Cuando niño, una de las facultades a las que todo ser humano tenemos el privilegio de gozar, es la de soñar; la infancia es una etapa primordial para configurar una visión que va más allá de la pestaña adulta y que nos acompañará a lo largo del paulatino crecimiento de nuestro ser.

Algunos niños se vestían de superhéroes, compraban comics, así alimentaban su fantasía emulando el poder que deseaban adquirir mediante su superhéroe favorito; el mío, era de carne y hueso, portaba un número 1 en la espalda, usaba guantes y gorra en lugar de antifaz y su poder, era volar. Sí, volar; ese sueño al que aún me mantengo aferrado.

No lanzaba láser por los ojos; él detenía cañones. No dominaba a la fauna acuática; él dominaba un simple balón, tampoco podía multiplicarse; él se proyectaba con los que se encontraban a sus espaldas coreando su nombre. Y claro, no defendía al mundo, él defendía a un equipo de futbol.

Nacido justamente un día como hoy pero de 1971 en Ginebra, Valle de del Cauca, Colombia  bajo su nombre real, Miguel Ángel Calero Rodríguez, creció y desarrolló su vocación como arquero de futbol en su tierra natal donde desde chico destacó y deslumbró a más de uno llevándolo así al Deportivo Cali donde el show comenzó.

En su natal Colombia, Calero se dedicó a defender el arco de Deportivo Cali y de Atlético Nacional llevando a ambos equipos hasta el campeonato; tiempo en el que un equipo en México, llamaba la atención a más de uno.

CALERO MIGUEL ARGUERO DEL ATLETICO NACIONAL 20 DE SEPT DE 1998 MEDELLIN/COLOMBIA JAVIER AGUDELO C-41

Un equipo sorpresa se metió hasta la final del campeonato mexicano de 1999 y venció a un grande, en su casa, el nombre de ese equipo, Pachuca; una de las cosas que mi padre me compartió, enseñó y que, a la fecha, es uno de los vínculos de nuestra relación padre-hijo-amantes del futbol.

Aquella hazaña conseguida por Pachuca en 1999 estaba resguardada por Ignacio González; un portero argentino que después decidió no seguir adelante con Pachuca; la directiva encabezada por Jesús Martínez, se encargó de traer un portero para el flamante y sorpresivo campeón, el nombre de Miguel Ángel Calero Rodríguez llegó al escritorio para después, traer un portero colombiano que terminaría por hacerse dueño de una ciudad custodiada por los grandes vientos.

Tenía unos 7 años cuando mi pasión comenzó a desembocar en un inminente loco apasionado por los colores del Pachuca, lo que se convirtió en mi pasatiempo favorito; mis amigos hablaban de videojuegos, de comics, de caricaturas y yo… de un tema no tan fantástico llamado futbol.

Llegó la final del 2001, en casa estábamos entusiasmados, yo apenas podía creer que mi padre se volviera loco por un juego; emulaba los gritos, los reclamos, pero aún no me quedaba claro qué demonios hacia frente al televisor apoyando a un montón de locos detrás de un balón.

Y fue entonces, en ese 2001 cuando lo vi volar; Pachuca cerró en el Volcán la serie final con una ventaja de 2 goles (que nos hicieron quedar afónicos en casa) por lo que Tigres tenía que ir al frente a buscar el partido para poder ser campeones.

Aquel hombre de naranja con gorra negra, se dedicó por 90 minutos a sacar remates y balones de una forma sobrehumana; Olalde fue el único que logró abatir al hombre de 1.91 que después del gol dio un espectáculo de atajadas que me dejaron inquieto, sorprendido y por demás maravillado; el espectáculo fue cerrado con un golazo de Walter Silvani que, además, permitió uno de los abrazos más emotivos con mi padre.

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Había encontrado a mi superhéroe, volaba, era elástico, con unos reflejos tremendos y con una presencia que seguro a más de un malhechor habría puesto a sudar de respeto en cualquier historia fantástica.

Mis actuaciones a lo largo de la semana eran recompensadas asistiendo los domingos a los partidos de Pachuca; ¿se imaginan poder ver de cerca a su héroe? Más de una vez lo disfruté, en persona era aún más imponente, el arco era su escenario, el área su dominio; poco a poco, ese fervor que encontré por el Pachuca se vio proyectado por la también nueva sensación de Calero para con el Pachuca.

Poco a poco Calero se ganó el cariño de todos los aficionados del Tuzo y Pachuca se ganó a Calero; era una historia de fortuna, el cóndor, sobrenombre con el que Miguel Calero salía a las canchas a combatir, a lucirse en el aire, a comandar un equipo que poco a poco comenzó a dominar los campos de juego.

