El Rectángulo que Transforma Emociones.

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El deporte es una actividad que transforma a los aficionados, es una disciplina que tiende a que el ser humano se relacione con lo más interno de sí mismo, es un espacio donde los corazones de algunos laten más fuerte, donde las emociones se polarizan pasando de la alegría a la tristeza en tan solo un gol, es un coctel de sentimientos donde la pasión se exalta a un punto en el que los locos que amamos este deporte dejamos de ser nosotros mismos, es un lugar que nos permite entender al mundo.

Este momento que transforma emociones tanto de aficionados como de los mismos protagonistas, comienza cuando el personaje mas odiado hace sonar su silbato.

Así estemos en el estadio, en un bar o en la comodidad de nuestro hogar, los verdaderos aficionados al futbol nos transformamos cuando nuestros equipos juegan, cruzamos la línea mental que separa nuestras vidas cotidianas de nuestras vidas futboleras y penetramos en otra dimensión. Damos un salto de una realidad a otra, del relativamente estable terreno emocional del trabajo o la familia, a la furia elemental de aquel otro personaje que llevamos dentro, el que tiene como único objetivo el triunfo de su equipo.

Durante 90 minutos dejamos de ser Patricio, el estudiante que escribe en FutbolSapiens; Carlos, el empresario multimillonario; Rodrigo, el vendedor; María, la abogada; Luis, el oficinista y Saúl, el mesero. Nos desenmascaramos para unirnos a favor de una pasión y convertirnos en locos apasionados de este hermoso deporte.

En ese momento, no nos importa nada ni nadie más que lo que ocurre con el esférico. Nos angustiamos, gritamos, mentamos madres, mostramos nuestro lado primitivo, nuestra esencia animal, nuestro verdadero yo.

Al igual que con los aficionados, los protagonistas del juego se transforman al cruzar la línea blanca; dejan de ser un tímido Lionel Messi, un tipo que parece oficinista como Andrés Iniesta o un hombre de familia como Kaká, para convertirse en fenómenos de la naturaleza que hacen lo que muy pocos pueden hacer: apasionar a las masas.

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Duele pero es cierto, el futbol puede ser el opio de las masas, nos puede distraer de las grandes cuestiones políticas y económicas que según algunos intelectuales deberían consumir nuestro tiempo. Sin embargo, también el futbol nos retorna a lo más crudo de nuestro ser, nos permite conocernos mejor, nos da la posibilidad de conectarnos de la manera más auténtica con las verdades del ser humano.

El aficionado vive en el mundo como es y siempre será; el ideólogo, en el mundo como quiere que sea. El aficionado entiende, que la vida es cíclica, que hay días buenos y días malos, años de triunfos y años de sufrimiento. El ideólogo cree que posee las herramientas para fabricar un paraíso terrenal. El aficionado nunca pierde la esperanza pero su visión es, en el fondo, irónica, pues sabe que la derrota es tan inevitable como la muerte misma.

Al entrar al rectángulo que transforma emociones, los procesos cerebrales del aficionado operan de otra manera. Entienden sin racionalizar demasiado, que el sufrimiento y la injusticia son inevitables, que la cuestión es saber vivir o sobrevivir disfrutando de las alegrías que el mundo o nuestro equipo nos ofrece día a día, partido a partido.

Los ideólogos, los intelectuales en contra del futbol, los que dicen que solo es un juego, son, sin saberlo, los vendedores del opio. Gente cegada, personas peligrosas que carecen de la valentía moral para reconciliarse con la verdad que el futbol nos enseña todos los partidos: que mientras los seres humanos habiten el planeta Tierra no habrá ni justicia perfecta, ni igualdad, ni paz universal.

Entendiendo que el futbol es lo más importante de lo menos importante, los verdaderos aficionados a este deporte, sabemos que sin él, no podemos vivir porque necesitamos liberar nuestro ser: amar, sufrir, asombrarnos, angustiarnos, enojarnos, sentir miedo, extasiarnos, tener victorias, derrotas, tristezas y alegrías. Expresar nuestras emociones.