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[Canción para acompañar: «Just got to be» – The Black Keys]

Cuando dejas que una herida se desangre, corres el riesgo, que más que riesgo es una probabilidad, de que se infecte. Y ya infectada, las consecuencias son letales; la recuperación es más tardía y dolorosa.

Una vez un buen amigo me dijo que la pendejez se dividía en cuatro pasos, cuyo grado dependía de nuestra capacidad para avanzar en ellos. El primero consiste en que, por algún llamado divino o pereza mental, en su defecto, creemos que durante la adversidad, la pasividad es la mejor cura. En otras palabras, perdemos el sentido común y exigimos bienestar sin hacer nada. De una u otra forma, todo se arreglará tarde o temprano. Luego aparece el pendejo que reacciona, tardíamente, y toma cartas en el asunto, pero siempre la termina cagando. El tercer nivel se alcanza cuando no se aprende nada del error. Y el cuarto, el máximo nivel de pendejez al que alguien puede aspirar, es cuando se realiza todo lo anterior una y otra vez. Ahí, con categoría, alzamos la mano nosotros.

Si se rompe un proceso, México se las arregla para entrar en un círculo vicioso con el nuevo entrenador. El ‘Ensayo y Error’ en su máxima expresión. La resistencia a los golpes destituye al cerebro como el gobernador en la persona, sobre todo si esa persona usa corbata y maneja fichas en nuestro balompié. A nivel de cancha es lo mismo, con los que dirigen y con los que ejecutan. Si un equipo de Centroamérica nos vence, tranquilos, no pasa nada, ellos siguen siendo malos y nosotros mejores. Si un parado táctico o un grupo de jugadores funcionan una entre diez veces, tranquilos, no pasa nada, esta es la buena seguramente. Así que mejor no le movemos.

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De vez en cuando, muy de vez en cuando, llega una oportunidad de oro para despertarnos, limpiarnos y enderezarnos. Una oportunidad para romper el cuarto paso. Nosotros la tuvimos el Martes por la noche y Estados Unidos, que históricamente se la ha pasado jodiéndonos, nos la quitó. Su agónico despertar en el Rommel Fernández fue inteligente, malévolo y falaz. El gran golpe que necesitaba el fútbol mexicano para vomitar la escoria que tenía por dentro, fue milagrosamente impedido por Graham Zusi, Klinsmann y compañía. Y, fieles a nuestra ceguera y búsqueda de placer a corto plazo, le aplaudimos estúpidamente. Las redes sociales y las narraciones deportivas eran invadidas con los ¡Gracias!, Thank you!, ¡A huevo pinches gringos!, We love you guys!.

El buen proverbio anónimo dice que si le das un pez a un hombre, este comerá un día, pero que si le enseñas a pescar entonces comerá cada día. Gracias a Estados Unidos, a nosotros no nos queda otra que esperar a ver quien nos da nuestro pescadito mañana. México irá al Mundial. Objetivo cumplido. We’re fucked up.

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