1. ¡Cómo nos quejamos de vivir, carajo! Unos más que otros, claro, pero todos lo hacemos, la mayoría con promedio muy por encima de una queja diaria. Perdemos y hacemos perder el tiempo desconfiando los unos de los otros, con inútiles juicios y reproches al prójimo. Dolorcillos, aburrimientos, temores y sospechas se comen nuestros días. En estos tiempos en los que todo lo controlamos nada pasamos por alto, excepto vivir y dejar vivir.

2. Morir a los 45 años, dejar a tus padres sin hijo debería estar prohibido en el reglamento de la vida. ¿Cuántas cosas habrá dejado para mañana Tito Vilanova antes de tener que dedicar todo su tiempo y esmero a pelear en el breve tiempo extra que le concedió la muerte? ¿Cuántos perdones se habrán quedado pendientes de tachar en su lista, confinados para un después que nunca llegó? ¿Cuántos te amo habrá acumulado, reprimidos antes de ahogarse para siempre en su glándula parótida?

3. Enterarnos de la muerte prematura de un conocido, aunque nomás lo hayamos visto en la tele, nos obliga a reflexionar sobre nuestra propia temporalidad. ¿Y si me pasara a mí o a alguien de mi familia? Luego no nos queda más que concluir que nosotros no tendremos tan mala suerte y retomamos nuestras preocupaciones diarias, la mayoría de ellas absurdas, materiales, triviales.

4. Como Benítez, Calero, Antonio de Nigris y tantos otros, Tito murió mucho antes de tiempo, pero vivió más que la mayoría de quienes fallecen viejos. No por ganar la Liga con récord de 100 puntos en su único año como entrenador de primer equipo, ni por ser pieza indispensable en la puesta en escena del mejor equipo de todos los tiempos. No por ser el mejor entrenador, sino por hacer mejores a aquellos que tuvieron la suerte de cruzarse en su camino. De eso se trata vivir.

Lee también   Dos Caras