América cumple 98 años
«O se odia o se ama al club; no existe un punto medio».

«Ódiame más», reza el americanismo de noche y de día, en la victoria y en la derrota, en el éxito y en el fracaso. Se sabe importante, indispensable; el ingrediente irremplazable para darle sabor al futbol mexicano. En 98 años de vida, el Club América se ha esmerado por ser el mejor, por arrasar con el rival y arrebatarle la gloria legal o ilegalmente, por raptar ídolos a billetazos y consumar triunfos que parecían una simple ilusión. Ese es el ‘Crema’, villano y héroe a la vez, institución que se acerca a los 100 años de existencia, porque historia, tiene mucha más.

El Club América comparte casa con la Selección Mexicana y pertenece a uno de los hombres más influyentes de toda una nación; es el consentido de su televisora y de la autoridad, su nombre vale oro aunque su cuna sea azulcrema. El americanismo es una doctrina dispuesta a entrar a cada hogar de la república, no distingue por sexo, edad ni condición social. Es quizá una figura aspiracional del éxito a toda costa, de la riqueza y el despilfarre, de la envidia ajena y el goce propio.

El americanista se sabe protagónico. En las buenas y en las malas, es un referente, el rival a vencer. Una victoria en el Estadio Azteca ante el Club América es, para cualquier equipo, digno de celebrarse. No importa si se es el Guadalajara o el Puebla; derrotar al hijo predilecto de Televisa es un logro, se aplaude y se festeja como si hubiera un trofeo en disputa. El americanismo no conoce de indiferencia. O se odia o se ama al club; no existe un punto medio. 

¿Ayuda arbitral? Tal vez, pero no es ni el primer ni único pretexto para justificar una derrota ante el gigante de Coapa. Al América se le desprestigia por todos los medios; siempre se encuentra una nueva razón para hacer menos a un equipo que, por excelencia, es más. Chivas nunca olvidará el gol de Toninho tras la rabona de Edú; Cruz Azul aún tiene pesadillas con el gol de Moisés Muñóz cuando parecía el fin de una maldición. A México, no se le olvida que es, junto a un rebaño cada vez menos sagrado, el máximo ganador en la historia del balompié mexicano.

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Hoy se conmemoran 98 años de un club que alimenta las ilusiones de millones de mexicanos; el 12 de octubre se celebra a un equipo que porta con orgullo el nombre de todo un continente. En 1916, en la colonia Santa María la Ribera, se escribieron las primeras letras de una historia que parece no tendrá fin. Mientras sigan existiendo la pasión por el balón, el Club América se mantendrá en la mente de propios y extraños; de aquellos que dicen detestar con el alma a la nación azulcrema, pero que, sin ella, no podrían vivir.

Las Águilas vuelan y seguirán volando por lo más alto, a la espera de sus cien años y una magna celebración, deseosos de seguir cosechando triunfos; saben que causarán envidia y que el odio no escaseará, pero el americanismo de eso vive. Se alimenta del ego y de los celos, disfruta cada que se pronuncia su nombre y se jacta de su popularidad. Pase lo que pase, son la sazón del balompié nacional, el condimento insustituible en todo debate de cantina, en cada charla de café y en toda discusión de oficina. El América se ama o se odia, se sufre o se goza, pero, al menos hoy, se aplaude.

CAME