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[Canción para acompañar: «The Golden Path» – Chemical Brothers]

El Ratón es una especie curiosa e interesante de analizar. Vive en la putrefacción pero vive bien, no por las condiciones sino que por la percepción del comfort que posee. Para él estar en la mierda es sumamente cómodo; será porque tiene la capacidad de ver algo positivo ahí o quizá porque una situación diferente, generalmente mejor, es sinónimo de incomodidad.

La gente lo critica y lo enjuicia por su aspecto y acciones. A él le vale un cacahuate, mientras tenga su queso y su camita, todo bien. Ante el miedo de que lo aplasten cuando se asome a la vía pública, el estilo de vida del Ratón es una pasividad automática. El mantenerse a la defensiva, siempre un paso atrás de la situación, con escudo en lugar de espada, es el paraíso para este animal.

No se confundan, eso sí. Que a este adefecio del reino animal no le guste asomar la nariz, no quiere decir que no lo haga. De vez en cuando, ante la sorpresa de muchos, saca sus patitas y su larga cola y comienza a dar vueltas sin parar a la vista de todos. «¡Ay un Ratón, un Ratón!», exclaman las personas cuando lo ven. Y se paralizan. Así las cosas, este pequeño engendro tiene el camino libre para hacer lo que le plazca. Aun estando libre de amenaza, el Ratón, por su propia naturaleza, hará lo justo y necesario para mantenerse vivo. Sus aspiraciones roedoras no existen; podrá tener la posibilidad de robar 3 kilos de queso pero siempre regresará con lo que le quepa en las manos en un solo viaje. Saldrá, asustará, dará de qué hablar, pero siempre regresará a su mierda. Ahí es donde se siente cómodo.

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La posición del Ratón es indignante, sin duda alguna. Pero, ¿vale la pena reclamarle? ¿Y quién querría hacerlo? Quien no pertenezca a su familia, hasta agradece que el Ratón sea como es. Mientras menos deambule entre nosotros, mejor. Pero los de su especie, mientras sigan dependiendo de aquel Ratón, no tendrán otra opción que aspirar a ser como él. Cuestionar deshacerse del Ratón sería una locura entre los roedores. Ellos no aprecian cuánto queso trae más sólo ven que trae queso. Una cuestión de posturas.

El ser humano promedio disfruta siendo gris. No pierde pero tampoco arriesga. Como diría Bukowski por ahí, algunos pierden la mente y mantienen el alma, convirtiéndose en locos. Otros pierden el alma y mantienen la mente, los intelectuales. Y, al final, en la mayoría de los casos, hay quienes pierden ambas cosas y se transforman en personas normales y aceptadas.

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