I.- La plática en la Catedral.

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Bendito Futbol

¿Existen los milagros? – preguntó Marco un día a la orilla de la Basílica de Guadalupe. Era un 12 de Diciembre y Marco, aficionado ferviente del Cruz Azul, no recordaba haber visto alguno en vivo. Había escuchado, como absolutamente todos, de los milagros que ocurrían a diario y no tan a diario. Pero él sólo había contemplado la crueldad de la realidad.

-Si me preguntas a mí, por supuesto que sí – respondió Jairo, un hombre grande, moreno y con voz grave. Su acento colimeño era imposible de confundir.

-¿Y Cómo son?

-A veces, cómo una palomita amarilla que vuela de repente.

-Las palomas son un mito, son asquerosas, bobas y ninguna es blanca como las pintan.

-Pero yo las he visto amarillas y volar. Y creéme, esa vez fue un milagro – cabe aclarar (en realidad es muy necesario hacerlo) que Jairo era aficionado del América.

-¿Y tú crees que ese hombre haya visto milagros? – Marco apuntaba a una imagen de Jorge Bergoglio.

-No te puedo decir con seguridad que sí o que no, pero te puedo contar una historia que escuché.

II.- La pasión del descendiente de Pedro.

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“Sólo hace falta una llamada y todo es posible” se dijo a si mismo Jorge mientras veía el famoso teléfono rojo que todos los hombres nacidos bajo las leyes de Dios habían oído nombrar al menos una vez. Ahí estaba, posando sobre una columna de mármol blanco, con un halito de luz encima que indicaba su procedencia celestial.

Él tenía la fragante moneda de oro circulando por sus dedos, la moneda que activaría el teléfono rojo.

-Oro e incienso, bañada en mirra, es la insignia de los hombres y de Dios, lo terreno, lo espiritual y lo divino – le había escuchado decir a un arzobispo de avanzada edad el día que se ganó su primera moneda, tras un año entero de servicio.

Sabía lo que quería, pero temía que fuera muy vano, muy irresponsable o muy insulso. Quería a su San Lorenzo campeón de la Libertadores.

Consideraba que sus razones para pedirlo eran muy válidas. Ningún equipo en toda América merecía tanto su primera Libertadores como San Lorenzo, un equipo que eligió justamente el nombre del mártir que descubrió que la verdadera riqueza de la Iglesia era la gente.

Eso también lo había visto el padre Lorenzo Massa, quien entregó las tierras del Oratorio de San Antonio, los uniformes azulgranas, los balones de cuero y el nombre de un club con vocación de mártir, capaz de vivir la gloria y la miseria en partes iguales.

Desde su nacimiento, Jorge había visto a su San Lorenzo campeón 12 veces, una buena cantidad. Pero también vio a su equipo ser el primer grande en quemarse en el Infierno de la “B”. Las lágrimas de San Lorenzo ya no caían del cielo como deleite de hombres, en 1981, las lágrimas de San Lorenzo cayeron de los ojos tristes de millones de aficionados al ciclón.

Vio cómo la casa donde el mártir realizó sus mayores milagros, era derrumbada por el imperialismo francés para construir un centro comercial donde no se vendían ni biblias ni sotanas, donde nadie rezaba ni nadie se desvivía, donde la Gloriosa ya no cantaba y los cuervos ya no volaban.

Pero a pesar de todo, la hinchada seguía ahí, la afición aceptaba gustosa todo el sufrimiento, con lágrimas y gozos en el rostro humilde. Un mártir acepta el sufrimiento porque sabe que hay un plan divino, por que sufrir es parte de tener fe, y la fe era algo que se desbordaba siempre en el gasómetro, ya sea el viejo, el nuevo o el súper nuevo.

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“Nos lo merecemos, carajo” pensó Jorge mientras jugueteaba nervioso con la moneda dorada. San Lorenzo de Almagro ya estaba en la final, tras arrasar en la cancha con Bolívar, el más grande de los libertadores de América. Ya había jugado el primer partido de la final, sin ventaja para nadie, era una oportunidad irrepetible y no podía dejar algo tan grande en los pies de simples hombres.

