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[Canción para acompañar: «Dogs» – Pink Floyd]

Afortunadamente la mediocridad es algo que se premia por acá. El Fútbol, como muchas otras cosas en la vida, es el fiel reflejo de una sociedad. Hace un par de años un profesor, y buen amigo, solía decirme que el desempeño de alguien en la cancha es la imagen de su andar en la vida real. «Míralo, es que es muy bueno ese cabrón pero no corre, no ayuda y saca buenas pinceladas sólo cuando se le antoja. ¿A poco no trabaja así también? Mira al otro, es un tronco con la pelota en los pies pero jamás se rinde y siempre está ahí para echarte una mano; no es la gran maravilla pero cumple».

México no es un equipo ni bueno ni malo. Como nosotros, los chilenos, es un equipo «ahí nomás». Cuando empezamos un proyecto (o tarea) cuyo desarrollo es visible y, hasta cierto punto, predecible, inexplicablemente nos invade una soberbia que luego termina transformándose en pereza. El aparente conocimiento y dominio del tema hace que nos relajemos, guardando energías para el momento en que nosotros estimamos conveniente intervenir (llámese comenzar). Labrar el camino desde el inicio está absurdamente prohibido en nuestra cultura latina. ¿Por qué? Simple. Estamos acostumbrados a trabajar con presión. Y en el inicio de algo, dicha señora tosca y malhumorada ni se aparece. En otras palabras, dejamos todo para el final, como nuestro querido TRI.

Hay veces en que logramos triunfar, y de manera sobresaliente. Pero aquí el logro es algo que envenena más de lo que cura. Realizar una buena labor en el trabajo equivale a usarla como escudo para los malos desempeños subsecuentes. Recibir reconomiento puntual por algo específico es pensar que será constante en lo general. Un jugador realiza un torneo bueno y tendrá currículum para 3 o 4 años más. Exportamos un elemento a Europa y misteriosa y automáticamente pasa de ser Andrés Guardado a Andrés Iniesta. Una medalla de oro nos hizo decir que estábamos ante la mejor generación de futbolistas mexicanos en la historia. Un año más tarde, apoyamos al que catalogamos como el peor equipo de la misma.

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Dicho comportamiento produce otro síntoma: la negación absoluta de aceptar que alguien es superior, sobre todo si en el pasado era inferior. Mientras unos viven de éxitos puntuales y antiguos, hay otros que realmente trabajan con el objetivo de superarse en lugar de alimentar el ego o bolsillo. Mientras no se haga algo en México, en 20 años Estados Unidos tendrá una mejor liga que la nuestra y su Selección Nacional, que actualmente ya es superior a la mexicana, se codeará con las mejores del mundo. Nosotros en cambio, seguiremos diciendo, por muy mal o bien que vaya nuestro combinado, que los Gringos nos la siguen pelando.

La verdad siempre dolerá. Y nuestra verdad no es que en Concacaf las distancias se hayan acortado, que Estados Unidos nos haya superado, que no tengamos el nivel para ir a un Mundial o que nuestros jugadores y dirigentes sean unos incompetentes. Va más allá del fútbol. Es, simplemente, que estamos diseñados para funcionar a golpes.

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