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Marcelo:

Esto de creer en la mentalidad ganadora de Miguel Herrera y comprar mi vuelo de regreso hasta después de la final me está saliendo muy caro. Me queda una semana y media de viaje y mis recursos son sumamente limitados.

Sigo en Recife, la cual es por mucho la ciudad mejor estructurada de todas las que he visitado hasta ahora. Además tuve la fortuna de rentar un cuarto a la familia más amable que haya conocido. Gracias a ellos he comido tres veces al día. El señor Francisco, Chico para los amigos, y la señora Cristina me han hecho sentir como un miembro más de la familia. Él habla perfecto español, y entabla muy buenas conversaciones sobre cualquier tema; me recuerda a mi abuelo.

En el departamento también se hospedaron Daniel y Andrew. Daniel es un nigeriano radicado desde hace 17 años en Inglaterra. Dice que, aunque quiere mucho a ese país, desea que pierdan por culpa sus aficionados arrogantes que siempre están seguros de que saldrán campeones. Andrew, en cambio, es americano. Con él ha sido un poco más difícil llevar una buena relación, parece que se molestó un poco cuando le dije que deseaba que eliminaran a Estados Unidos. Salió con la tontería de que hay que apoyar a los equipos de CONCACAF; yo le dije que no estaba de acuerdo, sin embargo ya no quise profundizar más en ese tema que, claramente, no llevaría a nada bueno.

En los primeros días la familia nos invitó a todos a comer un platillo típico de la región. Cuando llegamos al restaurante y Chico ordenó cabrito para mí fue una agradable sorpresa. Sin embargo él no podía creer que en Monterrey también fuera el plato más representativo.

En cuanto al futbol tengo que decir que Recife me deja una sensación agridulce. Primero asistí al partido que más alegría me ha dado en los mundiales. Me tocó sentarme junto a un señor que logró meter al estadio una bolsa grande de plástico llena de ron, así que hasta unas cubas me eché durante el partido. Terminé sin voz, tres goles de México en un partido del mundial no se ve muy seguido. Sin embargo también aquí vi el partido contra Holanda, y no me he recuperado aún.

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Tienes razón cuando dices que hemos perdido de todas las formas imaginables. Sin embargo yo agregaría que cada forma en la que perdemos, es también la más dolorosa según el rival. ¿Acaso no sería más tranquilizante perder 2-0 contra Holanda y ponerle un baile a los gringos y que en dos descuidos te lo arrebaten? No sé, Marcelo.  A veces quisiera ser como aquéllos que se tranquilizan tan fácilmente pensando en que se perdió con dignidad. A mí se me ocurre que quizá hubiera sido mejor ir al Mundial a hacer el ridículo como todos esperábamos, sin necesidad de generar ilusiones que terminarían, como pinche siempre, dándonos en la madre. Estaríamos enojados aún, como ya estábamos desde hace dos años, pero sin necesidad de tener que pasar por este carrusel de sensaciones que irremediablemente terminan en depresión.

Mañana parto hacia Río de Janeiro y no quiero irme de aquí con esta frustración. Supongo que en un par de días ya estaré más tranquilo y podré disfrutar los partidos restantes sin importarme mucho quien los gane, excepto en el caso de Costa Rica. Aquí todos me dicen que estoy loco por no querer verlos en semifinales, que debería estar contento de que un equipo centroamericano haya llegado hasta estas instancias. No  saben lo que dicen. No saben lo que hay que aguantarles después. Es como si en Sudamérica, y en el resto del mundo, creyeran que en CONCACAF no hubiera rivalidades.

Me gustaría poder invitar a la familia de Chico a cenar para agradecer todo lo que hicieron por mí durante mi estancia en Recife, sin embargo estos últimos días he andado con menos ánimos. La derrota también supone un golpe de realidad, y ahora tengo que ser mucho más medido en mis gastos y administrar hasta el último real para poder aguantar hasta el 13 de julio.