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Luego pensó en todas las cosas que le hacían falta al mundo. Con tanta hambre, con tanta guerra, con tanta tristeza y tanto desamor, era una nimiedad egoísta pensar en un partido de futbol. ¡Los doce apóstoles le darían una buena tunda por ser tan frívolo! El mundo yéndose al carajo y Jorge sólo piensa en ver a su equipo de futbol campeón.

“Campeón de la Copa Libertadores de América, no de una Sudamericana inútil. La Copa que hace grandes a los grandes, la copa de los héroes de un continente más pasional que vivo. La copa de Sucre, San Martín… San Lorenzo”

Dividido entre un deseo humanista y un deseo fanático, reflexionó Jorge por horas. La moneda seguiría ahí siempre, podía usarla cuando quisiera.

“Pero el partido es en dos horas, y nunca antes habían llegado a la Final.” Un hombre ve de frente la oportunidad de cumplir un sueño de más de cincuenta años. Por otra parte, también puede hacer el bien a la humanidad, ¿Qué escogería un hincha de San Lorenzo ante el partido más importante de su club?

Un sacerdote viejo, tal vez el Padre Martín, entró solemne a los aposentos de Jorge, lo miró y preguntó.

-¿Todo bien, Mi Señor?

-¿Qué debo hacer con este poder? ¿Qué debo elegir?

-Parece que vive en una disyuntiva, Mi Señor, sólo piense que hay momentos para todo, y que seguramente cosas más perversas se han pedido. Igual, muchos dicen que el teléfono nunca ha servido.

-¿Por qué lo dicen?

-Si es verdad que escucha, ¿por qué el mundo sigue así?

-Tal vez dependa de lo que se pide.

-Supongo, pero ¿no acaso todos han pedido por lo mismo? ¿Cuántos han visto sus deseos cumplidos?

-Tal vez dependa del hombre.

-Dicen que los oídos de Dios siempre están abiertos a quienes lo escuchan a él y sus enseñanzas ¿usted lo ha escuchado atentamente?

-Desde el inicio de mis días.

-Entonces Él escuchará. Haga la llamada, señor, y no dude, usted lo ha hecho muy bien desde que llegó, ningún deseo puede ser malo.

Jorge insertó la moneda, descolgó el teléfono, espero poco menos que una eternidad y luego escuchó una voz celestial y omnipresente, que rebotaba en toda la habitación, en toda su cabeza… Sabía perfectamente cual sería su petición.

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El día 13 de Agosto, San Lorenzo de Almagro se consagró como campeón absoluto de la Copa Libertadores de América. Fruto de hombres o de Dios, cuando Jorge Bergoglio, bautizado nuevamente ante los ojos de Dios como Papa Francisco I, se enteró de la noticia, se emocionó como cualquier hincha de Boedo, sus plegarias de años y años habían sido atendidas en forma de gol de Ortigoza.

III.- El rito celeste.

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Un día Jorge Bergoglio, un hombre que quizá haya hablado con el de más arriba para pedir por su amado San Lorenzo, también conocido como Francisco I, visitó la ciudad de México. Ante una oportunidad tan grande, un aficionado del equipo más desafortunado del futbol mexicano decidió tomar cartas en el asunto y pedirle por su amado Cruz Azul.

El modo no fue ortodoxo y no requirió palabras, sabedor de que era casi imposible que escuchara con tantas voces al mismo tiempo. Este aficionado, cuyo nombre no conoceremos jamás, decidió ir a la peregrinación, ubicar el Papamovil y lanar una camiseta del Cruz Azul para que el Papa la agarrara y la bendijera.

Francisco I la agarró, quizá consciente de la necesidad de milagro que tienen tantos aficionados. Desde entonces, el equipo de La Noria, ha ganado todos sus partidos.