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[Canción para acompañar: «Your Fine Petting Duck» – Devendra Banhart]

«¿Y Tú de qué equipo eres?«, gritaba uno de los Ultras, a unos cuantos metros de donde me sentaba, señalándome con el índice. ¿Cómo explicarle que no gritaba, ni cantaba, porque era mi primera vez en San Mamés? Además, ni Euskera sabía. A ocho grados, sin camiseta, con varias cervezas encima (y quién sabe qué otra cosa por ahí), pancartas en apoyo de los presos de la ETA y un ejercito de vascos imponentes coreando detrás de él, definitivamente el Ultra no iba a aceptar un «No soy del Athletic» como respuesta. Imponía, sin duda. Pero tampoco iba a villamelonear únicamente por darle el gusto. Prefiero un insulto, o un golpe, en el peor de los casos, que ser villamelón.

En eso, dicho personaje se voltea, para sorpresa y tranquilidad mía, y señala a otro pobre diablo, «¿Y Tú?». Luego a otro, «¿Y Tú?». Y finalmente a otro señor mayor que yacía en la periferia de la zona de los Ultras, «¿Y Tú?«. Ya no habló más. Todos se callaron. San Mamés completo quedó en silencio, excepto el señor. «¡Del Athleeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee… tic!«, respondió. «¡Eup!«, rugieron las 36,000 almas que albergaba el nuevo San Mamés. En ese momento me saqué de pedo, como dicen en México, o flipé, como dicen en España. «¡Athleeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee… tic!«, volvió a gritar el señor. «¡Eup!«, otra vez San Mamés. Por tercera vez, voz y pueblo repitieron el acto. Luego, todos juntos, como una gran familia en festejo, sellaron el grito con un «¡A la bin, a la ban, a la bin bon ban, Athletic, Athletic, Geu-ri-a!«. Y cantaron. Y se vieron el uno al otro, todos de rojo y blanco, sonriendo sin importar el marcador, la posición en la tabla o el frío.

Tras la hazaña del Athletic ante el Manchester United en la Europa League, quedé atónito con la voz de San Mamés. Tomé una lista que tengo en mi agenda, en la que figuran cosas que debo hacer antes de morir tales como ver un Galatasaray-Fenerbahçe, cruzar Alemania y México en bicicleta y aprender a hacer pasta de alguna abuelita italiana, entre otras, y apunté una visita a La Catedral. Después de un año y medio, y un vuelo de RyanAir del que casi no vivo para escribir esto (lo barato cuesta caro), mis pies tocaban Bilbao y estaba más cerca que nunca de tachar ese apartado. Sólo tenía una oportunidad de conseguirlo y aunque el Elche, su rival en turno, despertara menos emoción que un partido de la Copa MX, no había cabida para exigencia. Así fuese contra Ballenas Galeana, pisar San Mamés debía de ser un espectáculo por sí mismo.

Había un pequeño detalle, eso sí. El nuevo San Mamés comenzó a ser construído cuando el antiguo todavía operaba. Mientras los bilbaínos deliraban con los obreros de Bielsa, trabajadores de verdad levantaban vigas y columnas a un costado. Para que el nuevo se terminase en su totalidad, el viejo debía caer. Suena a metáfora, y en cierto sentido es así. Sin embargo, en la transición los dos inmuebles fueron siameses; el lado norte de uno, era el lado sur del otro. Así las cosas, el nuevo San Mamés estaba a un 75% y las entradas al público habían dejado de venderse pues los socios ocupaban sin problemas esos tres cuartos de la capacidad. Un suceso para aplaudir. No de mi parte, que habiendo horneado el pastel, no conseguía cuchillo para cortarlo.

En lo que me las ingeniaba para hallar una forma de entrar a ver al poderoso Elche, me fui a San Sebastián para ver qué era lo que tenía tan enamorado a Carlos Vela. La playa de la Concha alberga siluetas que llenan el ojo, las alamedas clásicas un aire a «europeismo» glamoroso y conservador y la gastronomía un sabor, sazón y sentimiento minimalista, elitista y explosivo. Donostia tiene clase y calidad, y se cotiza como ninguna otra. Tal y como nuestro Carlitos. De birra en chela y de taberna en bar, me encontraba a algún donostiarra que me aseguraba conocer el lugar exacto donde Vela, en compañía de Griezmann (uña y mugre según ellos), iba a ahogar las penas que vivía el TRI actualmente. Siguiendo la pista, llegaba a otro lugar en donde aparecía otro erudito sobre la vida nocturna de la farándula deportiva. Un teléfono descompuesto que me dejó sin Vela, euros y sobriedad. Al siguiente día, Barcelona y Real Madrid paralizaban a México y Centroamérica con una nueva edición del Superclásico. Pero no a Euskadi. Catalunia a lo suyo, Castilla a lo suyo y nosotros a lo nuestro, decían ahí. ¿Por qué nosotros no podemos ignorarlo así? ¿Por qué adoptar un escudo ajeno si los goles se gritan igual allá y acá?

