Tercera Amarilla | Türk: «Fuerte» en turco

«Lo que no me destruye, me fortalece».- Friedrich Nietzsche

 

 

 

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Quien haya inventado aquella frase de que «El tiempo cura las heridas» probablemente nunca le quitó las rueditas a su bicicleta para aprender a maniobrarla en equilibrio y caerse múltiples veces, nunca se cortó mientras picaba un tomate o cilantro, nunca se fracturó un hueso por alguna estupidez ni mucho menos vivió el infortunio de perder a un hijo. Las heridas no se curan, sólo cicatrizan.

El ganador anhela el fracaso sobre el éxito por el aprendizaje que este deja. El perdedor sólo quiere llegar a la gloria rápidamente y con el mínimo esfuerzo. Por eso, las cicatrices nos recuerdan que evolucionamos teniendo la oportunidad de ser ganadores.

El perdedor ve la cicatriz como un acto de Dios -o un castigo, como muchos lo llaman-, como algo que ocurre por obra de la naturaleza, que está fuera de nuestro alcance, que sólo un afortunado no viviría. Y luego nace el miedo, oxígeno puro para el perdedor. El ganador ve la cicatriz como un acto de Dios -o un premio, como muchos lo llaman-, un dolor, un mal momento, una lágrima, un lamento… un aprendizaje, algo que sólo un afortunado viviría.

Se vale soltar una lágrima cuando borran a tu equipo después de haber alegrado decenas de canchas en México, cuando te apuñalan por la espalda después de pintar Sudamérica de rojo, cuando has vivido un Huracán en tu vida personal y lo asciendes a Primera. Se vale soltar una lágrima por estar más parado que nunca, después que anduviste a gatas por años. Se vale soltar una lágrima porque no es de maricones, es de experimentados.

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Maldito el 1 de julio del 2006 que te arrebató un hijo pero el karma te ha brindado un bendito 25 de noviembre del 2012 en el que te has convertido en el hijo pródigo de millones.

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