Dar con un poeta cuya obra, al ser examinada, es capaz de conmovernos, no puede ser sino el fortuito encuentro con la belleza. Y la belleza, como el rostro de una mujer, tiene tantas posibilidades, que no es raro aun el sentirnos inseguros ante ella. Al final, la emoción brilla, hemos conquistado unos versos, vemos a través de unas líneas afortunadas el entorno como no hubiéramos imaginado. El tiempo, que destructor construye, va ocupando nuestra memoria con esas lecturas queridas. Yo me he sorprendido repitiendo versos para conjurar el amor, el sol, la amargura. Y tampoco es difícil entrar en discusión con esos autores queridos a fuerza de largas noches en que, parafraseando al poeta Ungaretti, nos iluminamos de inmensos. Así es la poesía, creo, y así es el amor.

De ese particular, mudable París de medianoche, en que encuentro a veces a mi Virgilio, mi Rilke o a mi Italo Calvino, quiero convocar la memoria de un poeta cuya lectura me es constante desvelo y pensamiento, cuya tradición y realidad es diametralmente distinta a la nuestra: el bueno de Tomas Tranströmer. Un poeta sueco, de mirada larga como la nieve que duerme en tantos de sus poemas.

tomasA modo de presentación, para quien le sea desconocido, copio aquí un poema de este Premio Nobel del año 2011.

Cara a cara:

En febrero lo vivo estaba inmóvil.

Los pájaros preferían no volar y el alma

roía en el paisaje como un barco

roza en el muelle al cual está amarrado.

Los árboles nos daban la espalda.

La altura de la nieve se medía con juncos.

Envejecían las huellas de pasos sobre el hielo.

Se derretía el lenguaje bajo un toldo.

Algo llegó hasta la ventana un día.

Se detuvo el trabajo, yo levanté la vista.

Los colores ardían. Todo se dio la vuelta.

El mundo y yo dimos un salto el uno hacia el otro.

(versión de Roberto Mascaró)

Tranströmer, de quien recibimos cierta cantidad de información tras el Nobel, es un hombre sereno, cuya poesía, creemos, equilibra los estados de la actividad y la contemplación. Uno hace el amor, cierto, pero también lo medita largamente y da con esas líneas afortunadas, y el triunfo del poeta en unos versos es también el nuestro. Dice Tranströmer: “Durante los meses tristes, centelleó mi vida sólo cuando hice el amor contigo…”.

Nuestro poeta, que sabe que los libros de poesía no ponen el pan en la mesa, estudió psicología y trabajó por años en Estocolmo en reformatorios juveniles en dónde buscó ayudar a chicos cuya vida se había encaminado hacia la desgracia y la tristeza, la violencia. Hay, en ese acto, una declaración de fraternidad y compromiso que nada mal haríamos en atender en días como estos. De este ámbito, cuyos brotes verdes sin duda alegrarán un espacio cerrado, gris, Tranströmer extrajo la materia para nueve haikús, esa condensación poética que al Japón debemos (y en la lengua de Sancho Panza a José Juan Tablada, con su total suma de diecisiete sílabas divididas en tres versos de 5, 7 y 5) y en que resplandece el instante en el brillo de la eternidad. Julio Cortázar habla del milagro del haikú que lo fija todo en tres líneas y paf…

 

”Nueve haikús del Hospicio de jóvenes Hällby, 1959”. El primero de ellos es el que nos interesa:

Se juega al fútbol;

confusión, la pelota

va sobre el muro.

(versiónde Roberto Mascaró):

Con la traducción seguramente se pierde cierta capacidad de compresión de la lengua sueca, sin embargo, el hilado fino se mantiene. Ampliemos esta visión: vemos a unos muchachos de destino tan incierto como su pasado ir detrás de un balón viejo, descascarado, sucio de polvo y agua que va y viene entre piernas ni muy distintas y en nada ajenas; un espacio demarcado, el de un hospicio que por muchos intentos no sonríe en la comunión de las sonrisas de sus habitantes; muros crudos, la pelota da contra uno de ellos, un segundo de confusión, el balón vuela, se aleja, el juego sigue, nada ha pasado, vamos tras él, lo traemos de vuelta; el juego no tiene noción del tiempo ni condición, en él estamos a salvo y libres como en un libro querido. En esos maravillosos instantes nadie está solo en el mundo. La comunidad se da entre personas que, se quieran o no, respetan unas cuantas reglas establecidas: los pasos entre el balón y la barrera, los límites de un área sin aun cal, la duración de un encuentro que puede ser un receso predeterminado, la luz de la tarde o la diferencia entre los goles anotados por uno y otro. En su instantánea, el poeta Tranströmer parece decirnos que en la realidad siempre hay zonas de fuga, zonas necesarias para volver cualquier aire respirable. Durante años, para mí, esa zona fue una calle de la colonia Morelos, las canchas de la Prepa 9, o los campos llaneros abandonados enlas 10 de la noche del Deportivo Eduardo Molina con una iluminación legendaria que me hacía ver las gradas abandonadas repletas en un estadio imposible. Ahora, en mayor cantidad de tiempo, dicha zona es este cuarto que de a poco me pueblan los libros, y entre ellos, el ido y traído libro de Tomas Tranströmer, y otros tantos, hermanos suyos en la palabra del hombre.

