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Como aficionado del FC Barcelona guardo particular recuerdo de un verso del poeta gaditano Rafael Alberti:

 Camisetas azules y granas flamearon.

Este hermoso tridecasílabo dactílico el lector puede hallarlo en el poema «Platko» (Cal y canto, pp. 88-90 http://es.scribd.com/doc/177244368/Rafael-Alberti-Cal-y-canto ), oda que Alberti le compuso a un portero húngaro del Barcelona que el 20 de mayo de 1928 se mostró decidido hasta la sangre a defender la meta blaugrana. No contaré aquí una historia ya muy conocida y bien referida en otros lugares que el interesado puede hallar sin mucha dificultad por algunas páginas a la redonda.

«Camisetas azules y granas flamearon». Vaya sentencia. El fútbol se nos convierte en emoción que echa fuego, juego que bien ejecutado arde, quema, se comunica de un aficionado a otro y nos mueve a contarnos la misma jugada una y otra vez: es una identidad común.

En este espacio, que agradezco emocionado, espero comentar dos de las claras pasiones que me poseen: el fútbol y la literatura. Así, cada quince días, ojalá cuente con el desocupado lector que al través de mis palabras asienta, niegue, confronte y, de singular,convierta en plural y común esta charla sobre fútbol y letras. Esporádicamente han aparecido textos míos aquí en Fútbol Sapiens y la general buena acogida que han tenido me mueve a la regularidad.

En unas líneas que lo honran, escritas al final de su vida, el escritor argentino Jorge Luis Borges declaraba: «No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso. No hay poeta, por mediocre que sea, que no haya escrito el mejor verso de la literatura, pero también los más desdichados. La belleza no es privilegio de unos cuantos nombres ilustres.» Y yo tengo un recuerdo que honro. Cada noche, en el Centro de esta ciudad amada, en el atrio de la iglesia de la Soledad, unos cuantos muchachos tras los afanes diarios colocan playeras, piedras y corren tras el balón, muchachos sin rostro, solo un cuerpo flameante muchas veces sin camiseta. Recuerdo. Recibo el balón, mando un pase raso y Óscar, marcado, puntea el esférico que sale a la derecha y él a la izquierda, todos callan ante el atrevimiento, balón y jugador se encuentran, corre la banda y me centra, yo lanzo una tijera que dispara el balón justo a la piedra y nada, no, no es gol, pero al final del juego todos nos celebran, podemos, nos dicen, jugar ahí cuando queramos. Sonreímos.

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No hay jugador, en el lugar que sea, que no esté, por un instante, en el Estadio Azteca o en el Parque de los Príncipes; y que no sea, por una jugada, Cristiano, Luis Suárez o Messi.

 Kique Guadarrama.

21/08/2015