¿Qué tal, Marcelo?

Se ve que este Mundial será muy especial para ti. Por más que digas que en tu oficina está de hueva el ambiente, ya te imagino brincando como loco con el gol de Oribe y abrazando a Rosy.

Acá en Natal, salvo la lluvia, todo ha sido bastante divertido. Sin embargo el vuelo desde Sao Paulo fue terrible. Después de haber volado de Chile a Brasil en un avión repleto de chilenos que me invitaban a gritar con ellos el “¡Chi, chi, chi. Le, le, le. Viva Chile!”, y en un ambiente muy amigable, me tocó viajar hacia Natal junto a un mexicano que no sólo no tenía fe en que México puede ganar el Mundial, sino que está convencido de que México será campeón. ¿De qué se puede hablar con tipos así? ¡Y vaya que me considero optimista! Yo mismo creo en los accidentes: un penal inventado que nos permita pasar al quinto partido, una roja o lesión que nos coloque incluso en semis, ¿pero, campeones? Ni hablar. Traté de fingir que estaba dormido y el tipo siguió hablando y yo sin responder hasta que se le ocurrió decir que Hugo Sánchez es el mejor jugador de la historia. Ahí sí me prendí y me perdí en una discusión que se alargó por el resto del viaje. ¿Hugo Sánchez? ¡Por favor! ¡Deberían prohibirle la entrada a Brasil a ese tarado!

En mi segundo día en esta ciudad me encontré con el Carlos y su hermano; los tres nos fuimos al Fan Fest a ver el partido de Brasil. El ambiente de los brasileños fue realmente decepcionante. Entre el mal partido de su selección y la poca intensidad de los aficionados, me pareció más un partido amistoso. Lo más destacable fue escuchar a un grupo de brasileños gritando “¡Puto!” en los saques de meta. Nos estamos internacionalizando.

Ahí nos hicimos amigos de un güey aficionado de Pumas que conoce bien la ciudad y después del juego de Brasil nos llevó a un buen bar afuera de la zona turística. Al pendejo de Carlos se le olvidó que ya casi no toma desde que se casó. Ya no tiene el mismo callo de antes y se puso pedísimo. Tú sabes que a mí me gusta la fiesta, pero ni loco me emborracharía una noche antes de mi primer partido en un Mundial.

En la mañana la cruda casi no le permite a Carlitros ir al juego. Milagrosamente se recuperó de último momento. Yo en cambio, amanecí como nuevo y muy contento de estar a punto de realizar un sueño que tenía desde chico. Partimos con tiempo suficiente rumbo al estadio y, entre la lluvia y el desmadre que tenían los voluntarios, nos tardamos más de una hora para poder ingresar. En la fila un brasileño nos dijo que en Natal casi nunca llueve, y que una lluvia como ésta sólo se daba aproximadamente cada cinco años. Traté de convencerme a mí mismo de que el aguacero era una señal positiva, sin embargo a diez minutos de que empezara el partido yo seguía haciendo fila. “Si me llego a perder un gol por no entrar a tiempo, demando a la FIFA”, pensé. Escuché el himno de México desde afuera y aún así me puso la piel de gallina. Al fin entré justo al momento que inició el partido y, afortunadamente para la FIFA, no me vi en la penosa situación de tener que demandarlos.

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Ya acomodado en mi lugar, alcancé a ver la bandera levantada antes que al primer gol de Giovani, por lo que no ni siquiera me emocioné. En su segundo gol, aunque no lo creas, festejé que lo anularan. Había ido a comprar una cerveza cuando cayó ese gol y no lo vi. Yo no podía creer mi mala suerte; siempre me pasan este tipo de cosas pero, ¿por qué precisamente en el Mundial? Por eso cuando vi que marcaron fuera de lugar me sentí aliviado. Yo sé que es muy egoísta de mi parte pero, qué quieres que te diga, no me hubiera podido perdonar el viajar hasta acá, y aguantar la pinche lluvia para terminar perdiéndome el primer gol. Además uno en el estadio no supone que se haya tratado de un error arbitral. Al menos no uno tan grave.

Ya después cayó el gol y la euforia que se vivió ya la saben todos. El Cielito Lindo estuvo a punto de sacarme una lágrima. Sabes que me caga esa canción y me caga que la canten en los estadios, pero estando acá es diferente.

Al terminar el partido y después de brindar con todos los mexicanos que me topaba, caminé poco menos de una hora perdido en la tormenta de Natal hasta que por fin encontré mi hotel. Mientras caminaba iba reflexionando sobre el buen partido que dio México. Supongo que estarás de acuerdo conmigo en que, si siguen jugando igual, no sólo no seremos la vergüenza del Mundial como suponíamos, sino que hasta tendremos posibilidades de calificar a segunda ronda.

Ayer sábado nos dedicamos a tirar hueva en la playa para recargar las pilas. Ahora me encuentro esperando mi siguiente vuelo hacia la ciudad de Fortaleza. Me despido de Natal justo ahora que el Sol se decidió a salir. Me parece que es mejor así; fue con lluvia como ganamos y si me dan a escoger a mí, preferiría que la tormenta nos siga hasta Fortaleza.

Ya te contaré que tal me va el martes. Dice Carlos que un conocido suyo anda en Fortaleza acomodando un boleto para el Brasil-México. A ver si se lo puedo comprar.