Su estatura intimidaba, su actitud motivaba y su presencia empujaba a las 3 líneas delante de él; cómo olvidar aquel domingo 11 de agosto del 2002, a medio día donde Pachuca perdía en casa ante los llamativos Jaguares por 3-2, la gente comenzaba a abandonar el estadio, no era la temporada de Pachuca, pero fue lo de menos; estaba sentado en medio de mis padres, mis ojos se enfocaron en un Miguel Calero que subió a rematar a un tiro de esquina para salvar puntos, la gente que salía volteó a ver sintiéndose privilegiados de la historia; el centro llegó al área tras ser cobrado en el banderín derecho, el Cóndor alzó en vuelo, conectó con la cabeza el balón y lo envió al fondo de la red en la última jugada del partido para conseguir el 3-3 que más que un punto, a mí me llenó a sabor de hazaña.

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“¿Fue Calero, papá?” mi primera reacción tras subir en los brazos de mi padre que festejaba el gol junto a un Estadio Hidalgo que se desbordaba en emoción. Había visto el gol, pero quería saber firmemente por la voz de la opinión con más presencia sobre el Pachuca para mí, que mi ídolo había conseguido vencer ese día para nosotros. Y así lo fue.

Así, a medida que iba creciendo, aquella admiración por Calero y mi cariño por el Pachuca me seguían el paso; ese Pachuca comandado por aquel hombre que podía volar me condicionaban al triunfo, a las victorias y que el hombre, podía alzarse en vuelo para alcanzar sus metas,

Ser adolescente es complicado; dudas, faltas de respeto a los ídolos impartidos, desánimos y demás, pero una vez más, ese hombre de guantes y gorra me volvió a dar una lección:

“Ahora sí como dice usted señor; la última y nos vamos. Seguramente si alguien remata, sigue; si la zaga rechaza, nos vamos a ver los goles con el término del partido”

Un Martinoli desde el palco de transmisión continuó la narración:

“Pelota de Caballero, 8 que van, ¡Va Calero!, ¡Goool!”

El gol no fue de Calero, fue de Aquivaldo Mosquera. El Hidalgo entró en un conflicto emocional enorme. No lo podía creer, ni los comentaristas, ni los aficionados, ni la nación televidente que en aquella semifinal del Apertura 2005, gracias al empuje y vuelo del cóndor, Miguel Calero, Pachuca consiguió avanzar a una nueva final. Aún lo recuerdo, se me pone la piel chinita, me transporto a ese día en casa, el gol que más he gritado en mis 22 años de vida.

Nuevamente lo había hecho, Calero había volado otra vez, de área a área para empujar a todo Pachuca a conseguir el dichoso pase que a la postre, terminaría con una postal de un Calero en su traje rojo alzando con autoridad una copa más, esta vez, por fin, en casa.

Era su momento; la cúspide, el trono, la corona le pertenecían a él, a él que decidió naturalizarse mexicano luego de hacerse pachuqueño; el colombiano más hidalguense que de su propia voz mencionaba que él había nacido en El Arbolito, que iba de Cubitos.

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Calero llegó a la madurez, madurez que me llegaba con cautela y mucha joda; madurez que en aquel ya capitán indiscutido lo llevó a comandar a uno de los grandes equipos que he tenido el privilegio de gozar y disfrutar. Se lo llevó hasta Sudamérica; ante los pronósticos de todos, Calero junto a nombres como Aquivaldo Mosquera, Cristian Giménez, Damían Álvarez y los queridos Andés Chitiva y Gabriel Caballero eran la escolta del capitán que comandó un triunfo maravilloso, otra historia en la que Calero junto a sus secuaces lograron traer a México la Copa Sudamericana en aquel 2006.

En otra historia, recuerdo a aquél ídolo aquella vez que abatió a uno de los “enemigos” más odiados por los mexicanos amantes del futbol, Landon Dónovan. El Cóndor, en una tanda de penaltis alzó en vuelo y detuvo el disparo del gringo que amenazaba con vencer a Pachuca. Y pues sí, Calero lo hizo de nuevo. Como película, mi héroe vencía al archienemigo y llevaba a los suyos a un nuevo triunfo.

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La edad, comenzó a cobrar cuotas en las habilidades del Cóndor, en el Hidalgo comenzaban los errores, los que nos decían a todos que también era humano, los que no podíamos recriminarle ni un segundo por todas esas historias que nos brindó ante sus alas.

Aún con ese gran físico, las enfermedades obligaron al show a salir de las canchas; para que una de esos malditos males, se llevara al cóndor a donde pertenece, al cielo.

Con el recuerdo de mi gran ídolo de la infancia, mi superhéroe, llegué a comprender muchas cosas, las enseñanzas de vida, de nunca rendirse, de ir al frente y hacerlo por los tuyos; el vuelo del cóndor estará por siempre en el Estadio Hidalgo guiado por los vientos de la famosa Bella Airosa.

Para mí era único, ¿o será que lo veía con mis ojos? Los de un chico que siempre ha anhelado volar que así lo recuerda hoy, a 45 años de su natalicio.