El estadio Maracaná de Río de Janeiro albergará la final de la Copa Mundial de fútbol Brasil-2014, anunció hoy la Federación Internacional de este deporte (FIFA). En 1950 Uruguay firmó quizás uno de los capítulos más dramáticos en la historia del futbol y Maracaná fue el escenario elegido. 64 años después esa misma historia reclamará su sitio. ¿Podrá Brasil hacer justicia en su casa?

El mítico inmueble es parte indisociable de la historia del fútbol brasileño y de su peor trauma, la final perdida frente a Uruguay en el Mundial de 1950.

Cuando la prensa ya anunciaba una victoria de la Seleçao, los uruguayos se impusieron 2 a 1 frente a más de 200.000 atónitos espectadores que no daban crédito a sus ojos.

El Maracanazo marcó a generaciones de brasileños. Entre los testigos privilegiados de la época figura Francisco Camões de Menezes, que hoy tiene 77 años y asistió a todos los partidos que se jugaron en el mítico estadio durante la primera Copa del Mundo organizada por Brasil.

El 16 de julio de 1950, día de la final, tenía 16 años. «El estadio estaba lleno a reventar, con poco más de 200.000 espectadores. Llegué dos horas antes del puntapié inicial para estar seguro de conseguir un buen lugar», recuerda emocionado.

«Cuando (Alcides) Ghiggia hizo el segundo gol de los uruguayos, yo estaba del otro lado, pero me acuerdo de cada jugada como si fuera ayer. Cuando el árbitro dio el silbato final del partido, había un silencio de entierro, alrededor mío todos lloraban», contó Franciscos a la AFP.

Francisco no guarda rencor por la victoria uruguaya, entre otras cosas porque algunos meses después de la Copa trabó amistad con el capitán de la selección celeste, Obdulio Varela.

«Lo encontré a través de un amigo mío cuando vino a Rio a disputar un partido con Peñarol. Mantuvimos el contacto y él me llamaba siempre que venía a la ciudad. A pesar de que Uruguay es muy famoso por el asado, él adoraba la carne brasileña», dijo.

En los años 60, Francisco asistió en el Maracaná a las maravillosas jugadas de Garrincha, alero mítico de Botafogo y una pieza clave del equipo brasileño que ganó las Copas del Mundo de 1958 y 1962.

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En la misma época, el Rey Pelé hacía historia también en Maracaná, donde inscribió el 19 de noviembre de 1969 el milésimo gol de su carrera.

El balón que fue a parar al fondo de las redes del club Vasco en ese partido puede ser visto en el museo del Maracaná, única parte abierta al público durante las obras de renovación del estadio para la Copa del Mundo de 2014.

Maracaná «puede ser considerado un monumento histórico», estimó Carmen Dittz Chaves, curadora del museo.

«En la época, fue revolucionario por su tamaño y por las técnicas utilizadas en su construcción. A pesar de ya no ser el mayor del mundo en términos de capacidad (será reducida a 83.000 personas para el Mundial de 2014) continúa siendo único por su enorme valor emocional. Jugar en el Maracaná es el sueño de cualquier jugador», explicó.

Aunque los cariocas aman a este estadio que acogió decenas de clásicos épicos entre los mayores clubes de Rio, su reforma a un costo de unos 570 millones de dólares es objeto de polémica.

«Sería mejor gastar este dinero en salud y educación», criticó Walter Magalhães, un jubilado de 60 años.

Otros hinchas más supersticiosos opinan que la final de la Copa de 2014 debería jugarse en otro sitio para no repetir la catástrofe de 1950.

A pesar de que su estructura fue derribada para las reformas, algunos alegan que sería más barato optar por una demolición completa y la construcción de un nuevo estadio, como se hizo en el de Wembley, en Inglaterra.

La reforma de Maracaná, atrasada por varias huelgas en los últimos meses, es seguida de cerca por la Federación Internacional de Fútbol (FIFA), que no ahorra críticas tras los retrasos constatados en las renovaciones de estadios y la creación de infraestructura en todo el país para acoger el Mundial de 2014.

El estadio debe estar listo en diciembre de 2012 para poder recibir la Copa de Confederaciones en junio de 2013, una suerte de preparación para el Mundial de 2014.