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Andrés:

Debido a que nos hicieron viajar de forma “exprés” a Guadalajara, el México-Croacia, uno de los mejores momentos de la Selección Mexicana en los últimos mundiales (tampoco es que haya tantos) lo viví en un hotel.

Lo disfruté tanto que no me importó verlo en el cuarto, con tele de cinescopio y comiendo molletes chafas ni celebrar bajando al lobby a beber «nada más hasta las 11» porque al día siguiente teníamos que madrugar.

Lo más relevante de ese «festejo» fue que un grupo de caribeños se unió a nosotros para tener un «forcejeo» ya que ellos querían llevar la plática al «misticismo del baile y su relación con saber hacer el amor» y nosotros al «pinche partidazo que ganamos». También salimos victoriosos en ese encuentro contra “Los gigantes de acaparar pláticas”, así de enrachados andábamos pero todo quedó atrás con el “cruzazulino” evento del domingo.

Y es que hasta antes de estas semanas, yo creía que la única forma de llegar a cuartos era mandar a Luis Pérez a tirarse clavados en el área y al Beto Aspe a cobrar los penales, idea que por cuestiones de diferencia de épocas y el antecedente de Aspe contra Bulgaria era el equivalente a decir: no podemos pasar a cuartos; debí mantenerme fiel a mi hipótesis.

Ya en Monterrey, mi suegro me invitó a ver el juego en su casa el domingo.

Me recibieron de maravilla con una tele de alta definición, un sillón amplio y cómodo, aire acondicionado….y un plato de molletes que consideré “buen presagio” aunque significara verme obligado a tragar bolillos con frijoles el resto del torneo por cábala.

La verdad es que la familia de mi novia es muy amable, es más, hasta soltaron un par de mentadas de madre en el primer tiempo como para que me sintiera en confianza de hacerlo también (o eso interpreté yo):

-“¡Pinche pelón se cayó de hambre el pendejo”. Gritó mi suegro con el penal que no le marcaron a Robben. Qué detalle, el señor es un tipazo.

Hasta fingieron no sentirse incómodos mientras yo gritaba el gol de Giovani: “¡A HUEVO!, ¡A HUEVO! ¡NOS LOS VAMOS A COGER, NOS LOS VAMOS A COGER!” en frente de mi cuñada… que tiene 9 años.

Pedí disculpas, mi suegra se río y dijo: “No pasa nada, es la pasión”. Señorona.

Mi cuñada estuvo brincando por todos lados y gritando “Mé-xi-co”, “Mé-xi-co” y tirándose como portera al sillón precedida por múltiples: “Ya, mijita”, por lo que naturalmente no se percató de los cambios que fue sufriendo el partido, como tampoco lo hicieron los comentaristas imbéciles que hablaban del “partido del otro sábado” y de “la fiesta que iban a hacer en casa de Cuauhtémoc Blanco”.

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Cuando entró Aquino y vi que no generábamos adelante pero tampoco nos encerrábamos atrás fui perdiendo movilidad, cuando nos empezaron a tirar a bocajarro me paralicé por completo. Con el gol de Snejider no tuve energía para lamentarme y cuando marcaron el penal yo ya era un mueble más del cuarto. Silbatazo final y me salí de inmediato a fumar sin siquiera decir “con permiso”, pensando: Otra vez, otra pinche vez.

Después de mi berrinche, regresé y vi a mi cuñada llorando desconsoladamente como nosotros en el 94…y como tú en el 98, 2002 y 2006.

Comprar el álbum de Panini y llenarlo la hizo interesarse por primera vez en el mundial como a nosotros rentar el “Super Goal” y quedar campeones con formación “Sweeper”.

Tácitamente decidieron que yo era el indicado para consolarla. La abracé e hice lo mismo que mi tío Jorge hizo con nosotros después del gol de Letchkov en el 94: mentir.

“Es un juego”, “Jugaron muy bien”, “En cuatro años vendrá la revancha”, “Cayeron con la frente en alto”. Cliché tras cliché fui faltando a la verdad cual vendedor de tiempos compartidos.

¿Cómo explicarle a una niña destruida que desde que Menotti nos “cambió la mentalidad” hemos vivido 20 años en los que junto a Brasil y Alemania somos los únicos que siempre superamos la fase de grupos con la diferencia de que nosotros llegamos a octavos para perder de todas las formas posibles: en tiempo regular, en el último minuto, en tiempos extra, en penales, jugando mejor, jugando peor, con robos arbitrales, contra potencias, contra equipos “no tan fuertes” y que ya se nos están acabando las ideas de cómo perder?

Se tranquilizó porque se tragó el cuento de la “derrota digna” y se fue a jugar pero yo me sentí profundamente triste porque, aunque considero que ésta sí lo fue, ya la tengo repetida como 6 o 7 veces.

No quiero ni imaginar cómo lo viviste tú en Brasil. Por primera vez me siento afortunado de no haber ido porque debe ser un asco tener que quedarte quince días más allá viendo a todos celebrar y decirte que tu equipo “mereció ganar” y que ahora “los apoyes a ellos”.