article-0-1E547E5C00000578-145_634x452En algún rincón apartado del universo futbolero, compuesto por incontables canchas improvisadas, hubo una vez un campo donde un niño pequeño se liberó de la trampa.

El pequeño Miroslav hablaba polaco, francés y alemán, tenía cara de buena persona y efectivamente era bastante amable. Cuando un tiro suyo salió por encima del poste hecho de piedras y su equipo festejó, él fue el primero en caminar de regreso a su posición sin festejar nada.

-No fue gol, pasó sobre el poste – dijo con la calma de un niño que sabe que eventualmente volverá a anotar gol. El partido lo ganó su equipo con un gol suyo.

El camino de Miroslav no fue fácil, cambió las canchas callejeras por auténticas canchas de pasto, y veía ante sus ojos desfilar a muchos jugadores más dotados técnicamente, más rápidos, más intrépidos. Su apellido era apenas conocido en el mundo del futbol, no podía poner en su currículum las proezas de su padre por que estas se resumían a jugar por años en la segunda división de Francia.

La única ventaja sobre todos se la legó su madre, jugadora de Balonmano, un deporte que se juega en una cancha corta donde la única forma de anotar es acercarse a dos metros de la portería, así jugaba la señora Klose, y así le enseñó a Miroslav. Vivir en el área, moverse rápido para encontrar la posición y rematar el balón.

La caballerosidad y la nobleza no son cualidades premiadas en un delantero centro, en realidad, son casi mal vistas, ¿Cómo alguien que es buena gente puede ser capaz de hacer sufrir al otro equipo con sus goles? Pero Miroslav superaba cada día todos esos paradigmas en los que no creía. Cual Übermensch, elaboraba su propio sistema de valores; ser respetuoso con el rival y la pelota, ser honesto con el árbitro, siempre llegar al área con el permiso de los compañeros, rematar a puerta sólo si es la última opción.

Siempre fue puntual en todas sus citas, cuando iba a ver a Silwya y cuando iba a ver a Klinsmann. La buena costumbre de la puntualidad le ayudó a llegar casi siempre puntual a sus citas con el balón, siempre en el momento exacto, ni un segundo después, los retrasos no están permitidos en la etiqueta ni en el código de buen delantero.

La selección alemana encontró en Miroslav Klose al jugador caballeroso que no dejaba que el balón se fuera sin cumplir su cometido de acabar en gol, lo dejaría claro en su debut mundialistas, tres balones que sin él se habrían perdido en intrascendentes despejes, vieron con alegría cómo su cometido en la vida se cumplía. Un balón se crea para estar en jugadas espectaculares y en goles, Klose le ha dado sentido a la creación de muchos balones.

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Un hombre gentil lucha por que todos sean lo más felices posibles, Miroslav nunca dejaba que la ilusión del triunfo se perdiera. Capaz de brincar más de medio metro para alcanzar los centros de Ballack en 2002, de tirarse entre dos argentinos en 2006, de pelear como perro por un balón contra Inglaterra en 2010, hasta se da el lujo de hasta meter goles de gran técnica individual, como su decimocuarto en mundiales. Por si fuera poco, da un espectáculo posterior al gol, su giro de 360 grados sobre si mismo es una oda a la gentileza, sus goles no tienden a ser espectaculares ni vistosos, al menos que la celebración lo sea.

El mismo hombre que negó haber recibido un penal alguna vez, el hombre que falló ese mismo penal cuando el árbitro no le hizo caso, el hombre que aceptó haber anotado un gol con la mano (un instinto aprendido de su madre traicionó a su cuerpo, pero no a sus valores), llegó con 36 años al mundial de Brasil, sus 14 goles en mundiales lo ponían como el segundo máximo goleador histórico de la competencia. Pero él no descansaría hasta poner su nombre en solitario.

Empató a Ronaldo con un gol en el área chica que valía por un punto de oro en su grupo. Sabedor de que un gol más suyo rompería el récord histórico, decidió guardarlo, como buen caballero, para el momento preciso, una bella estampa imborrable o un momento ligado por siempre a la historia del futbol.

Ni Estados Unidos, ni Argelia ni Francia eran dignos del gol 16, tenía que llegar Brasil y un remate doble, lleno de emoción y angustia, tenía que ser la puerta a una goleada histórica, sólo así podía Miroslav Klose, el jugador favorito de niños aficionados a South Park, superar a un grande como Ronaldo. Lo consiguió, el 1-7 a Brasil será recordado por siempre y para siempre.

Al final, esta es la historia de un individuo, de nombre Miroslav. Anda en dos pies, lleva pantalones cortos y era un delantero, pero en el fondo era, en verdad, un caballeroso goleador, quien demostró, pese a todo lo que hemos aprendido, que la nobleza es la mejor manera de convertirse en el máximo goleador en la historia de los mundiales.