Polonia Triunfó
«El día que Polonia Triunfó»

Llámenme Luckasz, mis apellidos importarán luego.

He visto teñirse de rojo el Vistula. He visto volverse grises a las mañanas de Varsovia. He olido la podredumbre de miles de cadáveres bajo las ruinas de Auschwitz. En la parte más alta de la Sierra de la Santa Cruz, mientras le rogaba al madero de la Cruz Verdadera por clemencia, he escuchado a niños llorar alejados de sus madres. He saboreado la desesperación de no tener un hogar. Todas estas y más atrocidades innombrables a mi Patria amada las he sufrido por culpa de un imperio que sólo piensa en empujar hacia el este.

Fuimos nosotros el muro defensor del Cristianismo, nuestra aguerrida patria alejó las amenazas musulmanas para terminar adorando a un Dios que se quedó callado cuando nuestra Patria se extinguió, dividida cuál strudel entre los imperios vecinos más poderosos.

Fue en ésta, y no otra tierra, donde vio la luz por primera vez la radiante mente de Marie Curie. Aquí fue donde por primera vez Nicolás Copérnico vio las Estrellas. Somos la patria que escuchó y soñó Chopin cuando estaba en la cuna. Una patria de seres valiosos e inteligentes, capaces y talentosos. Pero claro, somos una raza inferior que merece ser exterminada definitivamente. Nuestro único pecado fue nacer en este hermoso punto, y las órdenes eran claras, germanizar, esclavizar… erradicar.

Así han pensado siempre nuestros “Cordiales” vecinos del Oeste, que somos escoria. Así trataron de aniquilar nuestra cultura, destruyendo museos, universidades e imprentas. Así redujeron a escombros y cenizas la gran Varsovia, la gran Cracovia, la gran Poznan. Así malentendían su propio himno y se ponían sobre todos, sin importar nada. Así convirtieron en pornografía nuestro cine, en tedio nuestra literatura, en burla nuestra pintura. Sin pudor ocuparon nuestros trenes para transportar cadáveres vivos, usaron nuestras tierras para manchar la historia de la humanidad con sus campos de concentración. ¡Usaron a nuestros hermanos para experimentar! Y la ayuda nunca llegó, esperamos sesenta y tres días, trescientos días, mil días, y los aliados seguían lejos.

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El infierno seguramente tiene una bandera roja y blanca en la entrada; roja por la sangre de cada hermano polaco muerto por el pecado mortal de ser polaco, blanca por que incluso en esa época, nuestra fe sobrevivió.

Mientras toda Europa clamaba guerra, nosotros sólo buscábamos la paz. Nosotros nos arrastrábamos entre los escombros, buscando un pedazo de historia sepultada. En los áticos abandonados resonaban algunas notas de piano que se resistían a morir. Entre explosiones y sangre, se podían desenterrar los primeros versos de un libro de Adam Mickiewicsz. Nuestra cultura y nuestra Patria las mantuvimos apenas vivas con nuestro estado secreto. Sólo hilos quedaban de nuestra verdadera grandeza, y con eso bastó.

Nosotros más que nadie podemos hablar de Patria, por que la valoraos como un enfermo a l salud, cómo sólo se valora lo que se ha perdido. Por que nuestra Patria existirá mientras nosotros vivamos. Por que siempre seguiremos al gran Dabrowski buscando que nuestra Patria exista.

Si bien faltan siglos y héroes para erradicar de nuestros rencores a los vecinos del Poniente, ganarles en el juego que ambos amamos siempre fue una añoranza. Nada reivindica la tristeza, el miedo y la furia que impusieron en nuestra Patria su suástica, su imperio y su empuje… pero por una vez, al menos por unos minutos, ellos sintieron que nuestra grandeza está en nuestra unidad, y que a pesar de todos sus intentos de expandirse, hemos resistido, y aquí seguiremos.

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Arkadiusz Milik nació en Tychy, que significa calma, una ciudad que no sufrió casi ninguna atrocidad germana. Para él la tristeza y la desdicha polaca son un cuento de terror plasmado en las páginas de sus libros de texto, no vivió en su carne ni los testimonios de su abuelo. Un guerrero que ha visto a su Patria unida, donde la pobreza (Que no es poca cosa) y la delincuencia son sus mayores miedos. Un arcadio que vivió en un paraíso de calma y tranquilidad, opuesto al caos que otras épocas destinaron a su Patria, su tierra idílica lo inspiró para comenzar una minúscula epopeya.

Sebastian Mila creció junto al mar báltico. Un hombre que pocas veces salió de su Patria, la cual conoció de norte a sur al ritmo de las mediocres gracias que hacía con el balón. Utilizó el futbol como el medio perfecto para conocer todos los rincones de una Polonia en pleno desarrollo, tras años de supeditar su identidad al dominio de Este u Oeste. Vio a través de su ventana los cambios virulentos de una patria que buscaba afianzar su identidad propia y su cultura, una Patria de cientos de años a la que apenas le dejaban recuperar su individualidad. Un enamorado de Polonia que buscaría cómo darle una nimia alegría a una Patria que ha sufrido todas las atrocidades posibles.

El Estadio Nacional de Polonia en Varsovia nació con el pretexto de recibir una competencia de naciones para dominar a través de una pelota el continente. Pero más que eso, su grandeza es impecable. Se levanta en mi tierra como la bandera del infierno, roja y blanca, un estadio donde germanos y moscovitas tienen prohibido ganar.

Ahí se unen los coros de mil almas que pretenden crear un ambiente de amplia hostilidad al visitante. Ahí los gritos no piden venganza, pero piden respeto. Ahí se fragua a fuego lento una esperanza para un País que lo perdió todo, hasta la Patria.

Y entonces un día, Arkadiusz Milik y Sebastian Mila se sucedieron tanto en la cancha como en el marcador para alegrar a nuestro pueblo con una victoria deportiva inédita, ante el rival más odiado. Entonces fuimos la radiante energía de Madame Curie, la destreza sonora de Chopin, el ingenio y la imaginación de Copérnico. Fuimos el heroico Lato, el rebelde Boniek, el eterno Lubanski, fuimos todos unidos Polonia, nuestro apellido no importaba, nos unía la Patria. Éramos y somos la Patria

Mil años no bastarían para vengarnos de la tiranía a la que nos han sometido, y bajo ninguna circunstancia ganar un juego de pelota cambia nada, la vida de nuestros millones de muertos no regresará, tantas atrocidades no tienen aún redención posible.

Pero al menos les recordamos a ellos que, hacia el Este, nunca más podrán empujar.

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