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.-Desde el Estadio Azteca.

El americanista infla el pecho y sonríe como si no hubiera equipo capaz de hacerle daño. Poco importa caer de visitante; el Estadio Azteca es la casa del América, pero también es la casa de Cuauhtémoc Blanco. El ídolo encorvado volvió a Santa Úrsula para ser honrado como toda leyenda viviente merece. Hoy no hay tiempo para demagogia, mucho menos para hacer campaña política; el eterno 10 del barrio de Tepito regresó a su segundo hogar para hacer lo que más le gusta: deleitar a su afición.

El ‘Cuau’ no es de Puebla, ni de Cuernavaca, quizá ni siquiera del América; el cada vez más calvo futbolista es del pueblo, de su gente. Volver a la capital es, simbólicamente, retornar a los brazos de su madre, a los polvorientos campos donde disfrutaba de exhibir a sus rivales. En 2015, con 42 años de edad, sigue siendo el mismo pícaro futbolista que disfruta por igual el abucheo que el aplauso. Cuauhtémoc se alimenta del estruendoso eco de cada estadio que visita, pero el Azteca tiene para él un sabor especial, un sazón casero.

En el Coloso de Santa Úrsula, durante más de 75 minutos, no reinó más que el bostezo. La fiesta no estaba completa sin el jorobado más famoso del balompié nacional. Durante una cita con el aburrimiento como bandera hizo falta aquel con alma de sonidero. Anfitriones y visitantes no mostraron mayor interés por cambiar el rumbo de una historia destinada al olvido. Cuando el invitado de honor, -el gol-, parecía ser el principal ausente de la velada, no quedó mayor remedio que llamar al genio de las cuatro décadas.

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Al 32′ del segundo tiempo, cuando el cuarto árbitro levantó el cartel luminoso, el Estadio Azteca rugió con el fervor de otro partido, -de uno mejor-; como el mayor de los superhéroes, Cuauhtémoc Blanco se desprendió de la chamarra que resguardaba su hirviente pecho. Apenas dejaba ver un resquicio del uniforme que con tanto orgullo porta, y la afición se unió para corearle a una sola voz. Para cuando el sonido local anunció el ingreso de Blanco Bravo, miles de luces artificiales parpadearon en sintonía; no hubo quien se resistiera a llevarse una borrosa postal de la que pudo ser la última noche del de cuello corto.

Aún jugando de azul y negro, el ‘Cuau’ era el verdadero diez azulcrema. Con el ingreso del ídolo de barrio, Osvaldo Martínez fue solo un fantasma incapaz de competir con su similar poblano. El futbolista paraguayo fue el menos culpable de un anonimato casi obligado; en general, toda la plantilla americanista fue opacada por la figura regordeta de un ícono azulcrema en vías de canonizarse. El regreso de Cuauhtémoc no necesitó de fuegos artificiales ni de lujos y excentricidades; bastó con el aplauso de un somnoliento Estadio Azteca, para demostrar que aún en una era de futbol moderno, él es el verdadero rey.