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De Gipuzkoa a Biskaia nuevamente y el milagro llegó. En Llodio, un pequeño pueblo al sur de Bilbao, el amigo de un amigo, un ángel llamado Gorka, resultó ser socio del Athletic, resultó que, justamente, para la visita del poderoso Elche, tenía que trabajar, y resultó que, tras unas cuantas chelas, me agarró confianza y me soltó su carnet. De Euskera no sabía nada más que decir «Eskerrik Asko», que significa «Gracias», y qué mejor que usarlo en ese momento.

EL PARTIDO.

Tomé el metro en dirección a la estación San Mamés y al abordarlo ya se veía a la señora del mercado, al oficinista, al estudiante, a la dama, al gordo freaky, al abuelo de boina y lentes, al niño y a la niña. Todos con su camiseta o bufanda rojiblanca. Una hora antes del pitazo inicial, San Mamés estaba vacío. En el barrio, eso sí, las tabernas a reventar con todos los mencionados anteriormente. Existe una cultura, como en la NFL o MLB, de disfrutar la antesala y llegar lleno a la butaca, en cuerpo y alma. Diez minutos antes de que el partido iniciara, el público bilbaíno se dejó venir en masa para ocupar las butacas numeradas. Eso de apañar lugar no funciona aquí. Tampoco lo de reservar varios lugares dejando una prenda, que va desde un suéter hasta un calcetín, en cada asiento.

Las cosas empezaban con contrastes. El Athletic marchaba quinto, por debajo del Villarreal de Gio y Aquino. Una victoria esa noche, combinada con una derrota del Submarino Amarillo ante el Getafe, dejaba al equipo de Valverde en puestos de Champions. Una verdadera señal de que había vida después de Bielsa. El basurero del Real Madrid hizo su parte y en el mismísimo Madrigal le pegó dos a cero al local. Por otro lado, el goleador del equipo, Aritz Aduriz, y el fichaje estrella, Beñat Etxeberría, inexplicablemente iban a la banca. Iniciaba el «Kikín Fonseca» del fútbol español: Gaizka Toquero. Malo de cojones, pero la gente lo quiere porque corre mucho, me decía Álex, mi vecino de butaca.

De mal en peor, Lombán ponía el primero para el Elche al 9′, Muniain no agarraba una, la pelota se convertía en un balón de Rugby cuando las piernas de los locales la tocaban y Toquero corría. El visitante, recién ascendido, ganaba en y silenciaba a San Mamés. Y Toquero corría. El Athletic, según Gil (otro vecino), daba los peores 45 minutos en los últimos años. Y Toquero corría. El creativo y el goleador en la banca. Y Toquero corría. Había que ser muy salado para que en -la que probablemente sea la única vez que pise- San Mamés, el equipo pierda ante el poderoso Elche. Al menos había visto al gran Gaizka Toquero correr como ningún otro. ¿Podían empeorar las cosas? Sí. A tres minutos de haberse iniciado el segundo tiempo, Aarón Níguez ponía el 0-2. Tragedia.

A Valverde se le prendió el foco latino, ese que no funciona hasta que estás con la soga en el cuello. Susaeta culminó un centro espléndido de Muniain para acortar distancias. Cuando el técnico vio que sí se podía, venga, Beñat y Aduriz a la cancha. El primero cobró el tiro de esquina y el segundo cabeceó para sellar el empate al 69′. Y San Mamés, después de explotar en algarabía, se calló para descansar un momento. Porque aquí se enfoca, y aumenta, la energía para alentar en la adversidad, antes que en el éxito. Una prioridad que demuestra fidelidad y porte. Sobre la hora, un cabezazo de Toquero que pasó a milímetros del poste, aunque no lo crean, generó la última exclamación en San Mamés. Se empató. Pero más allá de celebrar un resultado del Athletic, en Bilbao se celebra ser del Athletic.

A medida que aumento el kilometraje y las estampas en el pasaporte, cada vez me convenzo más de qué tan irrelevante es el fútbol dentro de la cancha, las pantallas de la televisión y las mentes periodísticas. Y, asimismo, de qué tan espectacular es afuera de todo lo anterior. Gora Euskal Herria.

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