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-¿Papá, puedo ser bicampeón? – preguntó Cuervín a su padre un helado día de enero. Con mano de acero su padre le dio una cachetada tremenda, dejando en claro que no lo iba a permitir.

-¿Papá, puedo ir al Súper Tazón? – preguntó Cuervín siete años después, ya más curtido en el juego de la vida y con más experiencia. Su padre le asestó un trancazo que lo dejó vibrando más que el mismísimo Big Ben. Otra vez papá habló y mando a casa a su hijo.

-Padre, voy a ir a la final de conferencia, y no hay nada que puedas… – comenzó Cuervín 2 años después, dispuesto a dejar de lado la paternidad y hacerse hombre de una vez por todas. Su padre lo miró de reojo y otra vez la mano de acero les cerró el pico.

Baltimore vio al mejor escritor del siglo XIX emborracharse y morir en una total miseria. Un hombre que era capaz de imaginar y crear lo inimaginable, un hombre que hizo del terror una corriente y del relato corto un verdadero estilo. Edgar Allan Poe pasó los años maduros de su vida creando prosa sublime y terrorífica que 160 años después sigue deslumbrando al mundo. Un genio que en cualquier ciudad del mundo habría vivido entre lujos y riquezas, pero Baltimore es una ciudad difícil.

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Los Cuervos de Baltimore fueron bautizados así por el fantástico poema de Poe “El Cuervo”, una extraña forma de rendir tributo a un hombre que en vida despreció tal ciudad. Pero también era una ominosa palabra que señalaría el camino de la franquicia. Un equipo que iba a sufrir y a hacer sufrir, un equipo violento que causaría terror a sus rivales, un equipo que tendría más éxito fuera de casa que dentro de la misma, un equipo inmune a la presión del público y al cambio climático que representa jugar de visitante, un equipo que despreciaría a los héroes marcianos para entregarse a los demonios plutonianos.

Más de Hades que de Ares, los Cuervos desdeñan categóricamente a guerreros fieros ofensivos que aporten miles de yardas y miles de jugadas mágicas. Ellos no contratan héroes que ganen batallas en base a su poderío y a su esplendor y a su gloria, ellos contratan asesinos que masacren rivales sin miramientos. La defensa ruda y dura de Baltimore, siempre en el borde de lo justo y lo injusto, de lo correcto y lo incorrecto, ha sido el sello de la casa por años. No les preocupa jugar bonito y armar su gloria con yardas y con espectacularidad, lo suyo es arrancar el corazón de los rivales, golpear hasta el cansancio, minar el orgullo de los oponentes, nulificarlos tanto que sean más nulos que ellos mismos. Así forjaron su primer anillo, con una ofensiva en verdad inoperante, salvada sólo por la boca y talento de Shannon Sharpe.

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No se dejen engañar por los espejos de Flacco y Harbough, su ofensiva nunca ha dejado de ser mediana, pero cuando tu defensa hace a los rivales descender por el Mällstrom, cualquier ofensiva puede lucirse.

Con esa fórmula plutoniana vencieron en infinidad de ocasiones a los abanderados de Marte. El heroico Aquiles (interpretado por Tom Brady) sólo pudo derrotar a este equipo alguna vez gracias a que el viento de Poseidón movió una patada los suficientes centímetros para que fallara. Pero dos veces ha visto mancillada su casa por estos temibles cuervos de mal agüero. Si bien Homero Manning tuvo más fortuna contra ellos, a la hora buena sucumbieron en casa ante el péndulo de Baltimore, que baja lentamente, desesperando a sus rivales, confiriéndoles esperanza para arrancarla de golpe.

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Así los cuervos lograron un campeonato dejando en el camino a los favoritos hace apenas dos temporadas, un equipo glorioso que forjaba un nuevo destino, todo pinta bien para los de Baltimore.

Pero, siempre hay un pero, bajo el pasto del M&T Bank Stadium sonaba con fuerza un latido constante, un recuerdo que no podían sacar de su cabeza. Un extraño sonido que los desesperaba, el latido de un corazón de Acero, oculto bajo los cimientos de la franquicia. El corazón delator que desesperaba al equipo y le recordaba su falencia.

No crean que soy un fanático anti cuervo, ¿acaso un fanático podría explicarles con tanta calma, con tanto lujo de detalle la situación que comento? Pero ellos escuchaban ese retumbar día tras día, un retumbar perturbador que no sonaba en ningún oído. Su fantasma, atemorizante cual gato negro, se llamaba Pittsburgh.

Por que ninguna cancha le pesa a los Cuervos, salvo el Heinz Field. Ningún equipo intimida a los Cuervos, sólo los Acereros. A todos les pueden ganar en su cancha, excepto a Pittsburgh. Tres veces viajaron y tres veces el padre cerró su puño de acero para aniquilar sus sueños.

Pero un día Cuervín, ya con dos anillos engalanando su mano, se cansó de ser el hijo del Acero. Cuando se enteraron que les tocaba visitar el mismísimo Infierno, se aseguraron de que ahora ellos saldrían guiados por Hades, y dejarían al acero fundirse en su casa.

Entraron por la puerta y derrumbaron el dintel, enloquecieron a los Acereros con un juego bastante rudo, los hicieron padecer, les dieron esperanza con un balón suelto, les dieron la oportunidad de soñar con una última serie, y luego los aniquilaron. Primero hicieron enloquecer al Big Ben con un rodillazo a la cabeza, Luego dejaron lelo a Heath Miller con un cascazo, jalaron la barra de Antonio Brown. Y luego interceptaron, la forma más patética de terminar u partido.

Los Acereros lloraron, preguntando por la paternidad perdida, por el recuerdo de aquella hermosa paternidad, preguntando a aquel cuervo con ojos que tienen apariencia de los de un demonio que está soñando: “¿Hay, dime, paternidad entre tú y yo?” Y el cuervo se paró sobre una toalla terrible para exclamar “Never More”.

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Ahora, esperemos que los Patriotas puedan exterminar el yugo de los Cuervos, o entonces hablaríamos de otra necesidad de emancipación.

Cada semana hasta el ST, una columna de la NFL, junto a los clásicos y erróneos pronósticos.