y mi ser se llenó de júbilo. Más de 20 jóvenes –y no tan jóvenes– jugando Futsal en una cancha rodeada de graffitis y gente tocando música. Y mientras me acercaba e inspeccionaba el nivel que los jugadores traían, me emocionaba al ver que eran iguales o mejores que en las canchas mexicanas. Tuve la misma sensación que cuando estás haciendo zapping en la TV y encuentras una película épica. Un verdadero paraíso.

Jugamos, tocamos, chuteamos, reimos y seguimos jugando por horas. Cuando nos tocaba descansar, Manuel, un nicaragüense que vivía ahí en León, me contaba que el fútbol era una víctima más del nulo capital económico que posee Nicaragua para invertir en el capital humano. El pasado bélico y político, y la gigante inversión que se le ha destinado a ambos, cierra las posibilidades de desarrollar el deporte en el ámbito profesional. No hay dinero para equipos, estadios, ligas, selección, etc. Sin embargo, eso no impide que el fútbol, en su esencia, exista. Visité León, Granada, la Isla de Ometepe y San Juan del Sur (*3). Y puedo decir que en todos estos lugares encontré fútbol de calidad, de talento, de gozo, de pasión y, sobre todo, de sonrisas.

En una de las entregas de las Canchas del Che, comenté que el fútbol es algo demasiado profundo para simplemente vivirlo en su faceta superficial o mediática. Que habiendo mucho subsuelo, y teniendo pico y pala disponibles, nos conformamos con arañar la superficie. Nicaragüa, ante los ojos de quienes no viven ahí, es una tierra sin fútbol. Pero explorando, podemos darnos cuenta de que la pelota impone y expone, sin importar idiomas o latitudes.

Sígueme en @Nicoliszt.

(*1): Algo tenía que hacer en torno al fútbol.
(*2): Honestamente me salió el mexicano y dije: «¡A huevo!».
(*3): Aquí los jugadores, mientras disputas el balón, te preguntan si quieres mota.