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[Canción para acompañar: «Más!» – Instituto Mexicano del Sonido]

Por ahí de Marzo, Carlos, un periodista salvadoreño de Santa Ana, me había dejado un libro en la mesa del hostal donde me hospedaba. Nos habíamos conocido el día anterior en una cena e intercambiamos comentarios sobre el doblete que había anotado el Chicharito ante Honduras previamente esa tarde y, por supuesto, de como el fútbol había generado un odio nacional entre aquellos dos países. El libro retrataba las experiencias de un reconocido -y orate- periodista polaco que gustaba tirar líneas entre balas. Ryszard Kapuściński, periodista de guerra, llegaba a mis manos en su versión Guerra del Fútbol.

Kapuściński describió un curioso conflicto ocurrido en Centroamérica previo al Mundial del ’70. Las tensiones acumuladas entre Honduras y El Salvador fueron liberadas tras un partido eliminatorio entre ambas selecciones. En el de ida, en Tegucigalpa, Honduras ganó por la mínima. Para la vuelta, en San Salvador, los locales masacraron a los catrachos por 3 a 0. Habría desempate, se jugaría en la Ciudad de México y coronaría como ganadores a los salvadoreños, quienes conseguían su primer pase a un Mundial en la historia. Tres semanas más tarde, las dos naciones se agarrarían a algo más que balazos durante 5 días y cobrarían las vidas de casi seis mil fulanos. Una mancha negra en la historia del fútbol de la cual Carlos tenía una opinión muy clara: «Es increíble e inaceptable que la gente sea tan estúpida como para confundir el fútbol con la patria».

Como causa o consecuencia, nosotros no nos escapamos a esa enfermedad. Desplegados, burlas y uno que otro comentario incoherente de algún periodista, han hecho que mexicanos y hondureños no se soporten. La historia ha desarrollado un odio que va más allá del Soccer con nuestros vecinos del norte. Y, por si fuera poco todavía, transportamos esos síntomas hacia el interior con nuestra droga favorita: el TRI. Que México no vaya a un Mundial es una tragedia nacional más grande que las cochinadas hechas por la gente de corbata que maneja este país. Si un jugador decide no vestir la vilipendiada camiseta verde, entonces automáticamente es un traidor, un vendepatrias o un wannabe [inserte gentilicio del país donde juega]. Con la cabeza fría, no es tan difícil entender que la bandera y el escudo de un equipo son cosas totalmente distintas. La verdadera traición no es prostituir los recursos futbolísticos de un país sino que sus recursos naturales.

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Sin embargo, como Kapuściński, nos metemos en conflictos que no nos corresponden pensando que tenemos una pertenencia ficticia. Usamos la opinión, nuestra arma más poderosa, sin siquiera tener fundamentos válidos para sostenerla. De todos aquellos que defienden o repudian a Carlos Vela, el 99% debe ignorar la verdadera razón de su rechazo a jugar con México. Ante la incógnita, la especulación aumenta con el tiempo como levadura en masa madre. Si opta por negarse, difiero que sea un traidor a la patria o un sabio al no venir a mancharse de mierda. Vestir una camiseta no lo hace más o menos mexicano. Ni frío ni caliente.

En lo deportivo, que es lo que coherentemente nos incumbe, Vela tiene ángeles y demonios. Los puntos a favor no existen para quienes se irritan con su negativa, así como los puntos en contra desaparecen para los que lo defienden a morir. Desde la neutralidad, ese incómodo y casi inaccesible lugar al que pocos pueden llegar, puedo decir que aquel jugador que no desea jugar en un equipo, no aportará deportivamente lo que aporta estando en capacidades óptimas. Porque las piernas obedecen al cerebro y, en un deporte como el fútbol, el cerebro termina obedeciendo al corazón. Por otro lado, cuando juega contra un Celta de Vigo u Olympique Lyonnais, hasta nos hace pensar que en México también podríamos exportar Messis, Ronaldos y Francescolis. Claro, si la creación, extracción, proceso y venta de un futbolista fuera correcta, honesta y desinteresada.

A medida que el tiempo avance y los kilómetros entre Brasil y México se vayan haciendo metros, la pregunta del millón irá adquiriendo relevancia. Unos dicen que sí, que es imperativa su presencia. Otros que no, que el barco ya pasó. En nuestro país, le guste a quien le guste, no existe otro jugador como Carlos Vela. Y mientras no exista otro como él, tampoco habrá alguien que ocupe su lugar en la Selección. También, como cocinero que soy, sé que los platos de segunda mesa llenan pero no encantan. Ignorar sus múltiples negativas y solicitar sus goles sería deportivamente vergonzoso. Sin embargo, una vergüenza minúscula comparada con las del circo federativo en este 2013.

Les tengo una exclusiva eso sí: No tengo ni la más mínima idea de qué pasa por la cabeza de Carlos Vela. Así que mi opinión vale 2 pesos. Simplemente me dedicaré a disfrutar de verlo jugar y de una Copa del Mundo con o sin su presencia.

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