Foto: Isaac Ortíz | Mexsport

La fiera se comió al gladiador en el coliseo potosino. Una herida letal acabó con el retador, que pese al público a su favor, no pudo igualar la tenacidad de su enemigo. La gente lo vio: acababan de pisar la arena, cuando el puma saltó rápidamente hacia la yugular de su víctima. Pero simplemente fue un amague para golpear por abajo… un zarpazo contundente al pecho tiró al humano y aunque se levantó, su destino estaba marcado.

El golpe fue Bravo. Hasta el emperador sacó una sonrisa de satisfacción al apreciar la escena brutal, pues dentro de la esencia de estas afrentas se encuentra la magia que produce un ataque similar al del felino dorado. Y es que, según cuentan, llevaban tres minutos debatiéndose y reconociendo el terreno, cuando ya chorreaba sangre en uno de los protagonistas.

  • San Luis
  • 1Universidad
Gladiadores: Lozano; Mares, Hernández, Matellán, Alcántar (Ponce, 45’); Medina, Torres (Hurtado, 62’), Cuevas, Correa; Arroyo (Arce, 74’), Aguirre. DT Nacho Ambríz


Pumas: Palacios; Espinosa, Palacios, Verón, Velarde; Castro, Leandro, Cabrera; Cortés, Bravo (Palencia, 80’), Dante. DT Memo Vázquez
Goles: 0-1 Bravo (3’)
Árbitro: Roberto García Orozco
Incidencias: Estadio Alfonso Lastras. Jornada 7, Clausura 2011

De entre la euforia popular, que clamaba por ver los mejores lances de su favorito, siguió de pie el gladiador. Pero no encontró una fórmula precisa pues la fiera lo perseguía con la mirada, lo obligaba a retraerse y hasta parecía dispuesta a concluir aprovechando su deseo animal. Pero dejó morir lentamente a su presa, encumbrándose al final de cuentas de entre todos los demás participantes del certamen.

Continuó la disputa. Para este tipo de batallas, el reglamento estrictamente dice que puede durar máximo 90 minutos. Así lo quiso el puma, habiendo podido definirlo prematuramente. Pero quien lo educó y entrenó, dice la leyenda, gusta de generar cierto efecto con el estilo con sello estético. Se mueve por todas partes del foro, lo utiliza para marear a la víctima y deja que el tiempo sea quien defina libremente su superioridad evidente.

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Sin embargo, como buena parte de la trayectoria del certamen de ambos contendientes, no todo es perfecto para uno y terrible para el otro. El gladiador sufrió pero logró levantarse. De su armadura sacó lo impensado, maravilló de nuevo, recordó el por qué de su cédula heroica. Y a la media hora logró tener al enemigo contra la pared.

Avanzó con la lanza, y se aventó a matar. Cuando todo el público festejaba la hazaña, descubrieron que el ataque simplemente había rozado al astuto animal. Clavada la punta en la madera del ruedo y con el puma espectante e indefenso, repitió la escena pero en esta ocasión el colmilludo ser se aprendió el movimiento y esquivó el intento.

Desde ese preciso instante el gladiador perdió el hilo. Le dolió más el pecho, sintió más profunda la herida, le pesaron las batallas anteriores recientes y sintió al rival más grande. Siguió atacando, impulsado por instinto y sin mucha idea. Así fue como el puma tuvo controlada la situación y contraatacó cuando creyó necesario, hasta se volvió más incisivo durante lapsos largos de la lucha. Para que al final se guardara atento, dispuesto a impedir cualquier provocación del héroe potosino.