¿Cómo estás, Marcelo? Te diría que me sorprende tu aventura policiaca con Luis, pero la verdad es que con él siempre pasan cosas así. Creo que lo mejor hubiera sido salir a tomar una noche antes y así ver el partido desde la celda. Seguramente sería más interesante que verlo en tu oficina, además de anecdótico.

Yo ahorita estoy por salir a Recife, sin embargo no te he contado aún cómo me fue en Fortaleza: llegué el lunes a las ocho de la mañana, solo, y habiendo rentado una recámara. Cuando llegué a timbrar a la casa nadie me abría. Al principió pensé que era un poco temprano para llegar. Pero después de un rato empecé a preocuparme pensando que había sido engañado. Finalmente toqué la puerta del vecino que me atendió de forma muy amable y le marcó a Thiago, el dueño de la casa, para que me abriera. Cuando me recibió el dueño me dijo que los cuartos estaban ocupados aún, pero que podía acomodarme por mientras en la sala. Conforme pasaba el tiempo iban saliendo los huéspedes de las recámaras: primero un australiano que, para mí sorpresa, me dijo que viajó hasta acá para ver un partido de Uruguay. Seguramente quiere ver jugar a Luis Suárez, pensé. Después salió otro australiano, amigo suyo, con un enorme tatuaje del Liverpool en el pecho que confirmaba mi sospecha. Finalmente salió una pareja de uruguayos con los que estuve platicando toda la mañana sobre el Loco Abreu y sus penales picados.

De ahí me fui al Fan Fest, donde quedé de juntarme con el Alex, para ver el Alemania-Portugal. Cuando terminó el partido seguía sin encontrarlo hasta que por fin me gritó a lo lejos y lo vi. El güey se acercó corriendo para decirme que sus amigos se habían topado con unos croatas, que los habían retado a un partido en la playa y que a los mexicanos les faltaba un jugador. De inmediato me apunté, y empecé a hacer trabajo psicológico para llegar concentrado al partido.

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Yo tomé el partido con la seriedad debida y lo jugué como si de este resultado dependiera el pase a octavos. Éramos seis contra seis. Nosotros planteamos un 2-2-1; ellos jugaron con un 2-1-2. El partido realmente duró muy poco, ya no tenemos la condición de antes y jugar en la arena es un martirio. Lo empezamos perdiendo, pero poco a poco pudimos empatarlo. Por fin cuando se decretó el “gol gana”, recibí la bola por derecha y con mi último aire corrí toda la banda y le mandé el pase a Alex para que sólo la rematara de cabeza. Abstuve mi festejo porque los croatas estaban en un plan muy amigable, además de que ya habíamos quedado de vernos en la noche en un bar. Antes de irme de la playa, volteé a ver el mar que hacía la ola como festejando aún ese gol.

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Ya en la noche, mientras tomábamos unas cervezas, los croatas nos platicaron sus conquistas. Uno se había enamorado de una mexicana con la que incluso se quería casar. Nos contó que él era un escritor de guiones cinematográficos, y que admiraba a Luis Buñuel y al cine mexicano en general. Otro amigo suyo llegó después de la mano de una brasileña de muy buen ver. También ellos se querían casar aunque para lograrlo primero tenían que divorciarse cada uno. Lo más curioso de esta pareja es que tenían que utilizar el traductor de su tablet para comunicarse; lo que el futbol y Google Translator unen, habrá que ver quién lo desune. Yo me quedé pensando que con sus conquistas no sólo nos habían empatado el partido los cabrones croatas, sino que ya hasta nos lo iban ganando. O por lo menos a mí. No sé cómo le haré, pero esto no se puede quedar así. Finalmente nos fuimos temprano porque al día siguiente se jugaba el México-Brasil.

Ésta vez iba decidido a conseguir boleto primero, y a no perderme ni una nota del himno después. Salimos hacia el estadio con cinco horas de anticipación. Tomamos el taxi junto a unos güeyes del D.F. y nos bajaron a varios kilómetros del estadio. Caminamos y caminamos hasta que de repente nos topamos con un retén policial en el que pedían mostrar los boletos para poder pasar. Me hice pendejo y logré cruzar. Por fin, ya en la explanada del estadio me encontré con el amigo de Carlos y me vendió el boleto.

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Tenía la esperanza de que una mitad del estadio fuera completamente verde. Pero la  lógica se impuso y la mancha en su mayoría fue amarilla. Sin embargo en ambiente les pusimos un baile. ¡Te dije que nos estaban copiando el grito de “puto” los muy putos! Se armaron hasta guerra de porras. Nosotros les gritábamos “¡Como en las olimpiadas, otra vez te vamos a coger!”, a lo que ellos respondían que lo importante era el Mundial y eran pentacampeones. Y la verdad les asistía, sin embargo en ese momento uno no lo ve así.

Al final del juego muchos brasileños nos dijeron que estaban sorprendidos con el ambiente en las gradas y con el juego en la cancha. Realmente, aunque consideran a México un rival de respeto, no se esperaban esto en el Mundial. Yo me quedo contento de haber podido comprar boleto con todo y que terminó 0-0.

Disculpa que terminé aquí mi carta, pero tengo que tomar ya mi vuelo hacia Recife.  Espero que esté todo por allá y cuéntame por favor, ¿cómo te fue a ti con el México-Brasil?