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Nota.

Hace algún tiempo busqué los poemas que en traducción al español por aquí y por allá aparecieron de Tomas Tranströmer tras la obtención del Nobel; entre mis hallazgos, el mejor fue el de algunas versiones de José Emilio Pacheco realizadas a partir de traducciones francesas y publicadas con una nota en Proceso. El resultado de tal pesquisa fue una breve antología que liberé en Scribd.com. Aquí comparto el link para aquel que quiera darse una vuelta por este vasto poeta, definido como una placa tectónica de la poesía moderna.

Nota final.

(con copia para Jorge Pietrasanta)

Cada vez que publico aquí en FútbolSapiens intento responder a todos los comentarios que buenamente me dejan los lectores que atienden este breve trabajo de reflexión. Sin embargo, lo ocurrido con mi texto anterior me rebasó por completo. Mi estrenada paternidad, que breve mencioné, ocupa ahora lo dorado de mi tiempo y los comentarios eran tantos… Algo sin embargo intenté, aunque me fue imposible. Pensé, en el lapso de estas dos semanas, escribir todo un texto que fuera respuesta, pero descarté esa idea por respeto a la naturaleza de este espacio. Prefiero mejor en este estrambote comentar algunas cuestiones pues, como dije en mi primera columna, aquí estamos para dialogar. Lo primero que me viene a la mente es aclarar que en ningún momento fue mi intención atacar a Oswaldo Sánchez, portero donde los haya, sino criticar la maquinaria que lo puso en el lugar en donde ahora está sin proveerle las herramientas necesarias para desarrollar su trabajo. Se me ocurrió este ejemplo: una persona X es contratada en el servicio que da limpieza a un hospital; esta persona ¿limpiará de la forma en que lo hace en su casa? Por supuesto que no, y su empleador verificará que está calificada para tal puesto o le dará la capacitación óptima para el mismo. Pues lo mismo pasa en el ámbito de la narración o el análisis deportivo, el material de trabajo de Oswaldo Sánchez, y de tantos otros, es el lenguaje, lo menos es que lo usen con corrección, pues no hablan para unos cuantos sino para una cuantiosa audiencia en la que, se quiera o no, influyen.

Que una porción de los comentaristas deportivos de este país utilice palabras como “recepcionó” nos dice algo con claridad: carecen de razonamiento como hablantes,no son capaces de pensar “¿esto está bien dicho?”.Y a pesar de ello, son colocados en lugares de penetración nacional. Perdón, pero me resulta una vergüenza. Y en ningún momento busco un purismo del lenguaje, pero la libertad del mismo no resulta de hablar con los mínimos recursos posibles. La jerga futbolística existe y el deber de un narrador competente es nutrirla. A mí, por ejemplo, me fascina el argentino “campeonar”, pues nos revela algo existente y, hasta la aparición d este neologismo, carente de una palabra. Reitero, la pobreza en la expresión y en la capacidad como hablantes no debiera coronarse con la exposición nacional.

Y quien crea que por fuerza de repetir un español incorrecto este se legitimará, sepa que dicho pensamiento es solo un eslabón en la cadena de ignorancia, no leve,que este país arrastra. Ahora el recién nombrado secretario de educación anda por el país con la nueva de que el primer objetivo de sus oficios será la busca un país bilingüe. Menuda tontería cuando el aparato educativo no ha sido capaz de que seamos capaces de expresarnos, con corrección, en español.

Ya para acabar. Copio a continuación un fragmento de lo publicado por mí hace quince días:

Me resulta increíble que el área de deportes de Televisa, en cuyo equipo se encuentra alguien de la altura de Francisco Javier González, opte por un tipo, de cuyo nombre no quiero acordarme, que queriéndose hacer el gracioso, dice cosas como “me paro de pie”. A la luz de lo anterior dicho, lo que de inicio parece una mera tontería se convierte en una bufonada de mal gusto y consecuencias funestas.

Por estas líneas Jorge Pietrasanta nos dedicó unos lamentables tuits que no pocas carcajadas produjeron en mí y en quien me los comunicó. Solo para que por la culata le salga el tiro le contesto desde aquí:

  1. La crítica, cuando es un argumento sostenido, señor Pietrasanta, NO es descalificación. Descartar la opinión de otro porque es, como usted dice “un auténtico desconocido”, SÍ.

 

  1. Usted dice, palabras más palabras menos, que esa clase de expresiones como su ridículo “me paro de pie” las usa, precisamente, para mostrar o evidenciar su mal uso… Señor Pietrasanta, eterno parado de pie en la piedra no santa de la oligofrenia, desde aquí le decimos que el chiste se cuenta solo.

 

Vale

Enrique Guadarrama Muñoz